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La amabilidad yucateca

“Los yucatecos son muy amables, pero casi nunca te invitan a su casa”, me comentó un académico venido de otros lares. No lo consideré un reproche sino una observación interesante que valía la pena explorar. Inmediatamente comenté el asunto con parientes y amigos y les pedí sus opiniones. He aquí las respuestas más recurrentes que recibí:

  1. En principio, por qué tendrías que llevar a tu casa a personas que apenas conoces. A tu hogar invitas a tus familiares y amigos cercanos o íntimos, no a cualquiera. 
  2. Lo contrario también es cierto: por qué ellos no toman la iniciativa y te invitan a su casa.
  3. Hay de casos a casos: si te topas con gente educada, creo que no habría problema, pero yo no invitaría a personas desagradables o prepotentes.
  4. Ciertamente no debemos generalizar, pero me ha tocado ver en el súper o en restaurantes a personas de fuera que tratan de manera despótica a cajeras o meseros.
  5. Y tampoco es agradable escuchar sus permanentes quejas del calor, los mosquitos, las cucarachas, etc.
  6. O de que aquí no encuentran los productos que acostumbraban consumir en los lugares donde residían antes.
  7. No siento ningún entusiasmo por los que hablan en voz alta o a gritos para hacerse notar en cualquier circunstancia.
  8. Y menos si andan en fachas y también lo contrario: si hacen ostentación de su riqueza.
  9. O si intentan pasarse de vivos y se saltan las colas.
  10. ¿No es un riesgo innecesario que gente ajena vaya a inspeccionar cómo vives o qué tienes en tu casa?

Si interpreto bien, la sospecha, suspicacia y desconfianza en el otro están presentes en todas estas expresiones recabadas, hay que precisarlo, entre gente de clase media que vive cómodamente pero no en la abundancia. Se trata de profesionales independientes o bien vinculados con instituciones de educación superior públicas y privadas. Algunas son amas de casa. La mayoría votan centro-derecha y uno que otro por la izquierda.

Estas precauciones clasemedieras, para no utilizar la palabra rechazo, provoca que las personas que han decidido venirse a vivir aquí, sean connacionales o extranjeros, terminen por formar pequeños y cerrados círculos en los que se excluye a los yucatecos.

En este comentario dejaremos fuera la irrefrenable tendencia de las élites a establecer la mayor distancia posible entre ellas y los grupos populares e incluso de clase media, circunstancia que en Mérida podemos ejemplificar con el éxodo del fraccionamiento Campestre, a La Ceiba y de ahí al Country Club. Es posible que en un futuro no muy lejano se construyan una isla frente a Progreso, a la que solo se pueda llegar por yate o helicóptero.

Retomando nuestra exploración hay que decir, en descargo, que el localismo no es exclusivo de los yucatecos, sino que está presente prácticamente en todas las entidades del país, con excepción de las ciudades fronterizas, aunque quizá no tanto ahora por el incontrolable arribo de miles de migrantes centro y sudamericanos y caribeños.

Lo cierto es que las personas no nacidas en Yucatán, pero que residen aquí, ya suman muchos miles y su número tiende a crecer en la medida en que se agravan los problemas de inseguridad en otras entidades. Un buen amigo sociólogo ha apuntado, con certeza, que no debemos perder de vista que muchos de estos compatriotas son en realidad desplazados de la guerra contra el narco, a los que no les ha quedado de otra que poner a salvo sus vidas. O sea, nada de que tomaron agua de pozo o de que se enamoraron de la gentileza de los boxitos.

El suficiente poder económico de un porcentaje no despreciable de este flujo de desplazados podría explicar la burbuja inmobiliaria que se registra desde hace unas dos o tres décadas en el sector noreste de la capital, que ha producido una nueva casta de empresarios multimillonarios y ha elevado el precio de la tierra y de la construcción a niveles nunca antes imaginados.

Estos desarrollos reciben un trato privilegiado de las autoridades estatales y municipales para suministrarles servicios de todo tipo, que escamotean a los que viven en otros sectores de la capital, con el consiguiente ensanchamiento de las desigualdades. 

Concluyamos, entonces, que esta mutua exclusión entre yucatecos y personas no nacidas pero afincadas aquí representa una oportunidad perdida para conocer otras idiosincrasias, otras personalidades, otras formas de pensar y sentir. A nadie conviene que esta situación persista, ya sea por prejuicios o por una percepción equivocada del otro.

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