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Las esferas del canto

El poeta y yo nos conocimos en la tercera etapa de nuestras vidas. Nomás hacerlo, surgió una empatía tan grande entre nosotros, que nos hizo tratarnos como viejos camaradas. Había, por lo menos, dos razones explicadoras de este suceso; mi padre, el famoso físico matemático, apodado “Chif Salas”, había sido amigo de él; y la segunda, las fotografías que distintos rotativos de la ciudad, publicaban sobre sus actividades de político conservador que peleó con denuedo contra el poderoso e invencible (en ese momento), PRI. Roger había ocupado puestos camerales y eso lo convertía, en rostro conocido socialmente. Por mi parte, había leído algunos poemas suyos, publicados en varias revistas especializadas en letras creativas. Para mí, él, era eso: unas fotos y unos poemas que tomaban distancia de las imágenes y metáforas de las casitas de paja, la Serpiente Emplumada y el límpido y fidel amor a la mujer yucateca. Así, pues, sus reminiscencias eran de un tenor distinto al de la poesía tradicional yucateca. 

Por su parte, él, sabía de mi porque, había visto bailar a Cynthia Ricalde en Giselle, y vio, extasiado, la puesta anual que yo hacía de El Cascanueces.

Maribel Figueroa, tuvo la gentileza de presentarnos. La noche de este suceso, (fue después de una función de Cascanueces), Roger me regaló su poemario, Las Esferas del Canto, opúsculo que guarde en la mochila que almacenaba mi cotidianidad entera, en la que había de todo: pasta y cepillo dental, peine para el cabello, jabones, dinero, ropa, libretas, libros, música y todo lo elemental para una vida de aire y libertad, como sigue siendo la mía.

Después de ese diciembre, Liz Duarte, me invitó a trabajar en Cancún, en su famosa escuela Tahlula, donde yo le impartía clases a las hijas de los cuatro Grandes Empresarios de Cancún, Córdoba, Quintana, Constance y Madrazo. Entonces, el hotel Gran Melia, convertía mi vida en un peluche.

Una noche en el cuarto del hotel, al voltear el tambache de cosas de mi mochila sobre la cama, para escorarlas nuevamente, me tope con Las Esferas del Canto. Tenía una dedicatoria, elegante, breve y perfecta en la redacción. Me leí los poemas deslumbrando, a una velocidad increíble, y comparando a Roger Cicero Mac Kinney, con Pablo Neruda. Escarabujeé muchos poemas, doble hojas del libro, extracté versos, subrayé rimas, como enloquecido hice un resumen de todo y en un santiamén redacté el guion del ballet, “LAS ESFERAS DEL CANTO”, biografía coreográfica a un poeta yucateco. Obra única en todo nuestro continente. Encontré unos casetes con la obra musical de Héctor Villalobos. Al clarear el día el círculo estaba cerrado. Entre las bachianas y conciertos del compositor brasileño, logré una partitura que iba al dedillo con los poemas de Roger.

Don Víctor Franco, el diseñador y costurero de los trajes de muchas concursantes para representar a la belleza yucateca en distintos certámenes, hizo el vestuario de la coreografía.

Esa grandeza era merecedora de una muy buena producción. Así lo hice. Invertí ciento de miles de pesos en telas para el vestuario y la escenografía. Todo era bello; pero al vestuario, le tenía un afecto especial.

Pues, bien. En el robo que hicieron a la academia de ballet donde se encontraba guardado el vestuario de las producciones de la Compañía Provincial de Ballet, se llevaron hasta el de esta obra, dejando olvidado, extrañamente, un vestido que portaba la bailarina que representaba a una de las hijas del poeta. Les comparto unas fotos.

De toda esta gran historia, los ladrones dejaron olvidada una pieza. El vestido que hoy les comparto en un par de fotos. ¿Cómo pudieron olvidar los ladrones este atractivo vestido? ¿Qué les habrá pasado? ¿Qué habrá sido?    

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