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La Variante Humana

Los vi por las aceras del desdoro caminar impunes ya sin cubrebocas, y también vi salones fastuosos llenos de personas emocionadas por lo que representa siempre un final, chocando sus copas burbujeantes, sus cuerpos desinhibidos, configurando nuevamente la posibilidad del abrazo y del beso nunca olvidados. Los vi en fiestas apocalípticas subidos en puentes alucinantes, bailando, corriendo y libando como si no hubiera mañana, con las lenguas electrizadas por fuera, con los ojos extasiados en el barullo de la festividad por dentro. Como si ayer, todavía, no hubiéramos permanecido arrinconados, esperando a que pase el temor.

De ese tamaño es nuestra memoria.

Los vi vociferando arengas, para nada distintas, capaces de enternecer al corazón más cruel; y los vi, también, aplaudir enloquecidamente, entregados al olvido, en esa amnesia estacional que solo los fines de año absurdamente pueden conceder. Los vi cerca, otra vez sin cubrebocas, demasiado cerca en las largas filas de los supermercados, muy juntos frente a las playas todo incluido, encimados en los bares del ying y el yang; los vi compartiendo la bacha, el trago de ron, la pipa de la paz enmohecida; cintura a cintura en las céntricas calles de la ciudad, hombro a hombro en las fábricas y hospitales, ojo a ojo en las penumbras de un hotel de paso.

Y mientras la cuenta regresiva de ese año cruel que fue 2021, mientras la pólvora inundaba todos los olores de esta nación tan indolente, mientras el virus con todas sus variantes burbujeaba en las copas de champagne, sidra o aguardiente, tú, con el dolor ahora para siempre metido en las entrañas, nuevamente encendías un cigarro con la intención de olvido.

A la luz del nuevo año, en la paradoja del estar, vi largas filas humanas en los puestos ambulantes de comida, pero también largas, larguísimas e infinitas filas en los consultorios médicos, laboratorios de pruebas, y sinfín de hospitales. Junto al frío de las distorsionadas cabañuelas anidó otra vez el miedo en bruto. Y nos hizo temblar. A deshora y a destiempo, como cada vez.

Que poco humanos seríamos sin tanta contradicción.

¿Qué vacuna podrá inmunizarnos de los cansinos discursos de odio? ¿Qué dosis se precisará para que los gobiernos dejen de proferir mentiras? ¿Qué refuerzo tendrá que aplicarse para garantizar la probidad? ¿En dónde acudir para vacunarse contra el desdén y la indolencia del capitalismo que sigue permeando todo tipo de instituciones, educativas, familiares, religiosas, gubernamentales, privadas, así como las relaciones de individuos y sociedades? ¿Qué esquema de vacunación revertirá el ego que todo lo corrompe y disuelve?

Como si ayer, todavía, no hubiéramos permanecido arrinconados, esperando a que pase el temor.

De ese tamaño es nuestra memoria.

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