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El Teatro De Hace Más De 40 Años En Mérida: Raquel Araujo (1)

Raquel Araujo

Siguiendo con las historias del quienes hace más de 40 años comenzaron sus andanzas en el Teatro de nuestra Ciudad, hoy reproduciremos la entrevista realizada a Raquel Araujo, hace 23 años, y que al tiempo, resulta muy reveladora e importante para la historiografía de nuestro Teatro Yucateco.

-En 77-78 estudiando en el Colegio Peninsular surgió la idea de llevar a escena El Vía Crucis de Fray Anginelo dirigido por Nonoya Iturralde, me acuerdo muy bien porque la Teté empezó a designar quienes iban a actuar y como no me nombró yo alcé la mano para decir: yo quiero estar en la obra. Antes de esta obra ya habíamos hecho otras en la clase de inglés, esto es lo que puedo llamar mis pininos. Aquí es donde empiezo con esto de armar escenas. Después hicimos con varios compañeros una adaptación de Alicia en el país de las maravillas para versión disco.

 A raíz del Vía Crucis fue cuando decidí entrar a la Escuela de Bellas Artes, lo cual fue un shock para la familia porque me tenían como muy cuidadita y consentida en el colegio. Esto me ocasionó una mis primeras crisis existenciales, porque yo había estado en danza clásica desde los cuatro o cinco años con Berta de la Peña y sentía que no iba para ningún lado, así que cuando se abre la posibilidad del teatro con Nonoya, decido intentarlo en la Escuela de Bellas Artes que estaba en la calle 59.

 Ahí tuve una etapa riquísima que fue mi trabajo primero con Eglé Mendiburu y después con Paco Marín.

 Nuestro último trabajo con él fue Lo que yo tengo de más, viene un lapso en el que tengo que decidir que voy a hacer, quiero entrar a CEDART, la familia no lo permite, ni mencionarlo yo debía terminar en el Colegio Peninsular y entrar a una carrera “honorable”.

 Juan Ramón me invita a trabajar con él para una obra en CEDART. Es la primera vez que yo puedo decir que comienzo a ensayar en forma, porque en las puestas en escena con Paco, me veo a la distancia como una niña mimada que decía: ¿ay cómo voy a hacer eso?, lo terminaba haciendo, pero era todavía como este juego de voy a hacer el teatrito, seguramente con una gran dosis de rebeldía hacia la familia, hacia el colegio, hacia todas estas cosas culturales a las que uno esta sometido.

 Pero cuando empiezo a ensayar con Juan Ramón, me acuerdo muy bien que ensayábamos en su casa de la 59, eran ensayos muy duros porque además a mi me tocaba hacer El sueño del ángel de Carlos Solórzano, y era una cosa de haber entonces cómo sacaba la emoción, de comenzar a ver por dónde estaban estos resortes que lo mueven a uno.

 Me acuerdo perfecto, tengo la imagen en la memoria de la sala de la casa de Juan Ramón y yo estar casi cerca de la puerta en un momento del trazo de la escena y decirme a mi misma: bueno cómo rayos hago para que aquí vuelva a salir determinada emoción que estábamos trabajando. Como no habían tampoco muchas herramientas, era ver como te azotas para que te salga la lágrima en ese momento y además con una obra que si armó bastante fuerte la puesta Juan Ramón. Además éramos muy jóvenes para el calado de los personajes.

 Siento que en el trasfondo contra lo que estaba atentando Juan Ramón era contra todo lo establecido y a lo que estábamos sojuzgados: estar chavos y no tener todos los canales de expresión que tal vez hubiéramos deseado en ese momento y que de alguna manera los encontramos en esa obra. El ejemplo es la flagelación, que en un momento es muy erótico en la relación con el ángel.

 Cuando la estrenamos en el CEDART fue como shock. Mi mamá estaba verdaderamente obnubilada de cómo había llorado y de si me habían pegado y qué había pasado.

Fernando Muñoz Castillo

Escritor, hacedor de libros objeto, dramaturgo y director de teatro. investigador e historiador de teatro y cine. curador y museógrafo. periodista cultural. ha publicado varios libros.

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