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Las heroínas peninsulares

Casas donde vivieron Josefa Escudero y Aguirre (a la izquierda) y Joaquina Cano y Roo (a la derecha). Cruce de las calles 62 x 65 de Mérida, Yucatán.

Hace poco di una charla acerca de “Algunas mujeres importantes de la Península de Yucatán”, centrada en aquellas que estuvieron activas entre la etapa final de la Colonia y los tiempos previos a la Revolución. Si bien todo ser humano es importante, la razón de que en el título se dijera “algunas mujeres importantes” buscaba remarcar que se trataba de una muestra reducida y más o menos representativa de mujeres que habían intentado o logrado romper con los obstáculos y prejuicios de su momento histórico.

Ese recuento incluye a las mujeres que destacaron en educación, literatura y artes como Rita Cetina Gutiérrez, Gertrudis Tenorio Zavala, Cristina Farfán -integrantes de La Siempreviva-, Carmela Duarte y Julia Febles y Cantón. Pero el recorrido inicia con el dúo opuesto de Josefa Escudero y Aguirre y Joaquina Cano y Roo, quienes en sus casas, ubicadas una frente a la otra en el cruce de las actuales calles 62 x 65, recibían a rutineros y a sanjuanistas respectivamente, en lo que se presume eran tertulias a manera de salón literario francés. Hay escasez de datos acerca de ambas, pero Josefa en particular es todo un caso digno de biografiarse debido a su intervención en la política y el periodismo, su condición de hacendada (pues con la ventaja legal de su viudez administró cuando menos seis haciendas) y su rol preponderante dentro de su poderosa familia ampliada. Como dijo Gerónimo Castillo: “Tuvo el Sr. Escudero una hermana (la Sra. Da. María Josefa) de una capacidad e instrucción poco común entre las personas de su sexo, que fue el oráculo de toda su familia en los asuntos más graves y de más trascendentales consecuencias”.

Con todo ello no hay duda de su perfil relevante, pero lo que causa resquemor es que su actividad social haya sido efectuada bajo una ideología reaccionaria, que la hizo oponerse a la Constitución de Cádiz, a la Independencia de México y al federalismo, además de haber ofrecido apoyo a los expedicionarios españoles que en 1829 pretendían reconquistar México y restituir el virreinato. Con todo y ese factor ideológico retrógrado creo que merece ser considerada como una de las precursoras del feminismo en Yucatán. Aunque no es mucho lo que se conoce de Josefa Escudero, tenemos los datos aportados por Melchor Campos García, Enrique Sosa Rodríguez y Laura Machuca Gallegos además de las referencias de Castillo y de Gonzalo Cámara Zavala.

Todas las mencionadas tienen en común la condición de pertenecer al medio urbano y estar vinculadas de una u otra manera a los grupos de poder establecidos en Mérida. Por ello, es necesario mirar hacia otras regiones peninsulares, donde encontramos a Hilaria Nahuat, patrona de la Santa Cruz, y a María Uicab, reina y santa patrona de Tulum, ambas conocidas gracias a la investigación hecha por Landy Santana Rivas y Georgina Rosado Rosado. Y junto con ellas a toda la colectividad femenina que desempeñó un papel activo durante la Guerra de Castas.

Con estas dos lideresas mayas el mosaico de nombres conocidos se ha ampliado pero el conjunto sigue siendo de figuras de poder o relacionadas de manera cercana con los grupos dominantes de sus respectivas épocas y sociedades. Hace falta integrar a esas mujeres del pueblo que también lucharon por ingresar a los cotos exclusivos del varón y, aunque haya sido de modo involuntario, fueron abriendo brecha para que otras mujeres pudieran también integrarse como fuerza de trabajo.

Eduardo Urzaiz en sus invaluables anécdotas de Reconstrucción de hechos, bajo el seudónimo de Claudio Meex, nos ofrece algunos casos notables de estas mujeres del pueblo, con sus respectivas ilustraciones. Una de ellas es Aurelia Pech, quien en 1889 se desenvolvía como cargadora en la zona comercial, un trabajo físico desgastante que quizá no ha de haber variado mucho desde aquella época. Urzaiz comenta acerca de esta madre de tres hijos que “si vestía y trabajaba como hombre, era porque -como ella decía- ganaba de ese modo en un solo día más de lo que ganar pudiera en un mes con las labores de su sexo, que si hoy se pagan mal, entonces se pagaban peor. ¡La primera feminista práctica en Yucatán!”,

Elogia también a Concha la gallega, que fue la primera mujer en Mérida que pastoreó chivas por las calles de Mérida para vender leche a domicilio, desafiando a la agrupación dominante de los trabajadores del ramo a fin de laborar de manera independiente. Trabajo duro y cansado, al igual que el de Aurelia, el de esta mujer inmigrada y de avanzada edad conforme a la ilustración del libro. Como expresó Urzaiz, las feministas deberían “colocar su nombre en su cuadro de honor”,

El tercer caso, este sí fallido, es el de María Luisa Aldaz, quien llegó de la capital de país con su título de bachiller y se inscribió a la escuela de Medicina en 1897. No logró su cometido a causa del acoso y bullying de sus compañeros, que como decía Urzaiz, no conocían aún los beneficios de la coeducación. Sufrió un maltrato constante hasta que la desanimó por completo una broma pesada final, cuando de su bolso, al pagar el tranvía, cayeron tres dedos de un muerto de quien se había hecho una disección reciente. María Luisa tiene méritos por el valor de intentar ingresar a ese coto cerrado de la educación profesional de aquel entonces y por haber resistido, así haya sido por poco tiempo, la estupidez y bajeza de sus condiscípulos varones. Tendríamos que llegar hasta 1930 para contar con una mujer médico titulada en Yucatán, que además sí pudo ejercer su profesión.  

Hace falta conocer más la historia de nuestras heroínas de toda condición social y educativa, y en general, de toda nuestra población femenina o masculina de las clases populares que haya aportado su grano de arena para ir resquebrajando los muros tendidos por la sociedad dominante a fin de impedir el avance colectivo.

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

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