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Olores y memorias

Como habíamos acordado, los que compartimos aula en la secundaria nos reunimos anteayer en casa de nuestro amigo Epitacio Chancellor, luego de concluir la lectura de Odorama. Historia cultural del olor, de Federico Kukso. Por cierto, este autor argentino resalta en el colofón, que escribió el libro mientras consultaba acervos en Cambridge, Boston, Nueva York, Londres, San Petersburgo y visitaba sitios de interés histórico, como el Partenón de Atenas y el Templo de Kukulkán en la península de Yucatán (p. 417)

Epitacio Chancellor y su esposa Anémona Alienista nos atendieron a cuerpo de rey. (Él la llama A.A. de cariño y ella le dice E.T. (iti) Pero por qué, se preguntarán, si no son las vocales iniciales de los nombres de su cónyuge. La razón es sencilla: A.A. dice que Epitacio le recuerda al protagonista de la célebre película El Extraterrestre)

Lo único que me contrarió es que la mayoría de mis excompañeros de estudio se negó a que los identificara por sus nombres, pues, según alegaron, luego de que se difundió urbi et orbi el artículo anterior, les llovieron chanzas a montones. Me pidieron que solo pusiera Persona 1, Persona 2, etc., para no sufrir nuevas penas ajenas. Bueno, allá ellos. El único que sí me dio su anuencia, y por escrito, fue mi cuate John Fitzgerald. Gracias, John.

En movida asamblea y a mano alzada decidimos darle un giro novedoso a la reunión: inspirados en la temática de la obra, en vez de citar pasajes importantes del texto que habíamos leído, mejor cada uno de los presentes contaría experiencias de vida vinculadas con los olores de su infancia. He aquí lo que se escuchó esa noche.

[…] Persona 1.- Como mi papá tenía cierta fascinación por lo que ahora llamamos orgánico, todas las mañanas me mandaba a recoger huevos al gallinero familiar. La tarea no era pesada pero el rancio olor a caca de gallina me acompañaba todo el día.

Persona 2.- Uno de los vecinos de la enorme casa que compartíamos entre varias familias era sorbetero. Le decían El Diablo, pero era buena gente. Mientras nosotros le dábamos duro a la manivela para que se hiciera el sorbete (el de coco me encanta hasta la fecha) él se ponía a hacer las barquillas sobre una gruesa plancha de metal asentada sobre un fogón; luego nos daba una o dos para probarlas. El olor y el sabor de aquellos crujientes conos todavía los tengo presentes.

Persona 3.- Pues yo trabajé algunos años en varias panaderías y recuerdo los olores que se desprendían de las masas del pan francés, cocotazo y pan dulce, hechas con manteca y mantequilla vegetales, huevos, sal, azúcar y agua, lo mismo que el del humo de la leña verde que tirábamos al interior del horno de piedra. Parece que siento ahora mismo el suave olor del anís y del agua de azahar que le poníamos al pan de leche.

Persona 4.- ¿No se tapaban la nariz cuando pasaba cerca de su casa un zorrillo? Por cierto, a veces siento como que extraño ese penetrante olor, pues aquí en la ciudad seguro que ya mataron a esos vistosos animalitos.

Persona 5.- ¿Se acuerdan cuando llegaban a las casas las brigadas de sanidad para echar cal viva o cloro en los pozos de donde sacábamos agua para beber? Se sentía requete fuerte.

Persona 6.- ¿Y cómo olía el ambiente después de una fuerte lluvia?

Persona 7.- ¿Podían percibir el electrizante olor del viento de agua, que venía acompañado del violento crujir de las ramas de los árboles y un cielo encapotado?

Persona 8.- Como mi tía me llevaba a las novenas, recuerdo perfectamente el aroma tranquilizador del incienso, el olor de la canela del dulce de arroz con leche y hasta el olor de la viejísima serafina de doña Finita, la rezadora.

Persona 9.- ¿Y qué me dicen del inconfundible olor a tinta de los libros nuevos y viejos? Los huelo aún con el riesgo de infectarme de alguna espora maligna.

