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Apuntes desmemoriados (6)


Alberto Vázquez( joven)

Corría el verano de 1961 cuando la voz de Alberto Vázquez irrumpió en mis sentidos como el rumor de un mar embravecido. En esos momentos del rock and roll en español, poblado de voces agudas como las de Johnny Laboriel, Manolo Muñoz, o nasales como la de Enrique Guzmán y Oscar Madrigal, descubrir una expresión vocal grave, profunda, varonil, en la presencia de un muchacho apuesto que destilaba masculinidad en cada poro, fue el impacto crucial de mi adolescencia.

   Comenzó entonces una desbordada admiración hacia él, y como consecuencia, la elaboración de un álbum de fotos y recortes periodísticos que progresivamente incluyeron también, autografiados: un popote, un cigarrillo Raleigh, un pañuelo azul, dos o tres cartas (que en realidad las escribía su mamá, pero eso lo supe luego), y tal vez una o dos cosas más que se hayan ido extraviado.

   El álbum era de formato rústico y modesto: confeccionado con las solapas de cartapacios empleados para los trabajos de mecanografía ya vencidos. Lo consideraba un tesoro. Cuando mi mamá me reprendía por algo, amenazaba con quemar el álbum y hacía la finta de ir al lugar donde lo guardaba. Yo corría a rescatarlo y lo dejaba en custodia a mi prima Mimí, cuya casa estaba casi pegada a la nuestra, hasta que se olvidaba el asunto.

   Además de su voz y su guapura incomparables, Alberto Vázquez era un joven típico del Norte de México: franco, sencillo, espontáneo. Fácilmente se podía tener amistad con él, y así se hizo de numerosos amigos en Mérida, durante las temporadas que permanecía cantando en el teatro Fantasio, aproximadamente dos veces al año.

  Sin ser su fan, mi amiga Mela me acompañaba todas las tardes a sus presentaciones. Por mucho que nos esforzábamos para llegar temprano, las cuatro hermanas Roche, muy destacadas en la sociedad meridana, ya estaban ocupando la primera fila. Ellas también lo seguían pero manifestaban su admiración con menos timidez que yo.

  Un día llegaron rumores de que Alberto estaba pretendiendo a una de ellas, a Mari. Fue un certero golpe: ¡Imposible competir contra Mari Roche que era una muchacha llena de belleza y glamour, icono de la última moda! No era del todo incomprensible. Pero en un acto de dignidad, nos pusimos en huelga y esa temporada dejamos de asistir al teatro.

  Después de conservar un luto prudente por el idilio de Mari y Alberto, el álbum siguió creciendo. Mela se solidarizaba conmigo cuando agotaba mi mesada en discos o revistas que pudieran engrosar el acervo. Hubo veces en que por andar comprando Notitas musicales o Cinelandia, nos quedábamos sin el importe para el autobús, y desde los estanquillos bajo el Palacio de Gobierno, nos íbamos a pie hasta el Paseo de Montejo donde ella vivía, y ahí su nana me daba los 25 centavos para el regreso a casa.

   Mela razonaba y concluía que, durante el tiempo en que yo aumentaba las páginas del álbum, ella sumaba en su Diario sus “romances de temporada” (primavera, verano, otoño e invierno). No sabía perder el tiempo en flirteos platónicos y me exhortó a comenzar a fijarme en muchachos concretos.

  No obstante, conformé un segundo álbum durante la etapa en que mi cantante favorito comenzó a filmar películas. Enrique Vidal y yo, materialmente asaltábamos la bodega de la empresa “Películas Mexicanas” y nos hacíamos de carteleras publicitarias y fotografías de colección. Sin embargo, a este segundo cuadernillo le entró termita y desapareció en totalidad.

  El primer álbum ha sobrevivido el paso de los años, pues por razones sentimentales, cada vez que me he cambiado de casa lo he agregado al menaje. Excepto ahora, cuando no tenía idea de que mi estancia en Mérida se prolongaría tanto tiempo. De momento reposa en el cajón de un armario, en Nuevo Laredo.

  Por esas curiosidades del Facebook, supe que la actual esposa de Alberto, una linda joven española, convocaba a sus antiguas admiradoras a que aportaran material para tratar de rehacer la reseña gráfica del artista, desde sus inicios. El propósito es que el hijo de ambos, de doce años, pueda visualizar la trayectoria completa de su padre, quien está próximo a cumplir 82 gloriosos veranos.

  Estoy segura de que tan pronto pueda regresar a Nuevo Laredo, desempolvaré ese tesoro de seis décadas y lo enviaré por mensajería al rancho de los Vázquez, en Coahuila. Estoy segura también, que ellos tres se conmoverán al repasar cada hoja, y sentirán en el roce de su tacto, el entusiasmo amoroso de una niña que creía sucumbir cada vez que escuchaba: “Olvida, que algún día nos quisimos…” y que, a pesar de rayar el disco, no ha podido olvidar.

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