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Añoranzas de mi  Mérida

Hace más de medio siglo que el de la tinta nació en esta ciudad, la entonces llamada ciudad blanca, por el color de sus albarradas y por su tranquilidad, pero en estos más de  diez lustros, mi ciudad ha cambiado, no solo en lo que respecta a lo físico y a sus nuevas avenidas y edificios, sino que en algunos aspectos conductuales y de costumbres familiares  que  formaban parte de nuestra cultura y que hoy solamente podemos recordar.

            Aquella ciudad de las veletas, cuando éstas tenían la función de proveer de agua a los grandes aljibes y depósitos de nuestra ciudad, ahora no solo ha desparecido sino que han caído en el olvido de las nuevas generaciones. Mérida era conocida también como la Ciudad de las Veletas. Proporcionaba un paisaje bucólico y era una de las características de nuestra provincia. ¡ Te extraño Mérida!

            Las albarradas, que nos daban la imagen de pueblo  dentro de la ciudad, que limitaban las propiedades de los yucatecos, no solo han desaparecido en ésta, sino que en algunas poblaciones del interior es difícil de encontrar. La modernidad y la necesidad de seguridad han hecho que se yergan muros altos para nuestra protección. En algunos casos, recordará algunos de mis compañeros de añada, que les ponían en los mismos pedazos de botellas quebradas para asegurarnos una mejor protección contra los amigos delo ajeno. Veíamos en las calles los muros adornados como coronas, de vidrios de diferentes colores. Ahora ya se usan alambres electrificados o una especie de rulos de metal. Recuerdo las leyendas y cuentos de los mayores que nos comentaban que en las blancas albarradas se colocaban las velas para indicar el camino de las ánimas en los días dedicados a los fieles difuntos. ¡Dónde quedaron las blancas albarradas!

            Aquellas tardes para “tomar fresco”, cuando las tías, mamás y abuelas sacaban a las puertas de la casa sus sillas y sillones, han quedado en el recuerdo. Cómo olvidar a las vecinas de por la casa, desde las cinco de la tarde, meciéndose y viendo pasar a las personas en su ir y venir y saludando a cada una de ellas, sin importar si las conocían o no. Estamos pagando el precio de la modernidad, uno porque ya casi no se puede ver esta imagen y dos porque el tráfico y la polución de las calles ya hace imposible esta práctica. ¡ Te añoramos “tomada de fresco”!

            La siesta, la que todo yucateco acostumbraba tomar, antes de que se tenga la necesidad de otro trabajo, con las ventanas y puertas abiertas, es una práctica que de seguro los jubilados y las madres de familia podrán tomarse, pero con sus ventanas y puertas cerradas y si tienen protectores mucho mejor. Esto ha variado mucho porque ahora ya los yucatecos nos hemos ahuachado, muchas personas optan por dormir en cama. Esto hace que no hayan experimentado la sensación de patear la pared. Aparte que las nuevas casas tienen los hamaqueros alejados de las paredes. En el caso del de la tinta  en su infancia y juventud practico con entusiasmo y ahínco aquello de “patear la pared”. ¡ Se extraña esa sensación! Pero el buen yucateco no olvida, como en estas fechas en que hay frialdad, poner debajo de su hamaca papel periódico o bien un pedazo de cartón para evitar aquello de la humedad.

            Ya que nos referimos al frío de temporada navideña, hay que mencionar que los yucatecos, los de hueso colorado, saben que deben de sacar sus cobertores para las coches ya que las sabanitas se helan. Las camisas largas, las chamarras de franela, los suéters o suéteres, y todo lo que haga entrar en calor son socorridos por los yucas. Y para las noches no hay nada mejor que una buena taza de café o chocolate caliente con una buena ración de bizcochitos, globitos o de perdis, animalitos.

            Ahora con aquello de la construcción de Tren Maya, le viene al de la letra recuerdos como aquellos viajes  a la playa, Progreso, que era el destino familiar, en tren, era una aventura esperada, no solo por lo que representaba ir en ese medio de transporte, aunque habían camiones para tal destino, la mamá del de la letra optaba por en anterior seguramente por su bajo salario que recibía siendo maestra y por lo que representaba llevar a tres hijos y a una tía. Salíamos a las seis de la mañana rumbo Progreso, destino final, muelle, en donde después de un baño, se disfrutaba del pescado frito y entre las bolsas siempre había un plátano, por aquello de la posibilidad de tragarnos un hueso. ¡ Esos viajes de tren ya no volverán! O cuando menos no como fueron hace más de sesenta años.