Persona 10.- ¿Alguna vez han fumado mariguana? ¿No? Yo tampoco, pero sé identificar su picante olor en el ambiente, porque viví mucho tiempo cerca de la antigua sede del Batallón de Caballería, allá en los confines de Santiago, donde regularmente quemaban esa droga. Cuando eso sucedía, todos los vecinos salíamos sonrientes a las puertas de nuestras casas en busca del paraíso perdido.

Persona 11.- Yo no olvido el olor de los pibes cuando don Nicanor levantaba la lámina del hueco que previamente había excavado para colocar allí los mucbilpollos en la época de finados.

Persona 12.- En casa de mi bisabuelo, cuando alguien decía “voy al patio” todos entendíamos que la persona se dirigía al excusado, es decir, a una superficie de no más de tres metros cuadrados, delimitada por albarradas, donde los integrantes de la familia hacían sus necesidades. Había que anunciarlo en voz alta para que todo mundo se enterara. Era un verdadero problema cuando a dos o más les daban ganas de “ir al patio” al mismo tiempo, amén del ejército de moscas panteoneras que se daban su banquetazo en el lugar. De los olores mejor ni los menciono.

Persona 13.- ¡Fooooo! ¿Por qué cuentas esas cochinadas, ninio?

Persona 12.- ¿Pues no que había que narrar nuestras experiencias?

Persona 13.- Pues sí, pero no precisamente esas.

Persona 12: Además, en la época de lluvias había que tener dotes de equilibrista para no pisar ya sabes qué.

Persona 14.- ¿Alguna vez acompañaron a su papá o a su mamá a comprar carne para el chocolomo, después de la corrida? ¿Qué tal el olor de la sangre palpitante del toro o la vaca recién sacrificados y destazados a la vista de todos los curiosos allí reunidos? Y los olores intensos de cebollas, rábanos, cilantro y naranjas agrias para el salpicón.

Persona 13.- ¡Uácala!

Persona 14.- Pero seguro que bien que te embutías el chocolomo cuando ya estaba listo.

Persona 13.- Pues fíjate que no porque en esa época ya era vegetariana.

Persona 15.- ¿Y les tocó alguna o muchas veces sacar al patio la bacinilla familiar? Había que contener la respiración, como si fueras buzo.

Persona 13.- ¡Puaj!

Persona 16.- Yo recuerdo claramente dos olores: el asfixiantemente seco del tamo después de cernir el maíz en la tienda de mi tío y el denso olor del jugo de henequén en las bagaceras de las desfibradoras.

Persona 17.- ¡Y qué me dicen del sosquil cuando lo corchaba don Florentino y el olor de los mangos manila de la quinta de doña Aída, que comíamos a escondidas!

Persona 18.- ¿No sentían un no sé qué en la nariz cuando iban al taller de curtiduría?

Persona 19.- Además del beee beee beee beee beee de la manada de chivas de don Eurípides, con su cabrón al frente, que orgulloso llevaba su sonoro cencerro, recuerdo el dulce sabor de la leche, y también el olor de las hojas de naranja que servían para sellar la botella, a manera de tapa.

Persona 20.- Pues yo relaciono los sedantes olores del romero y la alhucema al feliz nacimiento de un bebé.

John Fitzgerald.- Una vez, yendo con unos amigos a una comisaría, se me ocurrió sentarme al lado del conductor del truck. No habían pasado ni cinco minutos cuando el maldito caballo se echó un pedo –Poooooooffffff-, casi inmediatamente después alzó la cola y comenzó a expulsar con fuerza un chorizo de perfectas bolas verdes y apestosas.

Persona 13.- ¿Y qué hiciste?

John Fitzgerald.- Hasta la pregunta es necia: ¡Pues respirar, qué más, ni modo que me ahogara! […]

Así terminó esta reunión peculiar de amigos. Entre la producción de Kukso figura también el título El baño no fue siempre así, pero dada la sensibilidad de ciertos integrantes del grupo dudo mucho que lo vayamos a recomendar como lectura obligatoria.

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