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Ninno y Ninnette

Mis sobrinos Ninno y Ninnette, hijos de mi cuñada Canéfora, son unos chicos que llaman la atención de todo mundo por la educación que evidencian dentro y fuera de su casa. Según me ha contado Ninnette, porque Ninno es una persona casi hermética, eso se debe única y exclusivamente al empeño de su madre.

            […] Cuando éramos pequeños, mi mamá nos enseñó a dar gracias y nos platicaba sobre las buenas maneras de mesa antes de servir los alimentos. Ella había participado en un programa de intercambio del Club Rotario en los años sesenta y pasó una larga temporada en Nueva York, en casa de una familia de apellido Vanderbilt. Contaba que allí todo era formalidad y buen gusto.

–Ninno, cuando cortes sólidos, es decir, carne o verdura, por favor no alces los codos como si fueras zopilote a punto de volar. Mantenlos cerca del cuerpo todo el tiempo.

–Ninnette, no agarres el tenedor con el puño cerrado, como si te dispusieras a apuñalar a tu peor enemigo. Tómalo delicadamente con los dedos pulgar, índice y cordial.

–Ninno, lo mismo hay que hacer con el cuchillo. Cuida que el índice no alcance el filo del cuchillo ni tampoco que se aproxime demasiado a los dientes del tenedor.

–Ninnette, siempre mantén el cuerpo en posición vertical cuando esté sentada. También es importante que procures que sea el tenedor el que vaya a tu boca y no al contrario. No quiero que parezcas una mascota que espera ansiosa la comida de su amo.

–Ninno y Ninnette: ¡Fuera codos de la mesa, no están entrenando para artes marciales mixtas! También es imprescindible que sus manos, no solo la izquierda, no solo la derecha, sino ambas, estén visibles todo el tiempo.

–Mamá –dice Ninnette—pero si estamos en casa, aquí nadie ve cómo comemos.

–Te veo yo –responde Canéfora—y eso es suficiente.

Ninno intenta respingar, pero su mamá lo mira fijamente y le espeta:

–Porque si no ponen en práctica todos los días la urbanidad tampoco lo harán cuando estén fuera de su hogar.

–Mamá –expresa Ninnette—de veras que eres intensa. Pero por qué no corriges a las estudiantes que recibimos de intercambio, algunas de las cuales sí que comen como auténticas cavernícolas.

–Porque no son mis hijos y ustedes sí lo son.

–¡Ah, verdad! ¿Y a mi papá?

–Él es un caso perdido, pero ustedes aún son pequeños y deben de aprender. Si desean servirse algo que no esté a su alcance, cuidadito con extender el brazo delante de los comensales que tengan a sus costados; no quiero que dejen la impresión de que son boxeadores, luchadores o algo por el estilo; soliciten con cortesía que les pasen la fuente en la que estén las viandas que apetezcan. Y no olviden dar las gracias después de recibirla. ¿Ninno, qué estás haciendo?

–Estoy tratando de tomar el resto del caldo.

–Sí, está bien que no desperdicies la comida, pero no está permitido, en ningún caso, ladear la taza.

–¿Y tú, Ninnette?

–¿Yo, qué?

–No puedes usar el pan para hacer chuc en tu plato.

–Es que está rica la salsa, además recuerdo que así lo hacía la abuela.

–Sí, pero ella era de otra época, de otro siglo. Otra cosa, hay que masticar lentamente los bocados hasta formar el bolo alimenticio.

–¿Como cuántas veces, mamá?, pregunta Ninno.

–Unas cuarenta veces en promedio.

–¡Se va a cansar mi mandíbula y me van a dejar atrás los demás!

–Pues ni modo.

–¿Qué hago cuando me sirvan una sopa súper caliente?, pregunta Ninnette.

–Esperar a que se enfríe hasta que sea tolerable mantenerla en la boca, a fin de no hacer muecas de que te estás quemando o abrirla grande para tratar de expulsar el calor. Sería imperdonable devolver el bocado al plato. Es pecado mortal soplar sobre la cuchara para enfriar los alimentos. Néver dúit. Y también hacer ruidos extraños mientras se come.

–El otro día, durante el cumpleaños de Timothy, uno de mis amigos se llevó el cuchillo a la boca, en vez de usar el tenedor.

–Seguramente vio muchas películas de Piratas del Caribe, pero tú, Ninno, jamás te atrevas a semejante ultraje.

–Pues una de mis amigas se mete los dedos en la boca para limpiarse los …

–¡Ni me lo menciones, por favor, que me va a dar un vaho! Se da por sentado que hay que evitar a toda costa que el tenedor o la cuchara choquen con los dientes; no deseo, en absoluto, que hagan un ruido semejante a los caballos de calesa que llevan un freno en el hocico.

Finalmente, solo llévense a la boca porciones pequeñas de comida, para que no se vean como payasos de circo mientras tratan de deglutirlas […]

Honestamente, a estas alturas del partido, no sé si felicitar o compadecer a mis sobrinos, pero yo no me trago el cuento de la estancia de Canéfora con los Vanderbilt. Lo más seguro es que se haya echado todas las temporadas de The Crown y Becoming Elizabeth o de plano se aprendió de memoria el Manual de Carreño. ¡Qué bárbara!

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