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Tumulto (y II)

Hans Magnus Enzensberger

Ahora ocupémonos del período 1967-1970, lapso en el que el autor viaja dos veces a Cuba. La primera, Enzensberger formó parte de los 500 escritores, científicos y artistas que Fidel Castro había invitado al Congreso Cultural de La Habana en 1968. Sin embargo, cuando este evento terminó, Hans Magnus permaneció allí, a invitación de un dirigente, quien le dijo que podría ser de utilidad en la capacitación de los futuros y noveles diplomáticos de la revolución.

Empero, como pasaba el tiempo y aquella encomienda no se concretaba, el poeta alemán viajó a Singapur y luego retornó a la isla. Las autoridades seguían dando largas; para tranquilizarlos, propusieron que él y su esposa recorrieran el país a fin de que comprendieran la situación que imperaba en ese momento en todo el territorio, no solo en la capital. Aceptó con una condición: que no fuera un tour organizado por las autoridades, sino que les pusieran un chofer para moverse libremente. Así conoció a Toni, quien, además de chafirete, fungía como el vigilante de la pareja y, en sus ratos libres, de contrabandista. 

En un viejo Chevrolet visitaron Pinar del Río, Santiago, Trinidad y otras poblaciones y regresaron a la capital. Los alojaron en el Hotel Nacional.

            […] Compartimos mesa con un guerrillero fracasado y con un viejo trotskista parisino que, agradablemente subversivo, se dedicaba a lanzar bolitas de pan y citas de Engels y Freud. Además, había un norteamericano vestido con el disfraz de la Nueva Izquierda que parecía un pequeño Allen Ginsberg. Recuerdo también a un traficante de armas yugoslavo, a un pescador de luna de miel con su mujer y a un técnico nuclear soviético. Había coctelería, agua caliente, electricidad y calefacción. Teníamos una gran habitación con baño. Comparada con la situación de los cubanos corrientes, la nuestra era una existencia de multimillonarios […] (p. 141)

Como la Secretaría de Relaciones Exteriores seguía sin concretar el ofrecimiento que le habían hecho originalmente, Enzensberger tomó la decisión de aprovechar mejor su estancia.

            […] Ahora queríamos quedarnos con más razón. Deseaba saber qué pasaba detrás de la fachada. Empezamos a trabar contactos, en el barrio del puerto, en el mundo clandestino, con artistas falsos y verdaderos, con dignatarios expulsados… no nos importaban las opiniones que defendían […]  (p. 142)

Además de visitar el famoso cabaret Tropicana y la playa de Varadero, Hans Magnus tuvo oportunidad de asistir a varios actos presididos por Castro, como la asamblea maratónica que tuvo lugar en la plaza de la Revolución.

            […] En esas intervenciones Castro siempre acaricia los numerosos micrófonos que tiene delante, mientras alecciona al pueblo sobre sus amplios conocimientos en desinsectación o psiquiatría o sobre los beneficios de la energía nuclear. En la isla no puede haber más que un experto: él.

            Aquella tarde presentaba sus credenciales como especialista en genética y producción láctea. La mejor de todas las vacas, decía, es la F 1, una creación que pronto abastecería de leche a los párvulos del país. La Revolución todavía no había dado solución a ese detalle. El discurso, como era habitual, se prolongó durante horas […] (p. 149)

El poeta formó parte de las brigadas de cubanos e invitados extranjeros que en la primavera de 1968 sembraron millones de plantas de cafetos en los alrededores de La Habana y también en la gran zafra de 1970, proyectos que no alcanzaron los volúmenes esperados. El arresto y retractación del poeta Heberto Padilla y la operación de las Unidades Militares de Apoyo a la Producción (UMAP) para la reeducación de homosexuales y disidentes políticos, así como la explotación de su mano de obra, merecieron el repudio de Hans Magnus, lo mismo que la logorrea del líder.

            […] Como es sabido, muchos éxitos y muchos patinazos se los debe a su bocaza. “Dentro de diez años Cuba tendrá el nivel de vida más alto del mundo”, prometió en junio de 1959. “¡De qué sirven las palabras si el pueblo no goza los frutos!”, dijo en 1963. “Al final del año los alimentos dejarán de estar racionados”, aseguró en enero de 1965. Nunca se ha publicado una recopilación de sus discursos. Mientras esté vivo no existirá. Hay que retocar y reescribir constantemente la historia, un procedimiento que Castro les ha copiado a sus equivalentes soviéticos.

            Eso sí, hay un mérito que nadie le quita. El comandante no era dado a someterse sin condiciones a su aliado de Moscú. Si bien no tenía nada que objetar al suministro de petróleo ruso, las inclinaciones revisionistas de los sucesores de Stalin no eran de su agrado. Ya en 1962, con motivo de la llamada crisis de los misiles en Cuba, se produjo un conflicto muy serio. Castro hubiera preferido exponerse a una guerra nuclear antes que renunciar a la instalación de cohetes atómicos en su territorio. Ese gran deseo del alma terminó siendo su mayor humillación. Cuando Jruschov y Kennedy acordaron un compromiso sin contar con él, tuvo uno de sus temibles accesos de furia […] (pp. 156-157)

Cada uno de los cinco capítulos del libro (1963 / Apuntes sobre un primer encuentro con Rusia; 1966 / Garabatos de diario sobre un viaje por la Unión Soviética y sus consecuencias; 2015 / Premisas; 1967-1970 / Recuerdos de un tumulto, y Año 1970 y siguientes / Después.) culminan con una Posdata fechada en 2014, en la que hace una especie de corte de caja para informar al lector qué pasó con algunos de los principales personajes con los que entró en contacto durante sus periplos.

Después de leer esta obra de Enzensberger, que recién adquirí en la Librería Juan García Ponce, me pregunto qué será mejor para nuestra salud mental: ser escéptico de las utopías políticas, cualquier que sea su tendencia; creer en ellas y después desengañarse cuando se llevan a la práctica sin respetar la libertad de los ciudadanos que disienten, o bien ser rehenes de una ideología que nos impide la crítica y autocrítica y nos convierte en cínicos que se empeñan en negar los errores y abusos de las autocracias. Hans Magnus pertenece al gremio de los desengañados.

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