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Limosna de la vida

Limosna de la vida

La frase no es nuestra; la leímos en algún periódico hace ya un buen titipuchal de años y se nos grabó en la mollera. Y aunque no todos los personajes de los que vamos a hablar ahora son o fueron limosneros, añadimos a nuestro escrito a otros que sin cerlo eran tipos callejeros, recorredores de cantinas, de café, de restaurantes no muy limpios y aún víctimas de accidentes fatales, que, en su mayoría, nos heredaron el triste recuerdo de su lastimera existencia que hoy tal vez muchos ciudadanos de la rercera edad se acordaran.

Es preciso aclarar que estos no son los personajes curiosos de nuestra ciudad, que dejaron una huella todavía más amplia, como lo fueron el Vate Correa. Pichorra, D. José García Montero o el poeta del Crucero (algunos hasta libros nos legaron). Queda advertido el lector de la diferencia entre unos y otros.

Johny

El primero que nos viene a la memoria es un vendedor ambulante que se andaba por el barrio de Santiago y todas las mañanas visitaba las casas del vecindario proponiendo su sana mercancía, su verdadero nombre era Juan (nunca nos dijo su apellido), un mestizo ya entrado en años, de músculos de acero, que cargaba en cada brazo un pesado canasto lleno de frutas, y atada a su frente una gran caja también colmada de frutas, y así con paso firme y decidido, se pasaba la mañana en su diaria, dura ocupación.

Mi hermano y yo éramos niños todavía cuando le conocimos, un día le pregunté su nombre:

-¿Y tú, cómo te llamas? le dije

Y él, tomando la cosa no en broma sino en serio, me contestó sin vacilaciones:

-Johnny

-Entonces eres Juan -le respondí

-No; Johnny, así me bautizó un vecino y me gustó el nombre: Johnny, llámame Johnny

Y así comenzó la amistad no con Juan o Juanito, sino con Johnny

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