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Mi diario y yo (14) / La otra Sedeculta

Querido diario:

Como sabes, soy un tanto reacio a las redes sociales, pues no me interesa en lo absoluto saber qué hace y piensa medio mundo y tampoco que mis contactos se enteren de mis actividades públicas y privadas.

Pues bien, hace unos días, recibí una invitación de Sedeculta vía WhatsApp. Lo primero que pensé es que era una iniciativa del ectoplasma público que todos conocemos, pero luego me quedó claro que estaba en un error: era de la Secretaría de Cultura Alternativa, que no figura entre mis contactos identificados.

Se me convidaba a participar en un Taller de Escritura Participativa, adjetivo este último que me puso en alerta, porque apenas unas horas antes el gobierno había presentado su iniciativa de reforma electoral.

Al principio no le presté la menor atención, pero como en los días subsecuentes seguía llegando a mi chat, todo enfadado me dije: con tal de que me dejen de fastidiar voy a comunicarme al número que aparece en el flyer. Hice la video-llamada y, para mi asombro, me contestó una mujer atractiva y con una voz parecida a la de la bolerista Amparo Montes (grave y sensual).

Me preguntó si estaba interesado en el taller y, contra mi profunda convicción inicial, sucumbí ipso facto, sobre todo cuando me aseguró que ella impartiría el mentado curso presencial y que lo único que había que llevar era un lápiz o una pluma, un cuaderno común y corriente o bien una laptop, ropa cómoda y firmar un documento para formalizar mi participación. Me anticipó que en el local habría brownies, aguas frescas y, sobre todo, aire acondicionado.

No, pues, así, encantado, pensé; con mi mejor sonrisa le aseguré que allí estaría sin falta. A las 9 en punto del día acordado me presenté al sitio, donde me encontré a un reducido grupo de personas, entre hombres, mujeres, representantes de la comunidad LGBTI+ y uno que otro extranjero; aunque las edades de los presentes iban de los 20 a los 60 y tantos, lo que me inmediatamente me hizo recordar una balada de José José, hubo buena química entre todos y desde el principio se estableció un ambiente relajado, distendido, aunque sin llegar al piquete de barriga u otras intimidades por el estilo.

Hortensia Manson, que así se llama la coordinadora, parecía sacada de un cromo de Jesús Helguera: trenzas larguísimas entreveradas con una cinta que remataban en unos coquetos lacitos; sobre la oreja derecha, tulipanes rojos (¿De dónde los habrá sacado?); dos enormes aretes, al estilo de Lola Beltrán, enmarcaban su rostro casi perfecto: ojos castaños enormes y acogedores; nariz rectilínea, sin llegar a la insolencia, y boca pizpireta. Vestía una blusa de manta cruda con coloridos motivos, que yo identifiqué rápidamente como de origen poblano, y un rebozo, como el que le vi alguna vez a Chabela Vargas en un programa de televisión.

Luego de las presentaciones de rigor, Hortensia nos dijo que tenía un posgrado en neurosicología pero que en los últimos años había descubierto su verdadera vocación en la escritura. Inmediatamente después nos entregó fotocopias de algunos capítulos de los libros Teoría y técnica del cuento, de Enrique Anderson Imbert (Ariel, 2015) del que yo tenía nociones borrosas, y Después apareció una nave. Recetas para nuevos cuentistas, de Guillermo Samperio (Alfaguara, 2002), cuya existencia ignoraba completamente.

Luego de degustar los brownies, que sabían a cocoa y a otra sustancia que hacía cosquillas en la garganta y que en ese momento no pude identificar, nos pidió formar equipos para leer y analizar el capítulo 17 de Anderson (El tiempo y los procesos mentales) y el apartado Otros ejercicios de Samperio.

Para no hacerles largo el cuento, únicamente les comentaré que los tres días del taller, en los que se habló acaloradamente del cerebro y sus jugarretas, lo racional e irracional, lo emotivo y lo inteligente, el olvido, la memoria, sensaciones, emociones, imágenes, recuerdos, deseos, traumas, etc., transcurrieron, al menos para un servidor, como si estuviera en medio de un sueño en extremo placentero del que, como reza la frase común, no quería despertar. Las actividades terminaron como comenzaron: sin aspavientos ni sobresaltos y sin aburridos discursos. Serenos, pero al mismo tiempo con un deseo casi irreprimible de reírnos, quedamos en que le enviaríamos a Hortensia, vía WhatsApp, nuestras creaciones ya más pulidas y sanseacabó.

Ayer, luego de ir a que me cortaran el pelo, mi compañera de travesía me recibió con cara de pocos amigos:

–¡Ya estás grande para hacer el ridículo!, me manifestó con el inconfundible tono que emplea cuando no le entrego a tiempo o completa la quincena.

–¿De qué me hablas, querida?

–¡No te hagas!

Enseguida me extendió su teléfono celular para mostrarme un video de Tik Tok en el que se me ve, junto con los demás asistentes al curso, en una especie de manifestación a lo gringo (de esas en las que hombres y mujeres caminan en círculo con carteles en las manos); por lo que pude percibir, todos los del grupo estuvimos en los accesos principales de varios centros comerciales del norte de la ciudad. Por nuestro lenguaje corporal, parece que todos los que nos manifestábamos la estábamos pasando de lo lindo, aunque deshidratados por el calor.

Aparté mis ojos de la pantalla para mirar de nueva cuenta el rostro de mi compañera y para decirle que honestamente no recordaba haber participado en aquella manifestación; su respuesta lacónica fue otro movimiento de cabeza para que viera de nueva cuenta la pantalla de su móvil y leyera lo que decía la pancarta que yo tenía en las manos y que estaba congelada del video.

“Si nunca alcanzas el éxtasis, visita a tu médico … espiritual”

Esa noche de plano no dormí pensando que al día siguiente aquellos manifestantes, que evidentemente habíamos sido utilizados como conejillas de indias de un experimento conductual, en el que se usó como gancho nuestra curiosidad por las bellas letras, seríamos víctimas de un inmisericorde linchamiento mediático, sobre todo yo que, quién sabe por qué razón, era el único que no llevaba cubre-boca y que, por lo mismo, podía ser plenamente identificado. Sin embargo, para mi sorpresa, nadie nos peló, excepto el club de amigas de mi compañera. Ese mismo día busqué por todo el ciberespacio, incluso por el internet negro o profundo, y ni rastros de la bella Hortensia. Ella sí, un verdadero ectoplasma. (Pensé enviarle una disculpa a Loreto por haber malpensado de la Sedeculta, pero al final olvidé hacerlo).

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