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Los notarios

Enrico Alciati: “La Ley”, bronce, Columna de la Independencia, Paseo de la Reforma, Cd. de México.

¿Qué ha pasado con los notarios públicos que han perdido como gremio su imagen intachable? Hasta hace unos años la confianza de la sociedad en un notario público era plena, considerándolo como una garantía de legalidad y de solvencia moral. Cualquier consulta con ellos nos hacía verlos como pozos de sabiduría.

Sé que la mayoría sigue manteniendo esa imagen, pero tantos hechos recientes de despojos de bienes inmuebles, suplantación de identidades, falsificación de documentos y otros hechos ilícitos validados con su fe pública han erosionado la plena credibilidad de que gozaban.

Qué tiempos aquellos cuando Salvador Alvarado mandó averiguar quién era el notario público más desafecto a la Revolución Mexicana para que certificara la devolución íntegra de los fondos de la Comisión Reguladora del Henequén que el Gral. Toribio de los Santos se había llevado a Campeche, en su precipitada huida ante el levantamiento del usurpador Ortiz Argumedo. Un notario recalcitrantemente antirrevolucionario fue el elegido para dar fe de que el Gral. De los Santos estaba restituyendo hasta el último centavo. La honestidad y la integridad moral de aquel abogado conservador y de aquellos dos generales revolucionarios estaban más allá de sus respectivas ideologías políticas y de cualquier conveniencia económica.

Durante mucho tiempo era tanta la confianza que había entre quienes se dedicaban a los trámites de escrituración, que varios notarios asentaban su firma en cualquier documento que les mostrara algún escribiente que colaborara con ellos, asumiendo siempre que había procedido con total apego a la ley y que el documento autorizado tenía total validez jurídica. Incluso esas firmas se hacían en lugares públicos y concurridos, sin mayor recelo. No era nada raro ver en calles céntricas de Mérida a algún abogado joven o “pasante” -muchos eran eternos en esa categoría- llevando en las manos algún protocolo: “Es el del notario Fulano. Me lo prestó para que yo recabe unas firmas”. Otras veces lo que portaban era el sello. Como suele ocurrir en el ámbito de lo ilegal, las reglas del juego indicaban que en tales préstamos había que jugar limpio por completo. Los notarios confiaban en esos tramitadores y viceversa. Cualquier ruptura con esa norma no escrita haría caer todo el “sistema”. Y eso terminó ocurriendo.

Antes había uno que otro problema por algún notario que pecaba de confianzudo o de distraído y facilitaba sus protocolos sin llevar un control estricto y sin recabar la información debida. Por esos descuidos, las escrituras adolecían de defectos de legalidad o de licitud y daban lugar a demandas o denuncias, pero no había dolo ni mala fe en el notario validador.

Otros eran reacios a hacerlo, por ser muy estrictos en la práctica y no le soltaban su protocolo ni su sello ni siquiera a sus empleados de más confianza. Hace algunos años para concluir con una escritura uno de los firmantes había entregado la fotocopia de un poder notarial, pero no su original. Como el notario y el apoderado eran viejos conocidos y ambos de comprobada honestidad, en otro tiempo con esa fotocopia hubiera sido suficiente para solventar el trámite. Pero a pesar de esa amistad y mutuo reconocimiento, y aun cuando era claro que el poder se había expedido en tiempo y forma, el notario exigió que se le entregara el original bajo pena de no dar fe el día fijado para las firmas. Para bien de todos los participantes en ese acto, luego de una de esas búsquedas carpeta por carpeta y papel por papel, el apoderado pudo entregar el original y se concluyó cabalmente con la escritura.

Los notarios se distinguían por su memoria de elefante. Recuerdo un caso de suplantación de firmas hace algunos decenios. A una modesta señora afectada de cáncer y carente de seguridad social le ofrecieron diez mil pesos a fin de hacerse pasar por otra mujer. La razón que le dieron fue que la propietaria estaba en California cuidando a un familiar sumamente enfermo y no le era posible viajar a Mérida para vender con urgencia un terreno con miras a solventar los gastos de su familiar. Incluso hubo una llamada telefónica de la presunta propietaria en que le agradecía muchísimo a la modesta señora que la estuviera apoyando. Así que ésta creyó que estaba haciendo una buena acción y además recibiría una cantidad de dinero, oro puro para paliar algo su severo problema de salud.

Acompañada del defraudador principal, que se había encargado de los trámites como supuesto comprador del terreno, la señora se presentó en la notaría a fin de estampar su firma. Pero el anciano notario recordó haber hecho alguna escritura a nombre de aquella propietaria y no le parecía que correspondiese a las características de esta señora. Mandó buscar su teléfono, que estaría registrado en algún directorio y la llamaron. La legítima dueña negó que estuviera vendiendo algún terreno y pidió que se avisara a la policía de inmediato.

Lo triste es que la señora humilde fue condenada a diez años de cárcel. Cierto es que al suplantar la identidad de otra persona había cometido un delito, para colmo cobrando por ello, pero lo había hecho bajo engaño, sin mala fe, pensando que estaba haciéndole un bien a otras personas. Creo que su condena no merecía ser tan alta, comparada con las ridículas penas que les asignan a muchísimos peligrosos delincuentes.

En la década de 1920 el poeta Ernesto Albertos Tenorio podía caricaturizar en un soneto a los notarios por su aspecto anticuado y lúgubre, por ser “tétricos, huraños, hoscos, aburridos” y pasarse la vida pasivamente “rumiando las cuentas de sus aranceles”, pero de ninguna manera por deshonestos ni cómplices de actos delictuosos, ni por estar implicados en alguna mafia, ni inmobiliaria ni de ningún tipo.

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

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