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Ermilo Abreu Gómez y los taínos

A pesar de su legado cultural a través de productos y palabras, los taínos figuran escasamente en la literatura mexicana. Este grupo étnico originario tuvo la desgracia de ser el primero al que los españoles contactaron y su desaparición física fue catastrófica y veloz. Sus huellas genéticas sólo subsisten dentro del mestizaje que se dio desde aquella llegada de fines del siglo XV.

Una presencia taína un tanto extraña dentro de una novela que tiene como base a un personaje histórico transfigurado por la ficción es la que ocurre justo al inicio de Canek, de Ermilo Abreu Gómez. En el primer parágrafo de la sección titulada Los personajes, Canek le narra a un indio, antes del amanecer, luego de una noche lluviosa, y junto al brocal de un pozo, un relato acerca de cómo se formaron el mar y la lluvia.

El relato tiene como protagonistas a Giaia y a Giaial, su hijo malo. Éste quiso matar a su padre, pero al fracasar los dioses incitaron a Giaia a la venganza y mató a su hijo. Luego guardó sus restos en una calabaza, depositada en la falda de un cerro y un día se dio cuenta de que salían peces de aquel recipiente. Cuatro hermanos huérfanos quisieron comérselos, pero Giaia llegó a tiempo para evitarlo, aunque la calabaza se fue al suelo y de ahí brotaron torrentes de agua que inundaron la comarca. “Y todo fue cubierto por el agua de abajo, como por el agua de arriba, menos la tierra en que vivimos y unas islas lejanas que están por donde sale el sol”.        

Canek había dicho que Giaia era hombre de Oriente y que “todo lo del Oriente pertenece en espíritu a Yucatán”. Ese Oriente no es el asiático sino el que nuestra península tiene muy cerca: las islas antillanas. Una región que comparte con Yucatán el origen físico y la esencia, tal como expresa enigmáticamente el héroe. Se sabe que taínos y mayas tenían contacto a través de la navegación y del intercambio comercial, aunque en este texto se sugiere una vinculación más profunda, al grado de mencionar que todo lo de esa región pertenece en espíritu a Yucatán. ¿Qué querría Abreu Gómez expresar con ello?

Este relato inserto en el Canek proviene de los capítulos IX y X de la Relación acerca de las antigüedades de los indios, de Fray Ramón Pané, a quien se ha considerado como el primer etnógrafo de América. El manuscrito de esa relación se extravió y la obra sólo se conoce por haber sido incluida en su totalidad en la Historia del almirante don Cristóbal Colón, escrita por su hijo Hernando, cuyo manuscrito también se perdió. Sin embargo, la traducción al italiano que había hecho Alonso de Ulloa es la que ha permitido (junto con otras dos fuentes: un resumen de Pedro Mártir de Anglería y un extracto reproducido por Fray Bartolomé de las Casas) que esta relación haya llegado hasta nosotros y que cuenta con una retraducción al español, anotada por Juan José Arrom, publicada en 1974 y corregida y aumentada en 1988.

Como indica dicho investigador cubano, esta relación escrita en La Española (compartida por las hoy República Dominicana y Haití) “es la única fuente directa que nos queda sobre los mitos y ceremonias de los primitivos moradores de las Antillas”. Arrom, además, ha escrito un ensayo acerca de los mitos taínos en la literatura cubana, dominicana y mexicana, publicado en Cuadernos Americanos en 1970, pero ni en el cuerpo del texto ni en una nota final incluye Canek, aunque sí analiza el cuento “La fiebre amarilla”, de Justo Sierra Méndez.

Abreu Gómez emplea los nombres con la ortografía italiana -que Arrom y otros traductores transcriben como Yaya y Yayael-, le hace cambios al mito relatado por Pané, en el cual se narran el destierro de Yayael, la primera volcadura de la calabaza debida a la esposa de Yaya, la muerte en el parto de la madre de los cuatro hermanos y el hecho de que el agua derramada forma sólo el mar y no la lluvia.

Que ese mito del diluvio taíno fuera conocido por el sabio maya Canek indicaría la pervivencia de una tradición ancestral, de vínculos inmemoriales entre esos pueblos separados por un espacio no tan grande de mar. Entre las semejanzas, existen algunas leyendas mayas donde la rotura de una vasija o jícara llenas de líquido da lugar a la formación de aguadas.

Y si la novela Canek inicia en el marco de una noche lluviosa, en la inmovilidad de contar un relato a un indio para explicarle el origen de ese torrencial aguacero, concluye con una caminata de ascenso del héroe y el niño Guy tomados de las manos y silenciosos, llenos de luz entre las sombras. De la lluvia y la oscuridad de la tierra a la ingravidez del aire y la luminosidad. De un mito taíno a un simbolismo cristiano.  

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

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