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Un viaje en ‘bolán-konché’ y una misión cumplida del propio dinero del visitante

-¿Qué hacemos, mujer? -le pregunta el visitante arqueólogo Dr. LePlongeon a su esposa Alice (Alicia) en la intimidad de su cuarto de hotel.

-Nada -respondió aquella-. Cumplir con este deber humanitario o el pueblo será el pagano.

-Tienes toda la razón, querida. El Sr. Irigoyen ha sido demasiado amable con nosotros y tenemos que ser agradecidos.

-y tu tendrás que desembolar la plata y todo lo que nos cueste nuestra jornada a Izamal-. No tienes de donde escoger.

Un viaje en aquel incómodo “bolán-konché”

Partieron nuestros huéspedes hacia Izamal, aunque para ello se vieron precisados a rentar un “bolán”, “vehículo” de transporte muy empleado en Yucatán en los siglos coloniales y todavía la pasada Independencia y en los primeros años del siglo XX.

El “bolán-konché” (así doblemente acentuado) era un carro de sólo 2 ruedas parecido a la diligencia con un cochón extendido sobre el piso en el que con gran dificultad cabían una cuantas personas acostadas; sentadas (decían que podían llevar hasta media docena de prójimos) Y hay que abordarlo, si queremos viajar fuera de Mérida pues no existían otros medios de transporte para salir de la ciudad, digamos, a otros pueblos. También los hay de cuatro ruedas pero la gente prefiere los de dos, más rápidos (si queremos decirlo de alguna manera) en los terribles caminos de Yucatán, que los de cuatro.

Las pobres mulas

Arrastran el “bolán” tres mulas que hacen muy bien su trabajo en las primeras millas de viaje, más luego se les nota cansada y al pasar por algún pueblo, suelen ser sustituidas por otras que se encargan del trabajito. Con todo, el viaje resultó tranquilo y el Dr. LePlongeon cumplió con su cometido, y claro, tuvo que sacar la billetera o el monedero muchas veces, de lo que seguramente el gobernador se había librado.

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