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Tumulto (I)

En 2014, Hans Magnus Enzensberger (Alemania, 1929) decidió publicar una autobiografía, pese a su desconfianza en este tipo de obras:

[…] No hace falta ser criminólogo ni epistemólogo para saber que los testimonios sobre uno mismo carecen de base fidedigna. Entre la deliberada mentira y la tácita enmienda, entre el simple error y la sofisticada escenificación de sí mismo, las fronteras son difíciles de trazar […] (p. 41)

Lo hizo solo después de encontrar en el sótano de su casa unos envoltorios de papel que contenían libretas con notas, fotografías, recortes de periódicos y manuscritos abandonados, que correspondían a los años sesenta y setenta del siglo pasado.

Con base en ellos confeccionó Tumulto, publicado originalmente en alemán y traducido al español en 2015, que refleja su perspectiva de lo ocurrido en esas décadas del siglo XX, lapso en el que tuvieron lugar acontecimientos políticos relevantes en varias partes del mundo.

Esta autobiografía tiene una singular característica: se presenta como un diálogo, una conversación, entre Hans Magnus y un sosias, pues, subraya, que cuando encontró aquellos documentos no se reconoció en el sujeto (él mismo) que los había escrito o conjuntado varias décadas antes. Como su autobiografía carece de estándares documentales e incluso filológicos, Hans Magnus advierte honestamente a sus potenciales lectores que los hechos narrados en aquella obra no ocurrieron exactamente como está escrito, pero que en términos generales corresponden con la realidad.

Entre las muchas experiencias relatadas por este poeta y ensayista alemán nos limitaremos a consignar algunas circunstancias de sus visitas a la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas (URSS) y a Cuba, en plena Guerra Fría.

Viajó por primera vez a la URSS en 1963, como parte de una variopinta delegación de intelectuales europeos invitados por la Unión de Escritores Soviéticos (UES), que participarían en un encuentro en Leningrado, en el que se debatiría el tema Problemas de la novela contemporánea. Luego de ser instalados en el mejor hotel de la ciudad, se les asignaron acompañantes:

            […] Bien es verdad que esos guías, más que nada, ofician de intérpretes que socorren a los extranjeros balbucientes; pero también les competen otras tareas: deben proteger de cuestiones importunas no sólo al huésped, sino también al Estado. Las instancias superiores esperan de ellos informes acerca del comportamiento y del pensamiento del forastero […] (p. 12)

Además de las discusiones, en las que académicos orgánicos echaban pestes contra escritores occidentales consagrados, como Joyce, Proust y Kafka, por ejemplo, el programa oficial estaba saturados de viajes a lugares o monumentos históricos, encuentros con funcionarios, etc., lo que dejaba poco margen para salir de aquella burbuja y averiguar cómo vivían, qué pensaban realmente, los ciudadanos rusos de a pie.

En esa ocasión, un grupo selecto de la delegación visitante tuvo oportunidad de un encuentro con Nikita Jruschov, secretario general del Comité Central del Partido Comunista de la Unión Soviética, en su villa de Gagra.

            […] El anfitrión sale de la casa, lentamente, con paso corto, remando con los brazos, es un hombre viejo al que el cuerpo ya le da guerra. Antes que ilusión, su calma expresa paciencia. Apenas se ha detenido, comienza una ceremonia de presentaciones, de apretones de mano, de abrazos, que se parece a un teatro de aficionados […] (p. 19)

            […] Sigue un discurso de cincuenta minutos ajeno a toda coherencia lógica y argumentativa. El hombre comienza sereno, un poco entrecortado, se enfervoriza, arrastra ejemplos y anécdotas, acelera la dicción, llega a un giro imprevisto y de pronto se interrumpe. Él mismo parece sorprendido de lo que ha dicho. No quiere desdecirse, pero tampoco va a dejarlo sin modificar […] (p. 21)

            […] Únicamente en los oyentes más pánfilos cunde la sensación de que ellos lo saben hacer mejor. Se equivocan, porque apenas ni una de aquellas afirmaciones aparentemente tan simples es descabellada. Casi todas contienen algo certero, a veces incluso algo subliminal. El discurso de Jruschov no apasiona; da que pensar por su sentido común y su astucia, su coraje y su olfato para lo posible. En el plano verbal tiende a reducir lo desconocido a lo conocido. Voz acompasada, léxico parco, sintaxis minimalista […] (pp. 21-22)

Para concluir aquel retrato del líder soviético, Enzensberger escribe que Jruschov le dio la impresión de que estaba libre de la megalomanía y la paranoia de sus antecesores y que su mayor hazaña política quizá radicara en el desencantamiento del poder. Hans Magnus retornó a la URSS en 1966 para participar en un Encuentro por la paz en la ciudad de Bakú. Fue entonces cuando descubrió que la Unión de Escritores Soviéticos (UES) llevaba un pormenorizado seguimiento de lo que publicaban los escritores extranjeros, así como de sus opiniones políticas.

            […] A mí también debieron de colocarme en una de las categorías cuidadosamente diferenciadas que deciden sobre la ventura o desventura de los afectados. Porque, aparte de los escritores “antisoviéticos” y los “reaccionarios”, existen los “escritores burgueses progresistas”. A éstos se les trata particularmente bien, mucho mejor que a los camaradas extranjeros que, aunque mimados con elevados tirajes y honorarios, son considerados más bien como unos idiotas útiles. De todo ello se infiere una fe en la relevancia política de la literatura que me parece sumamente exagerada […] (p. 26)

En 1966, el autor tuvo oportunidad de escabullirse de sus guías para entrar en contacto con varios intelectuales ubicados dentro y fuera del radar oficial; visitar las casonas que habían pertenecido a la burguesía y en las que vivían hacinadas decenas de familias; los multifamiliares para las clases medias; los centros urbanos donde radicaban los científicos, etc. También viajó por varias regiones de aquel enorme país para visitar las nuevas ciudades construidas por el poder soviético en torno a desarrollos industriales. Le llaman la atención la liberalidad sexual, la pasión que todas las clases sociales sienten por la poesía y el inocultable desencanto de los ciudadanos que se ven obligados a vivir con privaciones de todo tipo. En Moscú conoció a Masha, la mujer que se convertiría en su segunda esposa. (Continuará)

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