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El Sastre

Hace algunos sexenios, en el apogeo de las elecciones centralistas y por dedazo, el presidente en turno escogió para dirigir los designios de nuestro tan castigado Estado al único Yucateco que conocía, un hombre ya mayor, sin ningún arraigo a nuestra tierra, con muchos años de vivir fuera de esta y con una total falta de conocimiento del Yucatán de entonces.

Se vivía en una moribunda industria henequera a la que solo faltaba que alguien les diera el tiro de gracia. Él se lo dio.

Se efectuó toda la parafernalia de una campaña electoral “democrática” tal y como se estilaba por entonces. Nutro personaje gano con gran amplitud de votos (sufragaron hasta los difuntos entre ellos san Pedro Infante).la primera magistratura merced a “su enorme popularidad y carisma” entre las masas populares y campesinas.

En su triunfal entrada de toma de posesión se efectuó la acostumbrada recepción apoteósica. Todo el ritual del besa manos con las consiguientes recomendaciones para parientes y amigos. Hasta entones todo era como se previó como había sido proverbialmente. El ungido regresaba a su tierra en son de triunfo cual hijo prodigo. Después de la formal toma de protesta comenzó la parte, digamos complicada del asunto; la conformación de su equipo de trabajo. desde aquí fue en donde el señor cometió su primer error y quizá el mas grande. Parecería que escogió con toda minuciosidad entre cientos de aspirantes, a los peorcitos y así formo su gabinete.

El hombre se vio rodeado de gente que jamás habían laborado en un puesto público (mejor dicho, en ninguno) otros que al igual que el gobernador, desconocían por completo la realidad social. Puro lambiscón simple y llanamente se subieron al camión en presupuesto, haber cuando pescaban en aquel revuelto rio. Demasiados advenedizos y gente a la que de inmediato se les subió el wua. En somberbecidos por el solo hecho de formar parte del aparato del estado, en seguido todos se lanzaron a cometer una serie de nefastos actores que hasta el día de hoy son recordados. La altanería, lo pagano de si mismo, se enseñoraron en el palacio de gobierno. Los atropellos a la ciudadanía estaban a la orden del día.

El gobernante en si no era mala persona. No hizo cosas en realidad que dañaran al Estado. El simplemente no hizo nada.

Pronto el pueblo y la prensa se dieron cuenta de la ineficacia del anciano gobernante. Los ataques comenzaron. Los periódicos daban cuenta todos los días de los de los garrafales errores cometidos por sus colaboradores, pero atribuidos a él. jamás ha habido tanta rabia, prepotencia e impotencia como en aquel periodo 

Y es aquí donde entran en escena aquellos que lograron enquistarse. Mamaban de la sabrosa ubre y no la querían soltar. daban pésimos consejos al gober. Le dieron una muletilla para responder a los cuestionamientos, y peticiones que le presentaba la gente y de los que no entendía ni jota. A todos respondía con las siguientes palabras “tomare medidas”. Fue el hazme reír de todos y el pueblo en su ingenio le puso el apodo de “el sastre” entraba algún comisario ejidal, previamente aleccionado a darle las gracias por haberle otorgado el apoyo que solicito y con tanta serenidad le fue entregado. Jamás estos zopilotes permitieron que notaran ningún signo de disidencia. Sobornaron paleros para felicitar y ovacionar en las calles al gobernador.

Cuentan que, en los últimos años de su vida, a Antonio López de Santa Anna, ya senil y decrepito le formaron una corte de opereta entre sus allegados y su esposa que lo adoraba. Aunque el pobre anciano ya no era nadie (fue once veces presidente de México). Todos le llamaban Alteza Serenísima. Organizaban “espontáneos mítines” bajo su ventana en la Ciudad de México con vivas a su Alteza.

Algo similar sucedió con nuestro personaje al cuestionar este con la opinión que se tenia de el en la capital, le daban a oír grabaciones falsas de noticieros hablando bien de él.

Lo mismo hacían empresarios e industriales enterados de aquella farsa palaciega. Llegaron sus cultivadores a la infamia de publicar un periódico impreso por ellos, el de mayor circulación el de la vida peninsular especial para que solo el lo leyese.  Todos se deshacían en elogios hacia el máximo líder del Estado, cuando en realidad era que toda la prensa verdadera dedicaba furibundos ataques a su persona y obra.

El nunca se entero de nada. Pensaba, mejor dicho, se hacían creer que era el mejor gobernador que había tenido el Estado. El hombre providencial que los yucatecos esperábamos y necesitábamos.  Toda una escenografía, un montaje digno de Loret de Mola puesto por sus cortesanos para volverlo loco y seguir robando.

Cuando en México se enteraron de la realidad, la cosa se puso insostenible, el centro opto por renunciarlo. El pobre hombre, victima de sus aduladores que le dieron la cultivada del año, nunca entendió el motivo de su remoción. Siempre pensó que era un siniestro complot de sus enemigos ocultos.

Aquí en Yucatán a ciertos gobernadores la sabiduría popular les a puesto apodos ad hoc. Por ejemplo, hemos tenido a “boxpato”, “quiritz”, la farandulera”, “chempo”, “alto vacío”, y a nuestro personaje simplemente como para cualquier situación decía que tomaría medidas “el sastre”.

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