Bienestar Espiritual

¡Vamos, pues, seamos los Buenos Samaritanos!

San Lucas 10:25-37

Ser buenos samaritanos es ser afortunados que sabemos dar sin temor a nada, porque sabemos que en el dar hay amor, hay alegría, no hay mezquindad ni hay límites en hacer el bien, ya que nuestro prójimo necesitado es la imagen de Jesucristo, que nos da la oportunidad de amarlo, asistiéndolo con esmero, con cariño y sin reparar en los costos.

Adoptar la actitud del sacerdote o del levita, que no fueron capaces de asistir a su prójimo caído en desgracia, es tanto como que por un puritanismo religioso nos abstengamos de hacer el bien al prójimo que nos necesita de manera urgente. Es muy cierto que primero está Dios, pero se nos olvida que antes que el servicio divino del culto de adoración, está la oportunidad de demostrarle al mismo Dios, como priorizamos el honrar a su divina imagen impresa en alguien desafortunado. Cuando Dios ve nuestra actitud de servicio amoroso, Él mismo nos bendice porque hemos hecho del culto de adoración, un verdadero servicio de reconocimiento de Dios en el prójimo de manera real y sin reparar todas las dificultades que se nos presentaron.

Lo que realmente nos hace falta a todos los cristianos es salir al encuentro de nuestros prójimos cercanos y lejanos para que el Señor vea cómo multiplicamos sus manos que son las que por nuestro medio. De lo mucho que de Él recibimos bendicen, auxilian, socorren y llevan la ayuda oportuna a quienes se encuentran en necesidad extrema.

Quienes nos dedicamos al sacerdocio ministerial somos los que debemos estar atentos a promover que la Comunidad Cristiana responda con amor generoso a quienes están sufriendo algún desastre y no posponer el auxilio por ningún motivo.

El mandato divino es —“Ama al Señor tu Dios con todo tu corazón, con todo tu ser, con todas tus fuerzas y con toda tu mente”, y: “Ama a tu prójimo como a ti mismo”. (San Lucas 10: 27).

¡Aprendamos a dar con generosidad! ¡No demos limosna! ¡No exhibamos a Dios y al prójimo nuestra miseria! Recordemos que, ¡Dios jamás ha sido miserable con nosotros! Además, no demos lo que no sirve, sino de lo mejor que tenemos.

Tomemos por ejemplo de generosidad a lo que anuncia el Espíritu Santo, a fin de que lo primordial que nos interese sea EN QUE DIOS SE AGRADE EN NUESTRAS OBRAS, para poder disfrutar del buen pan y del vino de solera: “¡Anda, come tu pan con alegría! ¡Bebe tu vino con buen ánimo, que Dios ya se ha agradado de tus obras!” (Eclesiastés 9:7).

“Si alguien afirma: «Yo amo a Dios», pero odia a su hermano, es un mentiroso; pues el que no ama a su hermano, a quien ha visto, no puede amar a Dios, a quien no ha visto.” (1ª. de San Juan 4:20).
¡Ser Buen Samaritano es amar al prójimo!

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