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Motul y los cafés de antaño

Por Felipe J. Concha Alonzo

En días pasados me acordé de mi abuelo Beto Alonzo, quien durante varios años fue juez de paz en Motul, y también de un café que se ubicaba al lado del Palacio Municipal, donde se reunía la gente mayor para disfrutar de la verdadera amistad.

En ese lugar, que no tenía nada especial, como sí lo tienen “La Parroquia” o “El Gran Café del Portal” de Veracruz, por ejemplo, el aroma del grano se mezclaba con el de los puros y los cigarrillos; las personas que ocupaban sus mesas se veían felices; casi todos llevaban sombrero, saco blanco o guayabera de manga larga y un ejemplar del Diario del Sureste o del Diario de Yucatán. Ahí se debatía el destino de Motul y quizá del Estado, del país o del mundo.

Cuando era un niño de unos 6 o 7 años, mi mamá me llevaba con ella a comprar pan, pues el café estaba situado en la panadería “San Felipe”, a semejanza de lo que ocurría con el café “Siqueff”, ambos ya desaparecidos. A la puerta del café “San Felipe” se estacionaban en batería los taxis para Mérida; eran autos de los años 50 y 60, con sus llantas de bordes blancos y defensas cromadas; tenía radio de AM y el cupo era de 7 pasajeros.

Cuando entrábamos a comprar pan dulce o pan francés veía a mi abuelo; él nos saludaba y conversaba brevemente con mi mamá, que era su hija; a mí me daba tres monedas de 20 centavos (era el año de 1968, creo), que para mí era un dineral, pues con 60 centavos podía comprar refrescos, chocolates y otras golosinas. Mi abuelo Beto falleció el 7 de enero de 1975.

Cuando viajaba a Veracruz, como parte de mi trabajo, visitaba el café “La Parroquia” y el “Gran Café del Portal”, en especial este último, y mientras tomaba un café con los amigos de ese puerto venían a mi mente los recuerdos de don Beto Alonzo.

En aquellos años en Motul habían cafés donde numerosas personas pasaban muchas horas platicando sobre temas diversos; era una amena forma de pasar el día después del trabajo. Ahora ya no existe nada de eso, ya no hay lugares dónde disfrutar de un buen café como en los viejos tiempos de mi abuelo Beto. El café que consumíamos en casa siempre era recién molido y se cocía en una olla; algunas veces le ponían canela; lo acompañábamos con una concha o saramuyo, galletas de agua o de una pata con queso.

Sentado aquí en el parque principal, frente al extinto café “San Felipe”, en espera de que se complete el pasaje del taxi para viajar a la capital yucateca, recuerdo escenas que vi en ese establecimiento y hasta parece que puedo escuchar el ruido que hacen las cucharas y tazas. Me imagino a mi abuelo Beto debatiendo sobre las noticias que él y sus conterturlios ya habían leído en el Diario del Sureste o en el Diario de Yucatán mientras disfrutaban su café. Aunque él era fumador, nunca vi que consumiera cigarrilos cuando estaba con sus amigos.

¡Qué bellos tiempos aquellos de los cafés tradicionales en Motul, en donde departían hombres de sombrero y ropa blanca que el tiempo y la “modernización” se han encargado de desaparecer!

¡Qué triste que  ya no existan en la tierra de Felipe Carrillo Puerto, quien hace 100 años ganó las elecciones para gobernador, cafés como los de antaño!

Felipe Escalante, un amigo de Santiago, me comentó que algo similar ocurre en ese barrio, donde desapareció el café “La flor de Santiago”, centro de reunión de amigos y conocidos. ¡Lástima!

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