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Elisa Carrillo, feliz en el Edén de la contracultura

ANTECEDENTES: Hace muchos años llegó a Yucatán un extranjero llamado Rodolfo Solmoirago, promocionando una entidad profesional desconocida en nuestro medio dancístico, la CIAD (Confederación interamericana de profesionales de Danza). Proponía, en aquel entonces, algo parecido a lo que fue en la Cuba castrista, el Movimiento Nacional de Aficionados (a la danza). Me invitó a pertenecer al organismo con un cargo de dirigencia. Tuvimos reuniones comandadas por el promotor de la CIAD-Mérida Cristóbal Ocaña, en la academia la maestra Milne Barrera Mañé, y recuerdo que otra personalidad que colaboraba en ese organismo era la maestra Carmita Cerón. Algo no me latió de tanta oferta para certificar y emologar a “todo el mundo” dancístico yucateco. ¡Claro!, mediante generoso pago para obtener los papeles acreditadores de un rango en la danza. Luego vinieron los maratónicos concursos de la CIAD, en los cuales cualquier persona, desde un envarado viejecito hasta un niñito saltarín, recibían una medalla o de oro, o de plata, o de bronce. “Este concurso no sirve para saber cómo y dónde estoy ubicado profesionalmente”, decía yo, a lo que me contestaban que “es un concurso estimulación, es para ayudar a subir la autoestima de los estudiantes de ballet”. La realidad es que esos concursos, hasta el día de hoy, son un magnífico negocio. Algo parecidos a las concesiones que dieron los presidentes del neoliberalismo a sus cuates los ricos. Vea usted: los organizadores solicitan el apoyo de la SEDECULTA, consistente en la exención de todo pago por uso de algún teatro, y ellos se hacen con el dinero que pagan trescientos o cuatrocientos participantes. Saque usted su cuenta. Mil pesos por cabeza, en promedio, por la cantidad apuntada de concursantes. Ese dinero e obtiene en menos de quince horas. Los jurados, los maestros invitados dar clases y todos los involucrados en las actividades relacionados con el concurso se pagan sus propios gastos. Todos son felices. Convencidos que hacen la mejor y más importante labor en pro de la danza, lo cual es una mentira, porque no han crecido, en nada, los públicos para el ballet. Lo que sí es verdad, es que han aumentado la cantidad de “concurso de estimulación”. ¿Por qué será?

Todo va bien, hasta que nos tenemos que hacer la pregunta de rigor: ¿Quién es Rodolfo Somoirago, en el ámbito de la danza profesional? Busquen en las redes sociales.

El mundo se me derrumbo al enterarme que Elisa Carrillo, bailarina admirable por su carrera impecable, prima ballerina de una compañía en Alemania y orgullo nacional por sus logros internacionales, desde hace unos años se dedica a impartir “CLASES MAGISTRALES”, a cientos de niñas en algún gimnasio. Mientras más grande mejor, para darle cupo a todas, pero todas.

La noción de clase magistral llegó a nosotros de la voz, manos y pies de la bailarina cubana Alicia Alonso. Aquello era algo fuera de serie. Una artista perfecta como lo fue Alicia, podía impartir sus secretos musicales, estilísticos, técnicos y actorales a otras profesionales de alto nivel, que pudieran comprender todos aquellos trabajos que se ven, pero que no se sabe cómo se hacen. O sea, una clase magistral, es para impartirse a profesionales, y no de cualquier nivel.

El significado de magistral lo dice todo y en pocas palabras: hecho con maestría; de manera perfecta, relevante.

Cuatrocientas niñas pasaditas de peso, con los piececitos chuecos, sin saber hacer un correcto battement tendú, ni como mantener la rotación de los pies, no pueden asimilar en unas horas, lo que no han entendido en su escuela con su maestra, por algunos años.

¿Qué de magistral tiene ver a la primera bailarina sentada en el piso explicando la alineación de la espalda o cómo se estiran los dedos de los pies? Eso lo hace una entrenadora de estudiantes de preballet. ¿Eso es magistral?

¿Le es necesario al prestigio de Elisa Carrillo colgarse en el curriculum una clase impartida en un gimnasio a tal cantidad de niñas, que las últimas colocadas a veinte a treinta metros de distancia del lugar de la maestra, ni escuchan, ni atienden y menos entienden?

Me parece innecesario que una primera bailarina, que ha de recibir dinero de muchas partes, a través de su fundación haga estos papelongos.

¿No aprovecharían más una clase magistral de Elisa Carrillo, los bailarines del ballet de Jalisco, o el de Monterrey?

Libéreme Dios de ver a Isaac Hernández caer en el pecado de la contracultura.

¿No podría Elisa Carrillo llamarle a esa presentación, Clase de Estimulo?

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