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Las fotos del antropólogo

Christian H. Rasmussen

A invitación de Christian H. Rasmussen (Dinamarca, 1943) accedí a echarle una hojeada a su libro más reciente titulado Las fotos del antropólogo. Sin embargo, conforme pasaba las páginas –sería mejor decir, las desplazaba hacia arriba en mi computadora, puesto que está en formato digital—comencé a pensar que era mucho más que eso: es un diario de campo, herramienta indispensable de los investigadores para intentar fijar hechos y reflexiones sobre una realidad que les interesa conocer, comprender y explicar a cabalidad.

Sin embargo, se trata de un diario de campo sui géneris, pues ciertamente el sujeto de estudio es el otro, en este caso, personas de varias regiones de México, pero también el autor mismo. Estamos, pues, ante un acabado ejemplo de observación participante, una técnica que, pese a los numerosos giros que han sacudido las ciencias sociales en las últimas décadas, afortunadamente no ha pasado de moda pues ha probado ser eficaz en la recolección de datos.

Don Cristiano, como lo bautizaron los indígenas de Tancanhuitz, San Luis Potosí, nos advierte desde las primeras páginas las razones que lo llevaron a hacer este libro:

[…] El fin de escribir mis experiencias y seleccionar algunas fotos se debe en un principio a un gusto personal, y para demostrar a mis hijas, nietos y, con el tiempo, bisnietos lo que hizo su papá, abuelo y bisabuelo. Pero, ¡vanidad, vanidad!, creo que también mi relato de vida puede ser interesante para personas cuyo interés es la historia de los mexicanos y, en particular, de los yucatecos […]. (p. 12)

Como dije al principio, estamos ante una especie de espejo doble: don Cristiano nos observa y al mismo tiempo es observado por quienes nos asomamos a este repaso de sus andanzas, vivencias, tropiezos y aspiraciones escrito con soltura, buen humor, ironía de la buena y abundante honestidad.

Christian nos cuenta que la afición de su padre por la fotografía fue el detonante de su interés por las cámaras y cómo en su calidad de joven estudiante de antropología tenía claro desde el principio que quería ser un trotamundos. Desde luego, para concretar este segundo propósito, además de audacia se requerían apoyos económicos. El joven danés, que ya poseía un espíritu aventurero, consiguió los recursos monetarios y así recorrió países de varios continentes, hasta que llegó a tierras mexicanas en 1974, y posteriormente a Yucatán en 1979.

Su primer contacto con la contrastante realidad nacional fue en la huasteca potosina, dominio del cacique Gonzalo N. Santos, quien se hizo célebre no solo por sus incontables trapacerías, sino también por sus expresiones folklóricas o cínicas, como aquella de que “la moral es un árbol que da moras”; en Tancanhuitz, Aquismón, Tatacuatla y Tamapatz, como empleado del Instituto Nacional Indigenista (INI), Christian aprendió en la práctica a hacer antropología y a sacar fotografías etnográficas.

Aunque era recién llegado pronto percibió uno de los grandes males de México: la falta de continuidad en los programas oficiales. En otras palabras, constató de cerca la manía que aqueja a los políticos mexicanos, sean del partido que sean, pues todos tratan de borrar o negar lo que hicieron sus antecesores, en vez de mejorar, de enriquecer, de ampliar lo que ha funcionado bien. La falta de políticas de Estado en rubros sustantivos del desarrollo nacional nos lleva a dar bandazos sexenales, con la consiguiente pérdida de experiencias valiosas, de recursos humanos capacitados, además de incurrir en un derroche de dinero que bien pudieran utilizarse en frenar nuestra pavorosa desigualdad.

En esas comunidades indígenas sumidas en la pobreza, nuestro autor no solo captó imágenes de la vida cotidiana de sus habitantes, es decir, de cómo transcurría la existencia en sus casas, en su trabajo, en los talleres, en las ferias, las cantinas, etc., sino que las plasmó en varios libros hoy inencontrables o que aparecieron en danés. Por cierto, alguna instancia pública o privada debería rescatar, traducir y publicar estos textos, aunque sea en formato digital, lo mismo que otras obras del autor sobre México, que aún permanecen inéditos.

