Cultura

PRAMERO DENERO( $$$)

Abordó su carro último modelo el empresario don Juan de la Barra y Zumo, uno de los más connotados y ricos representantes de las fuerzas vivas de Yucatán, y acelerando a todo lo que daba aquel precioso auto que desarrollaba velocidades increíbles, piso el acelerador a fondo. El hombre sudaba copiosamente aferrado al volante, el rostro pálido y con expresión desesperada recorrió la ciudad rumbo a su residencia volándose los altos y rebasando a cuanto vehículo le pasaba a un lado. Parecería se había sacado la lotería, había recibido una enorme herencia o que iba en busca de su destino.

Penetro al exclusivo fraccionamiento en que vivía dejando en la calle su lujoso transporte, bajó a toda velocidad y con las manos temblorosas intentaba abrir la puerta de su casa, fallando numerosas veces, hasta que finalmente acertó y empujándola causando gran escándalo corriendo, y mientras hacía eso se iba desabrochando el cinturón hasta que por fin llegara al baño de su casa.

Aquella desaforada carrera no se trató de algo de gran importancia ni económica ni emocional, simplemente se estaba zurrando. Mientras más se acercaba al escusado, ese órgano en que termina el proceso digestivo, oséase, el pirix, estaba a punto de aflojar y dejar salir antes de tiempo aquello que estuvo aguantando durante casi media hora entre estertores de angustia, asentó por fin sus egregias nalgas en el escusado dejando salir ya libremente aquello que lo torturaba. Exhaló un suspiro tan fabuloso mientras aquella materia caía al fondo del bacín, en algo que era casi un orgasmo. Sintió que el alma le volvía al cuerpo, estuvo a punto de cantar el himno a la alegría por aquella casi espiritual terminación de su sufrimiento.

Sin embargo, al levantarse subiéndose los pantalones, miró hacia su obra, y… una desgracia, un billete de 100 pesos había caído y se sumergía poco a poco entre el excremento. Pensativo y desesperado situado entre la espada y la pared de recuperarlo o dejar que aquella especie de arenas movedizas se tragara su preciado billete, una brillante idea vino a su mente, y sacando de su cartera un billete de mil pesos lo arrojó, a lo profundo de aquel asco diciendo para sus adentros “para que valga la pena”, entonces metiendo la mano entre la “Tá” que no eran cerotes, sino una especie de plastas como de vaca, embarrándose de mierda recuperó aquellos preciados billetes que formaban parte de su vida, su alma y su religión: el dinero. Todo esto haciendo honor a su origen oriental.

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