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Elena Mikhailova da cátedra de dominio del violín el domingo en el Peón Contreras

Elena Mikhailova con la OSY. Foto de Salvador Peña L.

Hay fechas de conciertos realizados en esta plaza, que han dejado escrito su nombre en la historia de la cultura de nuestra ciudad y nuestro estado; tal es el caso del año de 1970, en el que, tres conciertos efectuados muy cerca unos de otros, constituyó un verdadero privilegio el haber podido asistir. En octubre de ese año, el concierto de violín de Luz Vernova, en el desaparecido Teatro Colonial; en noviembre, el de piano de György Sándor, en el mismo escenario; ese mismo mes, Angélica Morales von Saüer, en el Teatro del Seguro Social; el de violonchelo de Sally van der Berg, en el Teatro Ferrocarrilero en 1974. En 1982, Jorge Noli al piano, en el recién reinaugurado Peón Contreras; el de violonchelo de Carlos Prieto, en 2018; las tres presentaciones de Shary Masón con la OSY, precisamente una de ellas con el Concierto para Violín de Beethoven; y ahora tenemos que agregar la actuación de Elena Mikhailova con nuestra orquesta, y también con el concierto de Beethoven. Mikhailova, demostró con creces el por qué está considerada, en estos momentos, como una de las mejores violinistas del mundo. Y por si alguien tenía alguna duda después de la ejecución del concierto, la ejecución de la Variación en La, de Nícolo Paganini despejó cualquier duda.

El octavo programa de la OSY, en su XXXVI temporada fue integrado por tan sólo dos obras, pero muy bien seleccionadas, y fue un programa con un perfecto equilibrio. En la primera parte, el Concierto para Violín, Op. 51, de Ludwig van Beethoven, y cerró programa la Sinfonía No. 3 de Franz Peter Schubert, sinfonía de las breves que compuso el autor, consta de cuatro movimientos, pero cada uno de corta duración, la obra completa dura tan sólo veintiocho minutos. Ambas obras, tienen una fuerte dosis de emotividad desatada; el concierto de Beethoven de principio a fin; y la sinfonía de Schubert, tiene una alta dosis de emociones desatadas en el primer movimiento, que posee un lenguaje totalmente beethoveniano, es un alegre remanso en el segundo y tercero, y en el cuarto, vuelve a tomar un caudaloso raudal de emociones desbordadas que nos llevan a un clamoroso final. Un programa con emociones arrebatas, remansos de paz, y el virtuosismo de una concertista magistral. Un programa redondo.

El Concierto para Violín de Beethoven está compuesto por tres movimientos, Allegro ma non troppo, Larghetto y Rondó: Allegro. El primero y el tercero, tienen una profunda identidad entre sí, comparten un tema que se desarrolla con diferentes recursos en cada caso, pero con dificultades muy diferentes en cada caso también. Queremos destacar la actuación de Daniel Martínez a la flauta, pues fue el único ejecutante de este instrumento en esta obra, y su desempeño fue muy bueno. Aplauso fuerte para Miguel Galván, pues su fagot fue la base firme y segura que apoyó a la concertista en muchos y muy difíciles pasajes. En Elena tenemos que anotar su precisa y segura digitación que nos regaló notas diáfanas, su magistral uso del arco nos dio noticia de su capacidad de manejo de muñeca y codo, elementos indispensables para ejecutar las cadencias del primer y tercer movimientos, que resultaron una verdadera cátedra en la materia. Nos asombró su capacidad de pasar sin menoscabo de calidad y claridad, de notas graves y aterciopeladas, a delicadísimos agudos, delicados como telarañas de cristal. La ejecución de este concierto, implica ya de suyo un esfuerzo agotador, y por si esto fuera poco, Elena nos obsequia con un ancore de lujo: La ejecución de la Variación en La, de Paganini, que es como una prueba para acreditar un título de concertista en cualquier latitud, y Elena la ejecutó con una seguridad y soltura, cómo quien se toma un vaso de agua. Es por esto que, Elena Mikhailova recibió una larga y estruendosa ovación, con el Peón Contreras de pie en todos sus niveles, y con el sonoro acompañamiento de los gritos de ¡BRAVO!

La hermosa Sinfonía No. 3 de Schubert nos alegró el alma de principio a fin. Una obra en la que el autor proyecta una alegría y un entusiasmo por la vida que nunca vivió en el transcurso de su vida, agitada y triste. Franz Schubert vivió una vida breve, trágica y llena de privaciones; llega incluso a aceptar vivir en la perrera de la mansión de una familia muy pudiente, y hasta de ahí lo echaron cuando la familia decide comprar un perro. Es muy difícil entender cómo Franz pudo componer una música rebosante de alegría y entusiasmo, pero así es toda su obra, un devenir de gozo y alegría. La obra tiene cuatro movimientos: Adagio maestoso. Allegro con brío, Allegretto, Menuetto: Vivace y Presto vivace. El primer movimiento se ve pletórico de un fuerte espíritu de Beethoven, que se pasea campante por todo el movimiento. La expresión pasa violentamente de lo suave a lo sonoro y aún trepidante. El segundo movimiento, es de una alegría saltarina y ágil, flauta y clarinete ejecutan las partes de solista de esta parte de la obra. El tercer movimiento, es una rica danza acompasada y muy alegre, se disuelve en el alma con una plácida suavidad rítmica, invita a mover los pies a su compás. El cuarto movimiento, retoma fuerza y alegría a la par, pasa entre contrastes entre pasajes fuertes y grandilocuentes a suaves remansos que vuelven a subir de golpe. La alegría va subiendo a medida que el movimiento va desarrollando y nos lleva a un sonoro y trepidante final. Nueva tremenda ovación de pie, larga, escandalosa, hace salir al director muchas veces, quien pone de pie al oboe, la flauta, el clarinete y el fagot, que han llevado el peso de la ejecución. Salimos del Peón Contreras con la conciencia de que, escuchar a Elena Mikhailova ha sido un gran privilegio.

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