Don Cristiano posee principios que gobiernan su trabajo como documentalista, y que vale la pena tener siempre presentes porque implican el respeto de la dignidad de la persona y también el reconocimiento a su legítimo derecho sobre su imagen:

[…] Como fotógrafo mi primera norma es siempre pedir permiso para sacar una foto, nunca tratar de hacerlo en secreto o a lo “saca-y-corre”. Muchas de las fotos de los antropólogos muestran a la gente en sus ropas sucias de trabajo, con las arrugas prematuras y la falta de dientes que como marcas les dejan los años de trabajo duro y en muchos casos de alimentación insuficiente, porque “eso es lo natural”.

Aprendí en Tatacuatla que a la gente no le gusta este tipo de fotos. Lo aprendí con la desaprobación que me manifestó un campesino al que había retratado un día en su milpa, “pescándolo” en una carcajada que mostraba su boca con un sólo diente. Para mí, una foto interesante, bonita. Pero su réplica fue: “Esa foto no me interesa. ¿Cómo van a recordar mis hijos a su papá sin dientes?”.

Así que tuve que regresar y sacar otra foto de él, ahora vestido con su mejor ropa, con la boca cerrada y en fila con toda su familia.

Desde eso siempre saco dos tipos de fotos. Para las personas, una foto en la que salen en sus mejores ángulos, paradas y rígidas, recién bañadas, peinadas y con ropa limpia o nueva. Suelo llamarlas “fotos con cara de piedra”. ¿Y las fotos para mí, para el antropólogo? Trato de documentar la realidad tal cual, con los efectos que un trabajo duro de muchos años y una vida llena de carencias le imprime a los cuerpos de las personas, pero siempre con un gran respeto hacia ellas […] (p. 42)

Más adelante, don Cristiano asienta en su dañol (mezcla de danés y español) que no se considera un fotógrafo, sino un antropólogo que saca fotos para documentar una realidad. Nunca le han interesado las fotos construídas o artísticas, sino el aspecto humano, la persona y su historia, aunque ciertamente también ha tratado de perfeccionar su técnica.

Pero en los hechos, sus fotografías tienen esa doble cualidad: son documentos etnográficos que buscan retener en la memoria momentos de sociedades que están en tránsito permanente y, al mismo tiempo, obras plásticas, que merecen estar en una exposición de arte o en un museo.

Este libro de don Cristiano está lleno de anécdotas, de nombres de personas que se mueven en ámbitos distintos y se ubican en diversos sectores sociales, con las cuales ha tenido oportunidad de vivir, convivir o simplemente platicar durante casi medio siglo de su estancia en México, su segunda patria, y de sus 42 años en Yucatán.

Es un reconocimiento tácito de que sin la ayuda y colaboración de mucha gente, la valiosa obra gráfica y textual de Christian H. Rasmussen que muchos conocemos total o fragmentariamente no hubiera sido posible. Destaca, desde luego, el respaldo que ha recibido de sus familias, la que vive en Dinamarca y la que vive en México.

Pero el texto trasluce un camino de doble vía: lo que Christian ha recibido y lo que nos ha dado a los mexicanos, que es mucho y bueno.

El libro que nos ocupa también refleja algo del clima intelectual que prevalecía en los medios académicos de los años setenta y ochenta, cuando el marxismo no se asumía como un instrumento de análisis sino como un dogma, actitud que metía en aprietos a no pocos investigadores sociales al percatarse que muchos de los presupuestos básicos del creador de aquella corriente filosófica no se ajustaban a la realidad mexicana, latinoamericana y caribeña. Sin ir más lejos, ni Marx ni Engels ni Lenin admitieron que la clase media, estrato al que los tres pertenecían, es la que lidera las revoluciones y no el proletariado. Por cierto, el marxismo lo conocimos a través de los libros de las Editoriales Progreso y Siglo XXI.

Si algo caracteriza o define a los genuinos antropólogos es el dicho “Aprendiz de mucho, maestro de nada”. No hay aspecto de la sociedad que nos sea indiferente. Y en este sentido, don Cristiano también es un ejemplo: ha documentado zonas arqueológicas, inmuebles históricos, como iglesias y haciendas, cementerios, ceremonias campesinas, labores de pesca, teatro, prostitución, grafiti e incluso problemas de salud mayúsculos, como la obesidad y su relación con la diabetes que causa estragos entre nosotros.

