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Apuntes Desmemoriados (5)

Después de leer mis Apuntes –diligencia que agradezco profundamente- el doctor Roger Aguilar Cachón manifestó curiosidad por saber si en realidad existía el personaje Mela Calles, mi compañera de aventuras adolescentes narradas en esta columna.

   Doy gracias a Dios de que exista y haya tenido presencia en ese periodo irreemplazable de mi vida. Aclaré a don Roger que sí, que su nombre original es Carmen, pero desaprobando la costumbre yucateca de transformar apelativo tan recio en el desvalido Carmita, modificó para llamarse Carmela, y más adelante surgió la abreviatura Mela, permitida a unas cuantas amigas.

  He de referir que hasta hoy no conozco persona más genuina que ella. Coherentes sus acciones con sus pensamientos, he considerado valiosas sus reacciones inesperadas, sus singulares proyectos, su infinita lealtad, su increíble discreción. Llana y transparente, respetuosa de la vida de los demás, ni en broma la he escuchado expresarse mal de alguien. Nunca.

  Conversábamos durante horas en persona o por teléfono. Si se presentaba una información urgente o una crisis existencial, no dudábamos en abordar el camión para llegar a su casa o la mía, y pasarnos el rato desentrañando el problema que nos convocaba, hasta resolverlo.

  (Mela utilizaba servicio de camión a pesar de que podía haber disfrutado de un automóvil nuevo, como su hermana, o utilizar el de su mamá, porque prefería no aceptar concesiones de su papá, un empresario ganadero con quien mantenía desacuerdo permanente).

   Por aquella razón, con frecuencia andaba corta de la mesada que otorgaba su madre, aunque nuestros gustos y gastos se satisfacían de manera simple: yendo al cine, cenando en El Impala, y fumando cigarrillos mentolados. En momentos de estricta privación de fondos, su nana Alicia proveía generosamente.

    Uno de sus escasos despilfarros era la compra de revistas extranjeras sobre modas o vegetarianismo, disciplina que no ha dejado de practicar desde entonces, junto con el yoga. También compraba libros de filosofías orientales en los que se sumergía por etapas. De hecho, su apariencia totalmente asiática, sin serlo, la distinguía entre las demás.

   En vacaciones, mientras su hermana paseaba en Nueva York o en Europa, mi amiga empacaba media docena de bikinis y se iba a las playas yucatecas donde alguna tía o alguna abuela estuviesen pasando temporada. Cuando regresaba, me ponía al corriente de sus efímeros amoríos, a los que elegantemente calificaba “romances de verano”. Su lema era “no involucrar sentimientos profundos hasta no decidir con quién establecerse en serio”.

  Fiel consigo misma, ha disfrutado cada minuto de la vida sin fingimientos, afrontando situaciones como se presentan y sacando partido de insignificancias que la hacen feliz. Por rarezas circunstanciales se dedicó a la enseñanza, donde se desenvolvió con comodidad.

   En el momento adecuado, contrajo matrimonio y se fue del país. (Como detalle agradable, comentaré que me dejó su hermoso velo de novia para usar en mi boda, dos años después, mismo que también sirvió como dosel para las cunas de mis hijos). Pasados unos años se divorció y volvió a casarse, luego se volvió a divorciar, y se casó de nuevo con el segundo esposo. Posteriormente, enviudó y se dedicó a los negocios relacionados con la cultura estética.

  Hace mucho tiempo que no nos vemos, pero no hace falta. Carmela está materializada en cada instante poblado con las insensateces, arrebatos y desvaríos de nuestra juventud, y con las trascendentes decisiones de nuestra madurez, también. Palabras y presencias muchas veces salen sobrando cuando existe un verdadero entendimiento más allá de las fechas y de las distancias.

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