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Encubrir la esclavitud

Grabado abolicionista (Biblioteca del Congreso)

Todos los Estados nacionales, en vez de explicar y comprender los inevitables pasajes oscuros de su pasado remoto o reciente, se empeñan en encubrirlos, tergiversarlos, justificarlos y, en el peor de los casos, negarlos, sobre todo ahora que tiende a predominar el anacronismo en ciertos regímenes políticos. Pero en los EE.UU. esta tendencia se ha convertido en una verdadera obsesión, cuando se trata de la esclavitud y el racismo.

En un artículo que Raphael E. Rogers publicó anteayer en el portal Consortium News, este profesor de la Clark University denuncia que en su país legisladores republicanos han aprobado una avalancha de leyes en los pasados dieciocho meses que prohíben a los docentes enseñar la teoría crítica de la raza en las escuelas públicas y privadas. En junio pasado, por ejemplo, un panel de asesores conformado por nueve educadores recomendó a la legislatura de Texas aprobar una norma dirigida a los maestros para que ya no hablen más de esclavitud en las aulas, sino de reubicación involuntaria. Esa intentona fracasó, pero refleja claramente lo que se proponen estos representantes anglosajones: ocultar la naturaleza horrible y brutal de la esclavitud y mantenerla lo más distante posible del nacimiento y desarrollo de esa nación, añade Rogers.

El autor subraya que para comprender mejor la naturaleza de la esclavitud y el papel que desempeñó en el desarrollo de ese país es útil tener presentes algunos datos básicos, como, por ejemplo, cuánto tiempo duró y cuántas personas esclavizadas hubo. Para ello propone recurrir a documentos auténticos a fin de que los estudiantes conozcan la dimensión real de la esclavitud.

He aquí algunos hechos: la primera evidencia del tráfico de esclavos en lo que ahora es EE.UU. se remonta a 1619, cuando el colono John Rolfe documentó que el barco León Blanco entregó una veintena de africanos esclavizados en Virginia. Casi 200 años después, en 1808, la Constitución finalmente prohibió la importación de esclavos, aunque evitó usar este término. Si bien esa ley impuso fuertes sanciones a los traficantes extranjeros, no puso fin a la esclavitud ni tampoco a la venta encubierta de esclavos a nivel nacional. En efecto, el último barco de esclavos conocido, el Clotilda, arribó a Mobile, Alabama, en 1860.

El profesor Rogers precisa que, según la Base de datos trasatlántica de comercio de esclavos, que comprende información de 1525 a 1866, aproximadamente 12.5 millones de africanos fueron llevados por la fuerza a las Américas; alrededor de 10.7 millones sobrevivieron a las largas y peligrosas travesías y los repartieron en América del Norte, el Caribe y América del Sur. De estos, unos 388 mil arribaron a los EE.UU. En consecuencia, el origen de la mayoría de los esclavos en este país no se debe a la importación o reubicación involuntaria, sino a que nacieron esclavos en la tierra de la libertad.

Así, de 1619 a 1865, cuando se abolió realmente la esclavitud, unos 10 millones de esclavos vivieron en los EE.UU. y contribuyeron con 410 mil millones de horas de trabajo al desarrollo de la economía estadounidense, desde la fundación de esa nación hasta la guerra de secesión. Entre los que defendieron la permanencia de la esclavitud a lo largo de varios siglos unos 1,800 se desempeñaron alguna vez como legisladores, entre los cuales destacaron 12 que ocuparon la presidencia.

El autor, que, entre otras tareas capacita a docentes sobre la enseñanza de la historia, recomienda usar tres tipos de registros valiosos para contrarrestar la tendencia a ocultar información a las nuevas generaciones. Primero, los registros censales de 1790 a 1860, en los que se precisa quiénes eran los propietarios y cuántos esclavos tenían en su poder. Asimismo, esta fuente permite comprobar cómo se fue incrementando el número de esclavos: de 697,624 en 1790, poco después de la fundación de esa nación, a 3.95 millones durante el censo de 1860, en vísperas de la guerra civil.

Segundo: los anuncios que se publicaban en los periódicos, en los que se ofrecían recompensas para quienes capturaran a los fugitivos; a menudo, estos anuncios incluían descripciones de los esclavos, de las cicatrices productos de las palizas que recibían, así como de las marcas de hierro que llevaban. El 3 de julio de 1823, en el Star y en la Gaceta Estatal de Carolina del Norte un tal Alford Green ofrece 25 dólares por un esclavo fugitivo llamado Ned, a quien describe así:

[…] de unos 21 años de edad, pesa unas 150 libras, bien formado, espigado y activo, aspecto totalmente feroz, su color de piel tiende a ser amarilla, sus dientes superiores son un poco defectuosos y debe tener algunas huellas de látigo en caderas y muslos, pues se le azotó un día antes de que escapara […]

Entre las bases de datos destacan Freedom on the Move, que contiene más de 32 mil anuncios de este tipo, así como el proyecto North Carolina Runaway Slave Notices, con unos 5 mil anuncios publicados en periódicos de Carolina del Norte desde 1751 hasta 1865. Estos anuncios arrojan luz sobre cuántos esclavos intentaron escapar de las condiciones inhumanas en las que vivían.

Como acotación, apunto que, bajo el subtítulo de A la caza del siervo, como parte de una serie de artículos que publiqué en el suplemento cultural de un periódico en el que colaboraba, reproduje varios anuncios similares que los hacendados henequeneros insertaron en medios locales durante la segunda mitad del siglo XIX.

El profesor Roger sugiere acudir también a narraciones de personas emancipadas de la esclavitud, aunque advierte que estas pueden presentar algunos bemoles, ya que las entrevistas fueron completamente editadas por los entrevistadores, es decir, no fueron transcritas literalmente. No obstante, proporcionan evidencia de la dura vida de los esclavos y, lo más importante, acaban con el mito de que estos amaban tanto a sus propietarios que no habrían optado por la libertad, en caso de que hubieran tenido esa oportunidad, como se asegura en algunas memorias de esclavistas.

Cuando un entrevistador le preguntó a Fountain Huges, descendiente de un esclavo propiedad de Thomas Jefferson, que pasó su infancia en esclavitud en Charlottesville, Virginia, si prefería ser libre o seguir esclavo, Huges respondió:

[…] ¿Sabes lo que haría si volviera a ser esclavo? Tomaría un arma y acabaría con todos de inmediato, porque como esclavo no eres más que un perro. Nunca podía descansar. Si el amo quería que se cortara el tabaco durante toda la noche tenías que hacerlo; si quería que se colgara el tabaco durante toda la noche, también. No le importaba que estuvieras cansado. Todos teníamos miedo de decir que estábamos cansados […]

El profesor Raphael E. Rogers concluye su artículo con esta demanda: en vez de emitir leyes que restringen el conocimiento de la esclavitud entre los escolares estadounidenses, los representes populares deberían aprobar otras que otorguen libertad de cátedra a los mentores, a fin de que puedan hablar y enseñar sin impedimento alguno sobre el papel que jugó este oprobioso sistema en la formación del país de las barras y las estrellas.

Referencias

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