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El misterio de Cleo, la Mujer Serpiente

Al niño lo vistieron con sus mejores galas, ropa de domingo. La situación lo ameritaba. El pueblo entero se encontraba agitación. En esos pueblos no sucede nada hasta que sucede. Y ese día sucedió. Entre la monotonía del lugar en el cual no había absolutamente nada que hacer más que sentarse por las tardes a ver pasar el tiempo. Repito, ahí no pasaba nada. No existían robos ni asesinatos. No te mataban, pero simplemente no te dejaban vivir según el loco filósofo del lugar decía que eso era peor, un poco de algarabía entre tanta tristeza y pobreza: había llegado el circo, lo que suponía una revolución. Se amontonaban en el sitio mirando con gran asombro como poco a poco en aquel desolado espacio se iba levantando como una obra de Dios LA ENORME carpa de lona en que sería el objeto de aquella especie de éxtasis que sentían los habitantes. Mestizas y catrinas. Campesinos y personas visibles con la boca abierta saboreaban ya aquel misterioso foro en el que por la noche entrarían a mirar el mundo de la fantasía.

Nuestro niño con su blanca ropita, los zapatos apretándole hasta sacarle ampollas, esperaba ansioso en su casa el momento de acudir al mágico evento. A una orden del papá se dirigieron al espectáculo más grande del mundo. La música a todo volumen invadía y aturdía. Anunciadores por todos lados pregonando e invitando a la gente a mirar a los animales, los fenómenos, las gracias de los payasos, las bellas equilibristas, el intrépido domador y los valientes cirqueros que en las alturas arriesgaban la vida con increíbles maromas.

Al niño, acostumbrado a sombras y la obscuridad en que transcurría su vida y la de los demás, tanta luz, tanta música, tanto movimiento hizo que su mente volara por entre las estrellas del espacio sideral. Alucinado.

Entro al recinto y valió plenamente la pena. Todos los artistas circenses superaron sus más altas expectativas. Ante un lleno en la gradas asombrados y azorados aplaudían efusivamente a las hermosas amazonas, gigantescos elefantes con otras bellas encima la valentía del domador, la osadía de los trapecistas y las gracias de los payasos, todo esto con el fondo de una música ad hoc. Al término de la función se podían visitar diversos stands.

Separado ya de su padre se decidió por mirar el espectáculo de la mujer serpiente. Horrorizando y muerto de miedo escuchaba como el bello rostro de mujer de la serpiente respondía a las preguntas de un locutor: “Cleo ¿Por qué te convertiste en serpiente?”. Y ella respondía con quejumbrosa voz que porque se había portado mal con sus papás. El chico temblaba como una hoja por supuesto se pasó toda la noche despierto pensando en aquella monstruosidad.

Al día siguiente como todos los domingos fue a comer cochinita al mercado y cuál sería su sorpresa al mirar con asombro a la mujer serpiente enfundada en unos ajustados jeans que resaltaban unas hermosas piernas. Era la mismísima Cleo.

La tenebrosa y mujer serpiente era una joven normal con sus dos piernas. Cayendo en la cuenta el niño de que era un disfraz solamente, un espectáculo más del circo.

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