            La llegada de los celulares, la posibilidad de los whatssApp y de las pláticas virtuales, han dejado atrás una de las costumbres que caracterizaban a los niños de ayer, las visitas de los familiares y amigos de la familia. Era costumbre las visitas sabatinas o dominicales de familiares y amigos que a partir de las cinco de la tarde llegaban a platicar y tomar café o chocolate. Recuerdo las visitas de mis tios Cheno y Rosa Escamilla, normalmente él venía en bicicleta  o de los artistas Mi tio Manuel (escultor)  y la tia Otilia Carrillo (pintora) . Siempre bañaditos y oliendo a talco o perfume de mujer. Esta boni9ta costumbre, que de seguro muchos meridanos compartían, ha caído en desuso, ya que la tecnología privilegia las llamadas y mensajes que las visitas personales. ¡ Aquellas visitan, ya no se acostumbran!

            Hay una costumbre que desde hace muchos años, pero que el de la letra aún recuerda, era el de la hora de la merienda, en punto de las cinco de la tarde o más temprano, las tías acostumbraban prepararse una taza de chocolate acompañada de algún pan u otro alimento, de manera ligera para aguantar la cena.  Hoy día se llama colación, pero el espíritu de la merienda ya no se acostumbra, ¡ Aquellas meriendas!

            No hay que dejar atrás aquella costumbre, que hoy día algunas familias las continúan y otras no por aquello del colesterol y de las comidas grasosas, me refiero a los domingos de cochinita, ya sea en tacos o francés y que en un principio solamente se compraba en el mercado grande, pero poco a poco comenzaron a aparecer en las esquinas de algunos barrios los puestos en donde se vendía tanto cochinita como lechón al horno. En algunos hogares como en el de la tinta también se acostumbraba comprar salbutes en el puesto de Salas, solo con salsa de tomate o bien con un poco de carne molida. ¡ Gratos recuerdos de aquellos desayunos del domingo!

           Por el rumbo de la colonia Vicente Solís y colonias aledañas (allá por el sur y oriente de la ciudad), había una costumbre que poco a poco se fue perdiendo , el de contratar a personas que tocaban el violín o bien aquellas serafinas (que ya están en extinción) para amenizar algunas novenas o rezos para recordar al ser querido. Por el rumbo de la 71 x 38 vivía un señor que tocaba el violín y acudía a esas citas, ya era una persona mayor, don Alexis Medina, padre de una tía política del de la tinta. Ya es muy difícil conseguir a alguno de estos dos ejecutantes ya que para el aniversario del fallecimiento de la mamá del de la letra, se trató por todos los medios, mar y tierra para conseguir a un violinista o un serafinista para la Misa y no se consiguió. ¡ Es nostálgico recordar los acordes!

            Y que decir de aquellas chivas que pasaban por nuestras casas por la mañana o tarde, el chivero solamente con un pequeño palo o chilib, las hacía conducir de tal manera que no se separaran. Se escuchaba el cencerro que las chivas llevaban, anunciando su llegada. Algunas familias acostumbraban tomar leche de chiva, directamente de la ubre a la boca, claro, anteriormente había sido depositada en un recipiente de vidrio, es posible que sea de un cuartito. El chivero las ordeñaba y con un tino envidiable (como el que tienen los sapos para atinarle a los ojos al orinar), hacía que el chorrito de leche llegara hasta la boca de la botella y una vez llena y espunosa se la daba al cliente. El que lo cuenta nunca probó esa leche, pero otros si.

            Para concluir con algunos recuerdos de costumbre de antes se realizaban en los hogares, mencionaré la costumbre de la preparación de algunos dulces que las mamás  hacían, por ejemplo el dulce de ciricote, de cuyo árbol no solo se utilizaban los frutos sino que también las hojas servían para limpiar las ollas para quitarles el cochambre, se elaboraban también de grosella, en donde había que tener cuidado de no pasarse de cocción ya que podían quedar culimonas, es decir se arrugaban mucho, también los dulces de camote que eran muy buenos y fáciles de elaborar. ¡Siempre se recuerda el aroma del cocimiento y su sabor!

            Hasta aquí mis caros y caras lectoras, un breve viaje a los recuerdos, que hoy día no solo se extrañan sino que se añora vivir en aquella Mérida de ayer  y que seguramente alguno de ustedes recordarán y habrán tenido la experiencia de haberlos vivido.

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