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Homilía III Domingo del Tiempo Ordinario «Domingo de la palabra de Dios»

Ciclo C 
Ne 8, 2-4. 5-6. 8-10; 1 Cor 12, 12-30; Lc 1, 1-4; 4, 14-21.

“Bienaventurado el que escucha la Palabra” (Lc 11, 28).

         In láak’e’ex ka t’aane’ex ich maya kin tsikike’ex yéetel ki’imak óolal. Bejla’e’ k’iinbejsik u domingo u T’aanil Yuum Kué. Beyxan ku káajal u «Semana Catequisis», le ó’olale’ k’aatik yo’olaj tu láakal catequistas ku meyajo’ob ti’ iglesia tu lu’umil Yucatán.

         Muy queridos hermanos y hermanas, les saludo con el afecto de siempre y les deseo todo bien en el Señor, en este tercer domingo del Tiempo Ordinario. Un saludo afectuoso en particular para todos los hermanos de otras iglesias, al encontrarnos en la Semana del Ecumenismo. También un saludo cariñoso a todos los catequistas al iniciar la Semana de la Catequesis.

         Hoy celebramos por tercera ocasión el domingo de la Palabra de Dios. Al mismo tiempo, está transcurriendo la Semana de Oración por la Unidad de los Cristianos, que va del 18 al 25 de este mes de enero. Si no podemos coincidir en la participación en los sacramentos con algunas iglesias, con todas podemos compartir el tesoro de la Palabra de Dios. Además, en la Palabra podemos encontrar la razón y el llamado de Dios nuestro Padre para animarnos a continuar con la búsqueda de la unidad.

         El Papa Francisco nos dice que, “no se trata de una mera coincidencia temporal: celebrar el Domingo de la Palabra de Dios”, sino que “expresa un valor ecuménico, porque la Sagrada Escritura indica a los que se ponen en actitud de escucha el camino a seguir para llegar a una auténtica y sólida unidad” (S.S. Francisco, Motu Proprio, Aperuit illis, n. 3). El lema que el Santo Padre nos propone para este domingo es: “Bienaventurado el que escucha la Palabra de Dios” (Lc 11, 28).

         Ojalá que no haya biblias de adorno en los hogares, sino que en el seno de cada familia se lea la Palabra, se medite, haciendo un esfuerzo cada uno por llevarla a la práctica. Durante mucho tiempo, la mayoría de los católicos no tenían un contacto directo con la Palabra de Dios, pero en el Concilio Vaticano II, que se celebró de 1962 a 1965, los Obispos y el Papa dieron la orientación para volver a poner la Sagrada Escritura en las manos de todos, y desde entonces se ha promovido su estudio a todos los niveles del Pueblo de Dios,

         Como hoy escucharemos en el santo Evangelio, la Palabra de Dios no es letra muerta, sino Palabra ‘viva’, que hoy se cumple. No se trata de un libro más que se lee por pura erudición o curiosidad; ni se trata de un libro con historias del pasado. Todo lo escrito en la Biblia tiene un mensaje para el aquí y ahora, como no lo tiene ningún otro libro.

Si alguien quiere iniciar la lectura de la Biblia, le recomiendo que no comience por el libro del Génesis, sino por el evangelio de san Lucas (del que hoy escuchamos un pasaje), para luego continuar con el libro de los Hechos de los Apóstoles, que también escribió con orden y respaldó con su investigación el mismo Lucas; de este modo se tendrá un excelente primer encuentro con la vida de Jesús y con el inicio de la historia de la Iglesia. Luego se puede ir alternando algún libro del Antiguo Testamento con algún otro del Nuevo Testamento.

Después de la introducción, el pasaje de hoy brinca al momento en el que Jesús, quien ya ha iniciado su vida pública, regresa a su pueblo de Nazaret, entrando el sábado en la sinagoga donde le invitan a leer la Sagrada Escritura y comentarla. El texto que lee es del profeta Isaías y en su comentario sobre el pasaje leído, él indica que: “se ha cumplido hoy”. Dice el texto: “El Espíritu del Señor está sobre mí, porque me ha ungido” (Lc 4, 18); y en efecto, Jesús fue ungido por el Espíritu en el río Jordán, luego que fue bautizado por Juan y se escuchó la voz del Padre señalándolo como su Hijo amado. Desde entonces Jesús es el Cristo, es decir, el Ungido.

Todo ungido tiene una misión, y la de Jesucristo la describe el profeta Isaías diciendo: “Me ha enviado a proclamar la buena nueva a los pobres” (Is 61, 1). Esa sigue siendo la misión de Cristo y de todos sus ungidos por el Bautismo. Sólo quienes no buscan a su dios en las cosas materiales, están abiertos como pobres de espíritu, a la Buena Nueva del Evangelio, pues esta noticia no es apta para quien pone todo su interés y su más alto valor en las cosas materiales y en el dinero.

