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Espías y drogas

[…] Las métricas del éxito de la DEA son las cuentas del fracaso de México. Lo que la DEA asume como logros ineludibles de la estrategia antinarcóticos –la fragmentación de las grandes organizaciones de la droga en entes más pequeños y aparentemente más controlables—no ha sido sino el detonador de las mayores oleadas de violencia criminal en todo el continente. En esa medida, la DEA es responsable directa de violaciones a los derechos humanos. Cien años de drogas y espías dan cuenta de ello […]. (p. 336)

Así concluye el documentado libro de Carlos A. Pérez Ricart Cien años de espías y drogas. La historia de los agentes antinarcóticos de Estados Unidos en México, publicado por Debate, y que llegó a librerías en junio pasado. El autor, nacido en México en 1987, es egresado de la licenciatura en Relaciones Internacionales del Colegio de México y posee un doctorado en Ciencias Políticas por la Universidad Libre de Berlín. Actualmente es profesor-investigador de la División de Estudios Internacionales del CIDE.

El libro está dividido en dos partes. La primera (Los orígenes y las estructuras) consta de cuatro capítulos y la segunda (Los agentes), de cinco. En el capítulo 1 Pérez Ricart advierte a sus lectores que su investigación, más que denunciar, intenta entender la estructura y el contexto en el que estos agentes se desenvolvieron.

            […] Sin embargo, no por ello encubro o justifico su historia de violaciones a los derechos humanos de los que algunos de ellos han sido protagonistas de manera directa. Como demostraré a lo largo del libro, varios agentes antinarcóticos estuvieron inmiscuidos en casos de desapariciones forzadas, asesinatos extrajudiciales nunca aclarados, detenciones arbitrarias, secuestro de personas, eventos de tortura y otros actos violatorios de los derechos humanos, temas hasta ahora tabú en la historia de la política de drogas y de la relación México-Estados Unidos […] (p. 40)  

El texto concluye con el capítulo “La DEA hoy: violencia y derechos humanos”, que se refiere a los cambios y las continuidades en la forma en la que la DEA opera entre nosotros, así como las consecuencias que sus actividades tienen sobre las dinámicas de violencia en nuestro país.

Luego de hacer un repaso histórico sobre los principales hechos y personajes vinculados con el surgimiento de las redes del narcotráfico en México, el autor se centra en cuatro agentes que dejaron huella por su paso en nuestro país: Alvin F. Scharff, Joe Arpaio, Enrique Kiki Camarena y Héctor Berrellez. Para mí, esta es la parte más sustanciosa del libro.

Lejos de la visión romántica que el cine y las series de TV han construido en torno a los agentes antinarcóticos, Pérez Ricart, con base en documentos de archivo, memorias, publicaciones periódicas y entrevistas, nos muestra cómo algunos de estos policías pasaron de la esfera delincuencial a ser respetables agentes del orden. Scharff, por ejemplo, era abigeo y contrabandista en la frontera norte mexicana. Cuando lo contrataron como agente antinarcóticos y lo enviaron a nuestro país contrató a decenas de informantes, sin importarle que fueran delincuentes confesos. Su filosofía era simple: “Un hijo de puta es un hijo de puta, pero si es tu hijo de puta no hay problema, y no lo habría contratado si no hubiera sido ese hijo de puta”.

Los más relevante que hizo Scharff fue incidir en la suspensión de la política de drogas que había puesto en marcha el gobierno de Lázaro Cárdenas, que Pérez Ricart califica como “la más radical de México en el siglo XX”. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que tenía un enfoque de salud pública y no punitivo. Tiene razón el autor: esa perspectiva en los años 30 “era una revolución en toda regla” y constituía un abierto desafío a la política de drogas estadounidense. Precisamente por ello aquel experimento social duró poco tiempo, pero constituye un antecedente valioso y una aspiración que hasta el día de hoy no hemos podido retomar. 