Véase el anexo donde figuran sus libros, las exposiciones en las que ha participado, las publicaciones que incluyen sus fotografías, su incansable trabajo de rescate de artesanías en conjunción con Silvia Terán, su esposa; la promoción de los bordados yucatecos en otras latitudes, en especial en Dinamarca, y un largo etcétera.

Al final de este libro, Christian confiesa lo siguiente:

[…] Lo que me preocupa actualmente es qué va a pasar con mis negativos y transparencias. ¿Dónde van a acabar? Con el Museo Moesgaard de la Universidad de Aarhus en Dinamarca tengo el acuerdo de que mis negativos sean guardados en sus instalaciones. Eso está bien para las fotos, pero, ¿quién en Dinamarca se interesará por las fotografías de Yucatán y quién podrá identificarlas? Tengo bien registrados mis negativos por año y por tema. Pero los detalles del contenido de cada tomo están en mi cabeza, mientras los recuerde y esté vivo.

Mi sueño, hasta ahora incumplido, es obtener una beca para poder trabajar en una descripción detallada de las fotos más significativas, para beneficio de las siguientes generaciones […]  (pp. 190-191)

Para evitar que se pierda este valioso acervo, como desgraciadamente ha sucedido con otros muchos, propongo a la Secretaría de la Cultura y las Artes del Gobierno del Estado de Yucatán una acción que le costará poco al erario pero que redituará mucho al patrimonio cultural de los yucatecos: que el Centro de Apoyo a la Investigación Histórica y Literaria de Yucatán –antes Biblioteca Yucatanense—resguarde en su bóveda climatizada la selección de negativos y fotografías sobre Yucatán que lleve a cabo Christian Rasmussen. La entrega de este material se haría con base en términos que convengan a ambas partes.

Al inicio de mi intervención dije que me comprometía a echarle un ojo al libro de don Cristiano, no a comentarlo en público. A raíz de la pandemia de Covid 19 descubrí las delicias que implica dedicarse única y exclusivamente a hacer lo que te gusta, placer egoísta que es la base de la felicidad, que por cierto Christian reivindica en esta obra, aunque eso represente vivir con ciertas estrecheces económicas. Empero, vale la pena pagar el precio por este privilegio.

A semejanza de lo que él hace con sus negativos, comencé a elaborar un inventario de mi biblioteca –ya llevo 434 páginas de fichas y creo que voy más o menos como al 75 por ciento del total de libros, sin contar revistas y periódicos—y también a explorar mi archivo de transcripciones hemerográficas relacionadas con la recreación en Yucatán en las postrimerías del porfiriato (1900-1910). Por estas razones, y no por otras, he evitado a toda costa asumir responsabilidades que me desvíen de estos propósitos.

Sin embargo, confieso que a medida que me adentraba en Las fotos del antropólogo mi interés y entusiasmo fueron en aumento y después de leerlo íntegramente en dos sentadas me convencí de que valía la pena decir algo más o menos sensato sobre este texto, porque Christian lo merece sin regateos.

Don Cristiano, que hace honor a su nombre de pila, ha sido generoso con muchos de nosotros. En lo personal, cuando le solicité fotos para la segunda actualización de la Enciclopedia Yucatanense no puso ningún pero. Entonces lo menos que podía hacer es ser recíproco con él.

Les garantizo que el libro se lee fácil y rápido, además de que podemos aprender muchas cosas de las fotografías que aparecen en él, si las miramos con atención y curiosidad.

Nuestro amigo Christian cita un dicho de su país natal: “Los ojos ajenos ven mejor que los propios”. Cierto. Él, con sus ojos de danés que está de “visita” permanente en México, ha sido capaz de capturar imágenes de la discutida y dispareja cultura yucateca, o de lo que nosotros consideramos como tal, y lo ha hecho sin tratar de “embellecer la realidad” o, como dicen ahora algunos, de romantizarla, lo cual se agradece y se admira. 

Ojalá que otros fotógrafos y otros antropólogos también se decidan a dejar constancia de su paso por la vida, que inevitablemente conlleva penas y alegrías, como lo ha hecho don Cristiano H. Rasmussen, motivo por el cual estamos reunidos esta noche aquí.

Muchas gracias.

Mérida, Yucatán, México, a 23 de noviembre de 2021.

(Texto leído por el autor en la presentación del libro Las fotos del antropólogo que tuvo lugar en esta fecha en la Biblioteca Central Estatal Manuel Cepeda Peraza)

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