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Tema cubano de 2022

Igual que muchos cubanos, Osje abandonó su país buscando un nivel de vida imposible de tener en su lugar de origen. No pensó en Miami como una primera posibilidad para su nueva experiencia existencial, sino Yucatán, aunque tenía conocimiento que la vida en este lugar, no era comparable con la del sueño americano. Vivió en Mérida y en Cancún. Trabajó de cocinero y luego de mesero. Probó la peluquería para ambos sexos, hasta que conoció a alguien que le ofreció llevarlo a Miami, donde resultaba indocumentado y por tanto, un ciudadano fuera de la ley. Su retorno a México fue inevitable.

Pero él, tenía otra aspiración y esa, era su familia. Su hijo, principalmente, quien era un adolescente deseoso de estar con su padre y conocer otro país.

Con esa presión familiar, Osje se decidió a viajar a Miami sin papeles. Se estableció allí, e inició los trámites de residencia para poder tener mejor trabajo y más dinero para poder mandar a traer a su hijo, que se iba convirtiendo en un joven que se daba cuenta de las dificultades familiares para todo, para la adquisición de comida, la movilidad, la vestimenta y para las diversiones correspondientes a su edad y noviazgo.

Un día, Marco, el hijo, le habló al papá para decirle que ya no aguantaba más y “me voy a echar al mar, junto con unos amigos que está construyendo un bote para llegar a Florida”. “¡No quiero perder a mi hijo”, me dijo desesperado en una conversación telefónica: ¡ayúdame, coño, por favor!

No es fácil brindar ayuda a un ciudadano cubano. Las dificultades surgen en los dos países. En el nuestro, no hay forma de hacer llegar nada por el bloqueo. No es imposible, es tardado y dificultoso. Y en Cuba, el asunto es arrojar dólares, muchos de ellos, para conseguir la salida de un ciudadano.

Osje, ni siquiera es de La Habana, es de un lugar llamado Gramma, en el interior del país, como dicen ellos. Por lo tanto, sus vínculos no tienen la eficacia de cuando se es de la capital del país.

Comenzó a mandarle a su hijo el dinero para el pasaporte, para que juntara lo del pasaje aéreo y algo para su sostén cuando estuviera en Yucatán.

Lo único que pude ofrecer como ayuda, fue ir a buscar al muchacho a la terminal aérea y darle hospedaje y comida en mi casa, mientras su papá llegaba a Mérida, pues estaba a la espera de sus papeles de residencia, que le darían de un momento a otro.

Por azares del destino, casi al mismo tiempo, uno consiguió permiso para abandonar su patria, y al otro le entregaron los documentos que legalizaban su permanencia en el país del norte.

Osje llegó a mi casa con la noticia de la llegada de su hijo. Me pidió acompañarlo al aeropuerto Manuel Crescencio Rejón.

Eran años de no verse el padre y el hijo. El abrazo fue prolongado y las palabras apenas brotaron de los labios.

Ya instalados en la casa y después de prolongadísimas charlas, nos llegó el momento de hacer compras para surtir la despensa.

Cuando estuvimos en el interior de Hipermercado, el muchacho se detuvo en seco, sus ojos miraron el horizonte de anaqueles saturados de insumos para la comida, y le preguntó a su progenitor: “Papo, ¿por qué allá no tenemos esto?

Unas lágrimas varoniles chorrearon de los ojos de Osje, quien volteo la cara al oriente, mientras yo miré al poniente.

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