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‘Stranger Things’, temporada 4, vol. 1: una pesadilla angustiosa que ha perdido la inocencia

‘Stranger Things’, la exitosa serie de terror de los Hermanos Duffer para Netflix, regresa en su cuarta temporada más tremenda que nunca.

Si alguien duda de la importancia de Netflix como plataforma de contenidos audiovisuales, además de que la revolución del consumo en streaming le pertenece, tal vez debería revisar sus números de audiencia, las nominaciones y premios que ha logrado y las series propias que se han convertido en un fenómeno cultural. Como la fascinante Dark (2017-2020) o Stranger Things, creada por los Hermanos Duffer (desde 2016), que en unos días estrena su cuarta tanda de episodios.

Lo primero que podemos constatar sobre las nuevas peripecias de la Eleven de Millie Bobby Brown y compañía en la localidad ficticia de Hawkins y fuera de allí es que Natalia Dyer, la cual interpreta a Nancy Wheeler, no mentía al decirnos en Madrid que lo que viene es “la temporada más oscura y aterradora”. De hecho, los primeros compases de “The Hellfire Club” (4×01) derivan de una composición minuciosa e inquietante a una apuesta indiscutible por el horror en Stranger Things. Sin medias tintas.

Un horror que estalla en distintas ocasiones, con un aroma obvio a la película Pesadilla en Elm Street (1984) o la novela It (1986); y que sirve para que los capítulos acaben en clímax. Así, y gracias a los inicios tan atrayentes de cada uno de ellos, no hay duda de que los Hermanos Duffer se proponen incentivar que no nos movamos de nuestros asientos hasta que los siete que componen el primer volumen de la temporada hayan terminado. Y, oh, lo consiguen a base de bien.

La lucidez de los responsables de ‘Stranger Things’

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El espeluznante misterio de Stranger Things se va desentrañando poco a poco con la investigación de nuestros jóvenes protagonistas; en una dinámica puramente ochentera, aderezada con el aprovechamiento de las polémicas prejuiciosas típicas de aquella época y otros problemas sociales que incluso a día de hoy no se han abordado con determinación, digan lo que digan, para añadir sustancia y una mayor profundidad al argumento. Y no podemos olvidarnos de las gratificantes secuencias de acción.

La inventiva de un cineasta se comprueba, en especial, en sus planificaciones visuales. Y la de Stranger Things continúa dejando claro que, al margen de los medios ingentes con los que cuenta Netflix, aquí se los brindan las seseras talentosas de los Hermanos Duffer, acompañados de nuevo por Shawn Levy, director de Ahí os quedáis (2014) o Free Guy (2021), y Nimród Antal, que se ha encargado, por ejemplo, de Predators (2010) y varios episodios de Servant (desde 2019).

Aparte de algunos enérgicos planos secuencia, nos ofrecen otros llamativos en rotación o aéreos de forma esporádica, transiciones con elementos asociados y montajes alternos con bastante elocuencia y en un paralelismo elaborado y emocionante. Y la banda sonora cooperativa de los aún poco prodigados Kyle Dixon y Michael Stein aprovecha con buen juicio ciertos ingredientes de la trama para su partitura, fundamental para sostener la atmósfera alarmante de Stranger Things.

El corazón en un puño

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Por supuesto, es agradable reencontrarse con la Eleven de Millie Bobby Brown, el Jim Hopper de David Harbour y otros personajes habituales de Stranger Things. Pero merece la pena comentar el gusto que nos produce la mala baba de la Erica Sinclair de Priah Ferguson; y, sobre todo, la incorporación del carismático Eddie Munson, encarnado por Joseph Quinn, al que hemos visto antes como Koner en Juego de tronos (2011-2019) o el Grunauer de Overlord (2018).

La demostración de que los Hermanos Duffer y los actores han hecho un buen trabajo es lo mucho que nos afectan los demonios que conjuran con ciertos villanos flamantes a lo Carrie (1974), tan reconocibles por montones de personas que los han sufrido igual, transmitiéndonos una rabia para la que de veras deseamos una satisfacción con el exorcismo de que reciban lo que merecen. Porque la narrativa cinematográfica también usa los bajos sentimientos en sus experiencias.

Por otro lado, en esta cuarta temporada de Stranger Things nos topamos con ecos evidentes de El silencio de los corderos (1991) y sus imágenes; y giros inesperados que, de todos modos, convierten lo que podría haber sido algo simple y facilón en un desarrollo mucho más interesante, y otros diferentes que complican la situación, ya de por sí perturbadora, acentúan el drama y propician luego secuencias tremendas de pura angustia que nos ponen las gónadas de corbata.

Para no despegar los ojos de la pantalla

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El humor vuela bajo y en trayectos cortos; sin que haya incoherencia alguna con la personalidad de personajes tan particulares como el queridísimo Justin Henderson de Gaten Matarazzo, la Robin Buckley de Maya Hawke o el Murray Bauman de Brett Gelman, que nos lo suelen dar a manos llenas, y ciertas interacciones del Steve Harrington de Joe Keery. Pero no añoramos que no escatimen en él pues la intriga ideada por los Hermanos Duffer resulta absorbente.

Máxime gracias a que optan por diversificar los focos del relato de Stranger Things, y desperdigan al ya nutrido grupo de la Eleven de Millie Bobby Brown, proponiéndonos tesituras múltiples. Y, con esta decisión, lo dotan de más posibilidades para el suspense, los peligros de la aventura sobrenatural o la muy humana, el asombro ante lo desconocido, sus sorpresas, espantos y atrocidades. Y con estos espectaculares alicientes, no podemos ni intuir lo que nos tendrán preparado en julio para la traca final.

Con información de Hipertextual

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