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Meche Carreño (1947/2022): La chica del monoquini (2)

OJOS NEGROS, PIEL CANELA QUE ME LLEVAN A DESESPERAR

 Para demostrar que podía ser actriz más que objeto de placer visual, filma La inocente (1971), sin embargo, su papel de «inocente» no impide que los espectadores gocen con las bellas formas de esta morena con cara de niña, a la que seguramente Arcaraz le hubiese escrito aquello de: sabor de fruta verde, de fruta que se muerde, de carne de manzana del bien y del mal(…) yo tengo la culpa de que tu seas mala, boca de chavala que yo enseñé‚ a besar

 Rogelio González, quien dirigió y adaptó el guión de una novela de Luis Spota, afirmó a Alvaro Sánchez durante la filmación de La inocente:

«-El problema que trato es muy humano y por desgracia se presenta con mucha frecuencia en la vida real. Claro que al llevarlo a la pantalla ha habido necesidad de escenas fuertes, pero las he tratado con toda delicadeza. En fin, la historia es muy buena y espero que interese.»3

AY MORENA, MORENITA MIA…

                                         No necesito disfrazarme de güera para gustarle

                                        al mundo mexicano.

                                        (La mujer perfecta)

  Criticada por los «puristas» de la belleza occidental, la Carreño, se movía entre asustada como gacela, y segura como pantera por entre el mundillo cinematográfico de los sets y los chismes de las revistas en boga.

  El Nº 238 de Cinelandia (1968), en su III Concurso de Popularidad, en la sección REVELACION FEMENINA, informa que Meche Carreño ocupa el primer lugar con 33,970 votos de los lectores. Esto podría darnos la clave de su actitud, además de que detrás de ella se encontraba la presencia y el dinero de su protector y esposo: Lorenzo Zacany, lo que la convirtió en productora de sus propios trabajos.

  Actuó en teatro, no en balde había estudiado en el Instituto Andrés Soler, al que ingresó a los doce años. Esto ha sido confirmado por Fuensanta Zertuche en una de sus crónicas autobiográficas. Durante su estancia en la escuela Meche realizó giras y presentaciones como bailarina. Esta habilidad la demostró en algunas películas, la más importante, el último suspiro fílmico del Indio Fernández y José Revueltas: Zona Roja, donde la admiramos en una aparición especial bailando con el torso desnudo y sosteniendo una canasta de frutas a ritmo de tambores, y que siguiendo la tradición del género prostibulario del cine nacional, es presagio de la aparición policíaca. Aquí Meche Carreño despliega como nunca antes, ni nunca después, su capacidad erótica/dancística: sensualidad porteña de esta sirena nacida en Minatitlán, Veracruz, y que Jorge Ayala Blanco al describirla en esta escena recrea su pupila y la nuestra también:

 «De pronto, con sombrero de paja y fálico cigarro puro empotrado en la jeta, irrumpe la figura de un negrazo que azota a grandes palmadas los tambores, y es seguido por todo el conjunto tropical, para crear un reverente suspenso lúbrico. De las alturas desciende la bailarina y primera actriz Meche Carreño, delgada, morena, cimbreante, los senos al aire debajo de cien collares que a veces se atoran en algún oscurísimo pezón en ristre, un colorado taparrabo de piquitos, una canasta de frutos carnosos que ofrece a nadie. Apenas baila; recorre la pista a zancadas, se retuerce cual lagartija, profiere quejidos orgásmicos, embarra su cuerpo contráctil sobre un poste totémico, se ensarta en una red, hace contorsiones de espalda con las piernas flexionadas, suda y se baña en sudor, rueda por el suelo, le da el santo, y luego simula copular con el último escalón de una gradería. Entonces, unas acuclilladas urís afrocubanas del coro femenino empiezan a sacudir sus senos como campanas, a batirlos cual descomunales instrumentos de percusión. Con dos gallinas blancas de vudú, ya exorcizan a la bailarina hiperflexible del bembé. La mujer está siendo poseída por su propia sexualidad.»4

  Su arte dancístico lo corroboró a finales de los ochenta, en uno de los templetes que pusieron en el Zócalo con motivo de la celebración de una fiesta patria. En esa ocasión deleitó a cientos de miles de defeños ejecutando La Danza del Venado, más bien de la venada, por la sensualidad femenina que emanaba su cuerpo delgado y moreno allí, frente a Palacio Nacional y la Catedral Metropolitana.

  Auto de fe de una actriz y bailarina que se retiró a vivir a New York después de la muerte de su segundo marido, el cineasta Juan Manuel Torres, con quien realizó cuatro de sus nueve filmes: La otra virginidad (1974); La vida cambia (1975); El mar (1976); y La mujer perfecta (1977).

    Meche Carreño, la Brigitte Bardot mexicana  como la bautizó Mario de la Reguera, ha muerto, sin embargo su imagen grabada en la cinta de plata, quedará para la eternidad, no sólo como un fetiche sexual de la segunda mitad del siglo XX mexicano, sino como una bella mujer, excelente actriz y maravillosa bailarina.

 Un aplauso de pie para quien iluminó nuestra naciente pubertad.

Notas

  1. CONTRA PORTADA MECHE CARREÑO. Cinelandia Nº 300, México, 27 de marzo de     1971,   p. 14
  2. ibid. p. 14
  3. Sánchez, Alvaro. Ronda por los estudios, Meche Carreño EN UN PAPEL DIFERENTE EN «LA INOCENTE», Cinelandia N§ 300, México, 27 de marzo de 1971, p. 15
  4. Ayala Blanco, Jorge. La Condición del Cine Mexicano, Editorial Posada, México, 1986, p. 256-257

Fernando Muñoz Castillo

Escritor, hacedor de libros objeto, dramaturgo y director de teatro. investigador e historiador de teatro y cine. curador y museógrafo. periodista cultural. ha publicado varios libros.

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