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Yo solo quiero celebrar un día más de vida

Hacia muchísimo tiempo que no despertaba de tan buen talante. Con un buen baño de agua caliente para atemperar aun más ese buen humor y mis planes para aquel día. Hermosa y fresca mañanita me saludo nada más poner los pies en la calle. Sol brillante. Cielo azul. Caprichosas y sonrientes nubes, parecían ser mis cómplices. Me dirigí a la esquina donde tomar el transporte urbano, ya que hace más de 30 años que pertenezco a las filas de los ciudadanos de “a pie”, osea, los más zoqueteados de siempre y mas aun con esta infernal pandemia, que ha puesto a la gente, en un muy mal estado. Absolutamente, y cuando digo absolutamente es absolutamente todos los pasajeros miraban o hacían como que miraban sus respectivos celulares, Tablet o como se llamen algunos de esos artefactos tan caros como un auto último modelo. Como una gracia el espíritu santo mandó, el “cumbiero” (chofer) no escuchaba la horrenda música que se escucha en ese tipo de transportes, y lo mas extraño y raro, pero sumamente agradable es el hecho de que este hombre que nos llevaría al paradero situado a 27 km, seguía al pie de la letra el letrero de la compañía transportista hace que lleve todo el transporte público y que dice [ “señor pasajero exija un trato amable y eficiente “. Y, rara avis este operador sería el ejemplo mandamiento ya que, en este gremio, y en la policía municipal, ¡se agrupa “lo mejorcito! De la urbe en la cuestión de ser educados. Finísimas personas.

Llegue al centro, al parecer los planetas de alinearon ya que se sentían muy buenas vibraciones. En aquel ambiente de extraña felicidad, mi propósito consistió en evitar la más mínima confrontación, disgusto y ni siquiera discutir acerca de la inmortalidad del cangrejo.

En mi paso hacia el café, que es el mas grande de los pocos que quedan en Mérida, no percibía las acostumbradas miradas agresivas que me han acompañado esa pesadilla COVID entre la gente que pasaba a mi lado. Por el contrario, todos me saludaban y me daban los buenos días, y, aun con el cubre bocas se percibía la sonrisa de algunas mujeres, y sus ojos hoy mas admirados que nunca eran bellos, brillantes, pispiretos y coquetos.

Después del tiempo pasado mirando caras, rostros con cara de naranja agria. No daba crédito después de estar mirando esta Mérida tan deprimida, aquel día algo sucedió que tanto la gente como el contexto estuviera tan amable. Cuando hasta el día anterior, parecíamos todo lo contrario. ¡qué alegría ¡jamás en ninguna otra ocasión se concentraron y de forma brillante los principios teóricos que mi familia me inculcó, el sentido de la filosofía humana en lo que por lo general se refleja la naturaleza de las personas y mi agudo sentido de las vibraciones y el aura del prójimo, en pocas palabras el vivir y dejar vivir.

Mente sana en cuerpo sano, en aquel maravilloso día en el que estuve apunto de cantar el “aleluya” de Haendel. Al entrar al café, y mire a lo lejos en la mesa a un buen amigo, pero… se encontraba con el un sujeto al que conozco y me conoce de vista, hace muchísimos años. Yo no se quien es el, pero el si sabe quien soy yo. La opinión acerca de este sujeto era unánime: era una persona nefasta. Estuve a punto de no sentarme en la mesa de mi buen amigo, con el temor de que este sujeto me arruinara aquel maravilloso sentimiento que tenía hasta entonces. Sin embargo, si me senté por la amistad que le tengo a mi amigo, repito que ese sujeto y yo nos hemos visto cientos de veces sin nunca habernos dirigido la palabra. No se de donde viene ni donde va, y teniendo eso en cuenta, es decir, el que no nos conocemos pues pasaría un buen rato. No había terminado de tomar asiento, cuando con ojos brillantes de rencor acumulado, me pregunto este tipo con la cara semejante al de un autobús sin capirote, me espeta la siguiente pregunta con la mas mala leche del mundo: “oye porque llevas el pelo largo” … como por más de 50 años nadie me había hecho una pregunta tan estúpida, de inmediato pagué mi cuenta y me levanté, saliendo de nuevo a aquel festivo ambiente que reinaba en la ciudad por alguna extraña razón. No dejaría que ese sujeto arruinara aquel sentimiento de buena vibración que había y entonces, sonriendo comencé a caminar ya sin pensar en ese amargado sub humano. Silbando y cantando “I just want celebrate another day of living” del grupo Chicago.

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