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Una gran novela a la que no se puso la palabra ¡fin!

La idea de escribir una colosal historia, aquella gran novela que tenía ya estructurada casi por completo en su mente loca, pudo haberlo convertido en uno de los actos de creación más importantes de su vida si seguía los párrafos que tantas ocasiones se le habían presentado mientras dormía.

Ahí, en ese fantástico mundo onírico preparatorio y esquemático el resultado habría sido una obra maestra tan formidable como “el libro del buen amor”. Aquel texto, si se lo sacaba del cerebro y lo plasmaba en el papel, podría haber estado a la altura del torbellino emocional que le carcomía durante las noches. Esa gran novela, que decía llevar por dentro ya casi era perfecta. Sin embargo, como tantos otros de sus proyectos, al fina ni siquiera la comenzó. Solamente bullía en su espíritu durante las noches de insomnio en su no muy amable hasta ahora, vida.  Su novela-según él su gran novela- transformaría la historia de la literatura tanto yucateca como a nivel nacional.

La trama final, es decir, el clímax, lo constituiría el apocalipsis. En ocasiones las pesadillas, que formarían parte de aquel proyecto miraba y escribía de manera perfecta la última batalla. La confrontación última entre el bien y el mal. Planeaba transmitir tanto la cautivadora pasión de la guerra haciendo que esta pareciera fascinante, así como la atrocidad que la convertía en algo abominable. La idea de una batalla que fuera a la vez magnifica y a la vez terrible, algo tan novedoso y revolucionario que encendería sus más internos fulgores de orgullo. Aquel combate entre las ideas celestiales, la transgresión de ésta, consistiría en una contradictoria mezcal de fascinación y repulso. Las huestes, de ángeles encabezadas por el arcángel Miguel, contra sus enemigos, los ángeles liderados por el bello y preferido de Dios, Luzbel, un radical que intentaba revelarse contra Dios. Debería de escribir en su futura novela toda la crueldad de este choque. La salpicaría de mucha sangre. Cadáveres, lamentos de los heridos.

La narración se haría cada vez más escabrosa, a medida que nuestro personaje se entusiasmaba con el tema. Estertores de agonía, rechinar de dientes. El libro sacaría el lado obscuro del escritor relatando los enloquecidos lamentos de los moribundos. El texto trataba nada menos que del Armagedón, batalla que precedería al juicio final.  Nuestro escritor, tenía ya preparada la terminación de su inmensa novela y solamente le faltaba decidir que sería el triunfador, si el bien o el mal. Hay que recalcar que, en la celestial rebelión de Luzbel, después de que el arcángel Miguel le cortase la cabeza a este último convirtiéndolo en dragón-serpiente, expulsándolo del paraíso, hasta el inframundo, pero no se fue solo, junto con el ángel caído se fueron con él el 33 % de los ángeles de Dios, hoy llamados demonios.

Un día el escritor pensaba y su mente se debatía sobre quién sería el vencedor antes de poner la palabra FIN, se dirigió al baño y se miraba al espejo. Una fuerza sobre natural le llamaba desde el espejo, y el tipo se lanzó al mismo y se encontró navegando en una especie de túnel de consistencia gelatinosa, en el que miro a su lado pasar caballos plateados, la Venus de Milo, las leyes de Kepler, Medusa, música de las esferas, George Harrison, el Che Guevara, hierbas, que bailaban y cantaban. Finalmente llegó a un lugar, que era nada menos, que la negra nada; en aquel lugar se encontraba todo el conocimiento universal, en donde nuestro escritor, deambula hasta eternamente.

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