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¿Y ahora, que hago con este vestido?

El robo fue hecho con saña. Resultaba evidente el afán de no dejar nada servible para evitar cualquier actividad relacionada con el trabajo escénico.  Todos los aparatos fueron sustraídos de la bodega de la escuela de danza y de su teatrino. Así, pues, arrancaron (materialmente eso hicieron), los reflectores empotrados en las paredes, bardas y postes colocados para ellos; desbarataron las cajas de registro para jalar de los ductos los cientos de metros de cablería que contienen -muy costosa, por cierto-, en su interior y se llevaron hasta los interruptores de luces, seguidores y todo lo que significa una función de ballet.

Eso me dolió. ¡Y mucho!  Porque mis esfuerzos, dinero y aspiraciones de promoción dancística fueron cortados de cuajo. Lo que más sufrí, fue ver la bodega de vestuario con todo tirado y amontonado en el piso y, obviamente, con un enorme faltante de tutús, mallas, zapatillas, atrezzo y el vestuario que fue diseñado por mí, durante más de treinta años de hacer ballet por aquí y por allá.

Entre lo sustraído con tanta perversidad, había piezas de colección. Los tutús de Cynthia Ricalde (+), que esperaban un nuevo museo de la danza para ser expuestos y darlos a conocer a las nuevas generaciones. El vestuario de Lago de los Cisnes, Leyenda de Amor, Golden Age, Cascanueces, Bailarina, La Boda Mestiza, La Creación del Hombre de Maíz, Mérida de mis Amores y de otras obras más, se lo llevaron.  “Verás esa ropa en alguna función de ballet, ya lo verás. Entonces iremos con la directora y preguntaremos quién se lo vendió. Así sabremos quienes fueron los ladrones”, me dijo un amigo. Esas palabras me reconfortaron.

Hace unos días regrese a la academia. No lo había hecho durante toda la pandemia. Subí al segundo piso y revisé los tubos donde se colgaba el vestuario. ¡Ahí estaba, solitito, el traje de Rita! El personaje de Golden Age, que Cynthia Ricalde había utilizad. Es una batita modesta, corta, sin grandes vuelos, porque el personaje era el de una muchacha que trabajaba de noche en un cabaret, para poder solventar sus gastos. Los ladrones no sabían, para mi fortuna, que era de seda y chiffon natural y del gran valor sentimental de la prenda. La desprendí de la hombrera y traje conmigo. Sin embargo, me surgió una gran pregunta: ¿Y qué voy a hacer con ella? No me quedan tantos años de vida como para custodiarla, como lo hice durante casi treinta años. ¿Me sobrevivirá? ¿O se acabará para siempre, como muchas cosas valiosas de nuestra propia historia regional?

No quise seguir pensando. “Al tiempo lo que es del tiempo”, me dije.

El vestuario de Giselle que utilizaba la bailarina, lo doné, hace años, al Museo de la Ciudad. De vez en cuando lo exponen. Y aunque es de campesina, es bonito, lucidor y atractivo. El de Rita en Golden Age, no tiene atractivo mayor que unos listones del mismo color. Es un trajecito tipo charlestón. Su encanto y esencia está, en lo que fue por de quién fue.

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