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La diosa alada: Enriqueta Basilio

Como una paloma blanca voló la joven de 20 años por la pista del estadio Olímpico México-68, no había sido planeado por los organizadores, simplemente no le proporcionaron ningún uniforme para ese día y ella eligió lo que le pareció mas cómodo y adecuado, una playera y shorts blancos de entrenamiento que usó en los juegos Panamericanos de Winnipeg, Canadá en 1967 y sus viejos tenis, también blancos, de sus días de estudiante. “Nadie me dijo que tenía que saludar a los puntos cardinales, hasta se les olvidó mi uniforme, no me dieron uno para ese día”, declaró Enriqueta Basilio.

La expectación y atención del mundo sobre México se sentía esa mañana en el estadio Universitario de la UNAM dónde se inauguró la oficialmente conocida  XIX Olimpiada. Un silencio sepulcral acompañó a la primera mujer en la historia en encender el pebetero, ella recordaría después que se sentía nerviosa ya que temía tropezar y caer ante los numerosos atletas que obstruían su entrada al estadio. De pronto, observó como un grupo de jóvenes scouts hicieron una valla para proteger su paso, lo que trajo tranquilidad y seguridad a “Queta”, como le decían, para cumplir su encomienda ante la presencia de 100,000 espectadores.

El 12 de octubre de 1968, el país todavía se encontraba triste y confundido por la matanza y encarcelamiento de estudiantes, diez días antes en la Plaza de las tres Culturas en Tlatelolco ¿podría México, primer país en América latina en comprometerse, salir airoso de la enorme responsabilidad de realizar unas Olimpiadas? Era la pregunta que todo el mundo se hacía.

La joven atleta mexicana Norma Enriqueta Basilio Sotelo, colmó de tranquilidad a los organizadores con su gracia, seguridad y aplomo al dar una vuelta al estadio, subir 92 escalones sin titubear, encender los quemadores de gas y prender el enorme pebetero de metal cuyas llamas alcanzaron varios metros mientras se liberaban cientos de palomas (símbolo de las olimpiadas mexicanas), que llenaron el cielo, señales que indicaban que los juegos se inauguraban.

Ningún país sede se había atrevido a encargarle a una mujer el encendido del fuego olímpico y la participación de ellas en los diversos deportes era todavía escasa, en mucha menor proporción al de los hombres. En las Olimpiadas mexicanas participaron en total 5516 atletas, de los cuales 4735 eran hombres y únicamente 781 mujeres. Enriqueta puso los ojos del mundo en las mujeres atletas, las visibilizó y agregó más valor a su actuación al declarar al New York Times que creía que “tal vez fue seleccionada porque en México los hombres y las mujeres tenían los mismos derechos y que su país esperaba mostrar su igualdad ante el mundo”. Tal declaración no era la realidad de las mujeres mexicanas, pero movió las conciencias y estimuló su participación en un plano de igualdad.

Arthur Daley columnista deportivo del Times escribió: “Cualquiera con un oído agudo y sensible habría escuchado el sonido espectral. Podría haberse tratado de los antiguos griegos revolcándose enfurecidos en sus mausoleos ruinosos. Nunca le permitieron a una mujer acercarse a los juegos Olímpicos y tenían un castigo sumario para las intrusas que fuesen descubiertas: de inmediato eran arrojadas por un precipicio hacia las rocas. He aquí a una mujer en un papel central un par de milenios más tarde. Y lo hizo bien”.

Lo hizo muy bien “Queta”, quien ya era una atleta reconocida en México, ya que desde niña comenzó a participar en diversas competencias en las pistas de carreras; con una altura de 1.76 m y peso de 59 kg era la campeona nacional de la carrera con vallas de 80 metros. No fue un camino fácil su familia no favorecía su participación en un deporte considerado “poco femenino”, pero su tesón hizo que su entrenador polaco convenciera a sus padres de dejarla partir de su natal Mexicali, Baja California, e ir a entrenarse a la ciudad de México.

