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En olor a santidad

–Escribonio, ¿qué te pareció la primera sesión de comentarios sobre el libro Odorama. Historia cultural del olor, de Federico Kukso, en casa de nuestro buen amigo Siculus?

–Fue una experiencia fragante, querido Tuuskeep.

–¿Por qué fragante?

–No te hagas, ¿no te fijaste que todos se echaron sus mejores perfumes para ocultar sus verdaderos olores? Hasta tú lo hiciste.

–Bueno, yo me puse mi Brut, porque se me acabó mi agua de colonia Sanborns, pero no es que sea tampoco la loción más cara del planeta.

–Yo, en cambio, me puse bicarbonato en el xic, porque como que ya me andaba oliendo un poco raro.

–¿Bicarbonato, Escribonio? ¿De dónde sacaste esa idea?

–No fue idea mía, sino de mi doña. Ella me dijo: ninio, por qué te rompes la cabeza, disuelve un poco de bicarbonato de sodio en agua y lávate los sobacos con esa solución y asunto arreglado. Y yo le dije: ¿hija, se puede saber dónde aprendiste eso? ¿estás leyendo algún tratado del alquimista Paracelso? Y Filopátor, con la agilidad mental que la caracteriza, me respondió: desde hace años que las mujeres sabemos que cuando, por ejemplo, algo huele mal en el refrigerador, con un montoncito de bicarbonato se capturan esos malos olores y listo. Yo le repliqué: entonces mejor me entalco. Y ella me dijo: hazle como quieras, pero no puedes ir a esa junta oliendo a chivo. ¡Qué crees que va a pensar o decir la gente, Escribonio!

–¿Y funcionó? Pregunto, porque…

–¿No quieres oler mi xic?

–¡No, muchas gracias, paso!

–Si no sientes nada extraño es porque huelo como a quirófano recién sanitizado, es decir, neutro, pero te aseguro que es mejor que lo otro. Volviendo al asunto, ¿qué es lo que más te ha llamado la atención del libro que comentamos, Tuuskeep?

–Honestamente, lo primero fue descubrir que una frase que he leído o escuchado muchas veces no es una simple invención retórica, sino que tiene un origen histórico.

–Así como lo dices me suena como a bomba yucateca, pero cuál es esa frase.

–¿No has leído o escuchado alguna vez “… y murió en olor de santidad”?

–Creo que sí, pero…

–Yo siempre tomaba esa expresión en tono alegórico, como que el difunto o la difunta en cuestión había sido una persona que había encarnado en grado superlativo las virtudes teologales, pero resulta que esas palabras han atravesado las centurias porque, en efecto, en una época ya lejana los cristianos sí creían que los seres humanos casi perfectos despedían un dulce aroma al momento de fallecer.

–¿Cómo dijo nuestro cuate Epidauro, que es ducho en etimologías greco-latinas, que se llama ese fenómeno?

–Osmogénesis.

–Ándale.

–Yo sabía que existían alucinaciones acústicas, como las que padeció en su niñez Dostoievski, pero no olfativas. Ni duda cabe que la fantasía humana es inagotable.

–Pero lo contrario también es cierto, ¿no?

–¿Lo contrario de qué?

–Que es posible identificar a los malosos por su mal olor, ya que están poseídos o son esclavos del amo de la seducción y la mentira. Tú sabes a quién me refiero, pero no quiero ni invocarlo.

–¡Por favor, Escribonio, no metas la política de la 4T en esta culta plática!

–¡Jajaja! No, me refería a que hubo una época en la que los cristianos también creían que oler mal y mantenerse sucio eran signos de santidad; fue como una reacción a las costumbres de las élites romanas de bañarse y derrochar fortunas en la importación de aromas exóticos de su vasto imperio.

–A mí también me impactó saber que ermitaños y monjes de los siglos IV y V apestaban tanto que se podía detectar su presencia a muchos metros de distancia. Más o menos como te pasaba a ti, antes de que te lavaras las axilas con agua de bicarbonato. ¡Jajaja!

–El caso de Simeón el Viejo (390-459) me parece increíble: vivió casi cuarenta años en lo alto de un pilar; además de hacer ayunos, se flagelaba constantemente las extremidades, las cuales se infectaban y hedían. Uno de sus discípulos, que sin duda era honesto, aseguraba que cuando su maestro Simeón descendía de su plataforma la gente huía de su presencia, aun cuando alababan su santidad. Sin embargo, cuando murió ocurrió un milagro: sus restos comenzaron a despedir un atractivo aroma.

–Otro punto interesante surgió cuando el grupo discutió cómo los olores, a lo largo de la historia, han servido para marcar distancias o discriminar entre grupos de distinta condición social u origen. De eso no tengo duda, porque en mis mocedades tuve una enamorada afrodescendiente que mis cuates siempre me decían que olía fuerte, diferente. Supongo que ella pensaba lo mismo de ellos, aunque nunca lo externó porque era más educada y prudente. Lo cierto es que los humanos pronto nos habituamos a los olores que nos rodean, dejamos de percibirlos o no les prestamos tanta atención como en un primer momento. Por otra parte, ¿vas a poder ir a la próxima sesión en el cantón de Siculus?

–Desde luego, no me la puedo perder, porque dijo que, después de la plática, en vez del sabroso chocolomo, que disfrutamos esta vez, nos va a obsequiar con un no menos suculento pozole estilo guerrerense, aunque la última vez que lo comí te confieso que me provocó un corre que te alcanza por su abundante combinación de chiles. Pero aún así, estoy dispuesto a sacrificarme. ¿Y tú, vas a ir?

–Claro, acuérdate que Siculus, además del pozole, nos prometió una sorpresiva experiencia sensorial.

–Espero que no se le ocurra darnos a oler huevos podridos, como alguien insinuó durante la junta, porque te juro que me voy a vomitar en su alfombra persa, la cual, por cierto, ni él ni su señora se han ocupado de limpiar porque apesta a uix de gato o de perro. ¡A quiénes se les ocurre poner alfombras en sus casas en este clima tórrido!

–¡Pues a ellos!

–Hay que decirles que coloquen en la sala bolitas de naftalina, son baratas.

–¡Va a oler como los estantes de nuestras abuelas!

–Lo prefiero, Tuuskeep, lo prefiero. O de perdido que quemen estoraque.

–¡Va a oler a iglesia!

–¡Maaare, nada te parece, Tuuskeep! Por eso los que te aprecian dicen que tu verdadero apellido no es Kasperchack sino Contreras. Nos vemos entonces.

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