Al evaluar la gestión de Scharff en México, Pérez Ricart apunta lo siguiente:

            […] Los agentes antidrogas mienten tanto o más que sus perseguidos. Exageran su relevancia, desestiman la de sus colegas, se presentan como impredecibles y fanfarronean la aparenta subordinación de todos hacia su persona. Hay que creerles la mitad; y de esa mitad, hay que dudar mucho […] (p. 187)

Por su parte, añade el autor, el pensamiento y actuación de Joe Arpaio revelan el puente que existe entre el discurso antiinmigrante y la política prohibicionista de las drogas. Arpaio encarna asimismo el desprecio a la justicia y a los derechos elementales, así como el temor a la otredad y a lo desconocido, además de que utiliza la mentira como estrategia para justificarse. Un auténtico predecesor del trumpismo.

Durante su estancia en México, a principios de los 70, la agencia antinarcóticos estadounidense comenzó a contratar a agentes con apellidos (y aspecto) hispanos para que participaran en actividades encubiertas o no, ya que policías con apariencia anglosajona difícilmente pasarían inadvertidos en nuestro país y en el resto del continente. A mediados de esa década inició una dura campaña de erradicación aérea de plantíos de mariguana y amapola, además de otras acciones policiacas en el tristemente famoso Triángulo Dorado. De hecho, el gobierno mexicano aprovechó esa campaña para desaparecer y ejecutar a ciudadanos que consideraba subversivos.

En ese entonces la DEA actuaba con total impunidad: lo mismo torturaba que asesinaba ciudadanos mexicanos sospechosos de participar en el narcotráfico, además de que algunos agentes contrabandeaban droga a los EE.UU. A su vez, los policías mexicanos, en vez de destruir la droga incautada, la devolvían al mercado callejero.

Como es obvio suponer, el caso más conocido es el de Enrique Kiki Camarena, el agente antinarcóticos de EE.UU., que fue secuestrado, torturado y asesinado en 1985, junto con el piloto mexicano Alfredo Zavala, por los capos del Cártel de Guadalajara capitaneado entonces por Miguel Ángel Félix Gallardo, Ernesto Fonseca Carrillo y Rafael Caro Quintero, entre otros. Este caso, por cierto, ha resucitado en las últimas semanas a raíz de la reaprehensión de Caro Quintero.

Pérez Ricart despeja varios mitos en relación con este terrible asesinato, como el que durante su interrogatorio y tortura estuvieron presentes altos funcionarios del gobierno mexicano y también que su secuestro fue en venganza por la confiscación y destrucción de miles de toneladas de mariguana en el rancho El Búfalo ubicado en Chihuahua.

Resalta, no obstante, que ese atentado contra Kiki Camarena sí reconfiguró la relación entre política y narcotráfico en México, pues derivó en la detención de numerosos jefes policiacos y en la desaparición de la temible y corrupta Dirección Federal de Seguridad. En los EE.UU., el caso Camarena fue utilizado con fines político-electores por Ronald Reagan y propició que fluyeran muchos millones de dólares a la DEA, que contribuyeron a su expansión.

Por lo que toca a Héctor Berrellez solo diremos que con sus mentiras puso en jaque las relaciones bilaterales entre México y EE.UU. durante el mandato de Salinas de Gortari, pues encabezó la Operación Leyenda (1988), que tenía el propósito de aclarar lo sucedido con Enrique Camarena. En efecto, fue él quien para vengar la muerte de su compañero inventó que la plana mayor del gobierno mexicano, así como de la Secretaría de la Defensa Nacional, habían estado presentes durante la tortura e interrogatorio. Berrellez basó casi toda su investigación, que por cierto concluyó en un estrepitoso fracaso,en el financiamiento de ex narcos y ex policías vinculados con ellos, que se convirtieron, como por arte de magia, de delincuentes en testigos protegidos.

El libro también deja en claro cómo desde principios del siglo XX políticos y policías mexicanos se relacionaron con los traficantes de mariguana y otras drogas a los EE.UU. no precisamente para combatirlos sino para controlarlos y extorsionarlos, a fin de obtener parte de las ganancias que los segundos obtenían de sus actividades ilícitas. Asimismo, que el negocio del narcotráfico prácticamente fue global desde sus inicios, pues involucraba a rumanos, españoles, húngaros, turcos, alemanes, argentinos, chinos, etc.

El libro de Pérez Ricart se lee fácil y seguramente ocupará un sitio destacado en los estudios relacionados con la plaga social de las drogas y temas afines, que, por cierto, no han dejado de crecer en las últimas dos décadas.

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