Como ungidos en Cristo, a quienes no les corresponda predicar como sacerdotes, diáconos o religiosos, si deberán hacerlo como laicos en algún apostolado permanente o eventual para llevar el Evangelio a los pobres, así como también nos tocará compartir con otros ungidos el mismo valor del desprendimiento de las cosas materiales, junto con nuestro interés por auxiliar a los más pobres.

La misión de Jesucristo es también “anunciar la liberación a los cautivos”. He podido encontrar en distintos reclusorios algunos presos que, por creer en Cristo, experimentan la libertad interior y esperan con paciencia el regreso a su hogar, pero también he visto a muchos que están fuera de estos lugares y viven cautivos de algún vicio que no pueden superar.

Hoy en día muchos y muchas viven cautivos del uso de las redes sociales, como si fueran esclavos adictos que no pueden vivir sin estar conectados, y a la vez viven desconectados de la realidad inmediata que los circunda. En el peor de los casos, viven sometidos a frecuentar la pornografía o simplemente a ocuparse en asuntos intrascendentes que son pura pérdida de tiempo; otros más viven cautivos de las casas de juego. En Cristo todos podemos encontrar la liberación de cualquier cautiverio, y con su gracia como ungidos, podemos apoyar a otros para que encuentren su liberación.

Jesús trae también la tarea de “devolver la vista a los ciegos”, pero la verdad es que “no hay peor ciego que el que no quiere ver”. Esforcémonos por colaborar con Jesús para ayudar a los que no son capaces de mirar las maravillas de Dios; comenzando por vernos unos a otros como lo que somos todos: hijos muy amados del Padre. El estrés de la vida diaria nos hace correr todo el día y durante todos los días; estamos además tan obsesionados por nuestro qué hacer, que no nos detenemos a vernos y darnos cuenta de lo que necesitan de mí los que me rodean. Los ungidos hemos de ver y de ayudar a ver.

La cuarta gran misión de Cristo, y de los cristianos, que encontramos en el evangelio de hoy, es “dar libertad a los oprimidos”. Hay tantos “pípilas” que van por la vida cargando la enorme y pesadísima piedra de alguno o de varios rencores, otros cargan la pesada piedra de un dolor llevado sin sentido ni rumbo. Quien se encuentra en verdad con Cristo, es capaz de deshacerse de esa piedra, caminar y hasta volar reconciliado con Dios y con los demás; es capaz de unir su dolor al de Cristo Redentor, para que su sufrimiento tenga sentido. Ayudemos a los “pípilas”, a los oprimidos por el rencor o el dolor, para que se liberen encontrándose con Cristo, alcanzando así su vida en plenitud y gozo.

Y la quinta misión de Cristo y de los cristianos es “proclamar el año de gracia del Señor”, es decir, una nueva era en la que hemos de vivir los ungidos, en un tiempo de misericordia, de paz, de bendiciones y mucho amor para las gentes, de parte de Dios y de nosotros si nos llenamos de su gracia.

         Descubrir a Cristo en sus cinco misiones y dejarnos convertir en beneficiarios de ellas es verdaderamente un tesoro que lo vale todo. En la primera lectura de hoy, tomada del Libro de Nehemías, dice que el pueblo, reunido en Asamblea, escuchó la proclamación del libro de la Ley de Dios. 

         Aquí encontramos otra indicación fundamental: la palabra “iglesia” viene del hebrero “Qahal”, que al español se traduce como “Iglesia”, o como “Asamblea de Dios”. La Palabra de Dios sólo se comprende en toda su riqueza cuando se lee con la Iglesia, ya sea en el templo o en cualquier otro lugar. Aunque estemos solos, debemos leerla como la lee, la cree y la predica la Iglesia, no como a cada uno se le ocurra, como si fuera un libro de entretenimiento. Seamos, pues, bienaventurados escuchando la Palabra de Dios.

         Hoy inicia en nuestra Arquidiócesis la Semana de la Catequesis. Oremos en este día por todos los catequistas de Yucatán, con quienes todos tenemos una inmensa deuda de gratitud. Ojalá que todos nuestros catequistas sean asiduos lectores de la Palabra de Dios, y la hagan siempre presente en su enseñanza a los niños y adolescentes.

         Que tengan una feliz semana. ¡Sea alabado Jesucristo!

+ Gustavo Rodríguez Vega
Arzobispo de Yucatán

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