Al retirarse de las pistas, la atleta mexicana se desempeñó como miembro permanente del Comité Olímpico Mexicano, organizó y participó en un evento anual conocido como Recorrido del Fuego Simbólico por la Paz y el Deporte en la Ciudad de México y tuvo una breve participación en la política lo que le permitió ser diputada federal por un año entre 2002 y 2003. En el año de 2008 le otorgaron la medalla Olímpica Guatemalteca “en reconocimiento a su trayectoria como deportista y líder”.

En el plano personal, Enriqueta tuvo que hacerse cargo sola muy pronto de la educación de sus tres hijos, debido al fallecimiento de su esposo el basquetbolista Mario Álvarez apodado “Yaqui”, quien tuvo un accidente aéreo en Oaxaca. Una de sus últimas luchas fue en el año 2015 en defensa de los defraudados por Ficrea, dónde ella y numerosos ahorradores de la tercera edad depositaron sus ahorros. Viajó a la ciudad de México y acompañó a las víctimas, y ante la pregunta de un reportero ¿Ahora portará una antorcha de justicia?, respondió: – Lo haré orgullosa, porque si no, me voy a poner a trabajar o hacer pasteles…no quiero ser una carga para mis hijos. La salud de la ex atleta ya estaba afectada por el Parkinson que padeció varios años, falleciendo a los 71años de neumonía, el 26 de octubre de 2019.

Los juegos Olímpicos del 68 tuvieron muchos eventos inolvidables, tales como: ser las primeras olimpiadas celebradas en América Latina y con el mayor número de países participantes, los movimientos estudiantiles y su cruel represión que llenó de horror y miedo a los mexicanos días antes de la inauguración y que pusieron en duda su realización, la protesta de los atletas de color Tommie Smith y John Carlos, quienes al subir  al podio a recibir sus medallas y cuando se cantaba el himno de su país, alzaron los brazos con los puños cerrados envueltos con guantes negros, símbolo de su pertenencia al “poder negro” grupo que luchaba por la igualdad y en contra del racismo en Estados Unidos, o la boda realizada en la catedral de México de la gimnasta checoslovaca Vera  Caslavska, a quien se le consideró como la “novia de México” después de que incluyó en su rutina un popurrí con música del Jarabe Tapatío y de Allá en el Rancho Grande, con su novio el fondista Josef Odlozil, entre otras anécdotas. .

Sin embargo, uno de los recuerdos que marcaron a todos fue la actuación de la mexicana Enriqueta Basilio, convirtiéndola en lo que se calificó como un “símbolo de época”, que despejó el camino de las mujeres en el deporte. Actualmente es común ver en las diversas gestas deportivas a damas como abanderadas, medallistas, antorchistas etc., ya que como Basilio declaró:

“No sólo prendí el fuego, encendí el corazón de las mujeres, la lucha por la justicia, por la equidad; la lucha por la igualdad”

Laura Elena Rosado Rosado | Mexicanas por Descubrir

Originaria de Mérida, Yucatán es egresada de la Licenciatura en contaduría pública por la UADY y Máster en Grandes Religiones por la Universidad Anáhuac. Entre los cursos y diplomados que ha cursado se encuentran el Diplomado en cultura religiosa, historia, arte y religión en el área maya impartido por el CIESAS y la UNAM y el Diplomado en historia del arte universal por la Universidad Modelo. Es además, estudiosa sobre la historia de Yucatán con diversos cursos en el Centro Cultural Prohispen y el Colegio Peninsular Rogers Hall. Entre sus publicaciones se encuentra los libros “Llévanos en tu zabucán” y “En cuatro tonos de Rosado”. Ha participado también en publicaciones como el libro “Mujeres en tierras mayas” coordinado por Georgina Rosado y Celia Rosado Avilés y es frecuente colaboradora en diversos medios de comunicación impresos.

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