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Personajes pintorescos de mi infancia

Recordando a Rachito

Cada vez que realizaba mi visita hebdomandaria a casa de mi señora madre allá en el rumbo de la calle 69 entre la 36 y 38e entre las esquinas del Cocoyol y El Río Hondo, vienen a mi mente una serie de recuerdos de aquellos personajes que estaban presentes en las calles de mi infancia y de una u otra forma desfilan por mi mente. Son personas que unas ya están gozando del descanso eterno y otras están aún con nosotros.

De tal suerte que entre los personajes que formaron parte del paisaje urbanístico de mi infancia puedo mencionar en primer lugar, no por orden de importancia sino como llegan a mi recuerdo a una persona que conocíamos con el apodo del Cholas, este fue el eterno enamorado de una de mis tías, la mayor, Betty. Todos sabíamos que le quería dar su llegue aunque no sabemos si se llegó a dar pero por un largo tiempo sabíamos que el Cholas- cabe mencionar que era de oficio plomero-  era el enamorado de la tía, lo mismo ocurrió con otro personaje, este le daba su lleguetón a la tia Tere, recuerdo que su nombre era Willian o Wilberth, pero lo conocíamos como el lechero, persona que formó parte de la vida de mi tía y que recuerdo llegaba en una bicicleta. Creo que en ninguno de los dos casos Cupido hizo su trabajo, ya que ambas permanecen aún solteras.

Otro de los personajes pintorescos de aquellos años-sesenta y setenta- lo fue sin lugar a dudas el repartidor de periódicos y revistas, su nombre posiblemente haya sido Francisco pero todos lo conocíamos en el rumbo como Paquito, quien a bordo de su bicicleta. Cargando sendos sabucanes de pita repletos de periódicos y revistas llegaba cada día  repartiendo sus preciadas mercancías. El Dr. Kildare, Lágrimas y Risas. La familia Burrón, Life, Selecciones, entre otras eran las revistas que cargaba cada vez que visitaba el rumbo.

El chino Corona, personaje muy conocido por el rumbo y cuya principal clientela lo constituían las madres de familia o amas de casa. su llegada,  ya sea a pie o en su bicicleta, pasaba de una o dos veces por la semana golpeando una sartén u olla para que los vecinos supieran que está llegando y tuvieran a mano sus ollas, sartenes o algún pote que necesitara reparación. Ya que el chino Corona las llevaba y al día siguiente ya estaban como nuevas. Algún hoyito, el asa desprendida, todo lo podía componer, siempre que fueran de lámina o zinc. Fue un personaje que por cierto su oficio ha desaparecido, ya que cuando alguno de los enseres antes mencionados tuienen alguna avería, simplemente se tiran a la basura.

En una colonia o rumbo de la ciudad que se precie de importante no podía faltar en sus alrededores de la carnicería, en el caso del  que lo cuenta- estoy hablando de mi colonia o rumbo- hubo en su mejor época dos, una que se encontraba enfrente de la tienda El Cocoyol,- en ese entonces administrada por don Milo,- y que perteneció a mi tío don Amado Boffil, que en su buena época fue también el zar de los perros calientes. Otra de las carnicerías se encontraba en la calle 38 con 71 y que perteneció a don Chumin, quien con su inseparable ayudante El Mozo, despachaba a la clientela los más variados cortes de carne ya sea vacuna, porcina o de granja, huevos y la siempre solicitada manteca. A un lado se encontraba instalado el puesto de verduras de don Pancho, quien con su agilidad para sacar cuentas despachaba y cobraba al mismo tiempo. En muchas ocasiones cobraba de más pero ante la rapidez con que sacaba las cuentas, los clientes no se percataban de ello. 

Aunque había una tortillería en la esquina de El Río Hondo( de los hermanos Viana) , a casa de mis tías Cachón y en la de la mamá del de la letra, las tortillas las llevaba un señor que conocíamos como don Chato, quien en su inseparable jeep color verde, de manera puntual llevaba las tortillas a la puerta de nuestras casas sin importar las inclemencias del tiempo. Pero cuando se requería comprar pozole o bien masa para hacer empanadas se acudía a la tortillería de Rosita Viana.

La tarea alfabetizadora no podía faltar en el rumbo, para tal efecto, las mamás que querían que sus hijos aprendieran a  leer o mejoraran su escritura y lectura, no dudaban en acudir a doña Chepita, persona ya entrada en años que dedicaba sus últimos años en la enseñanza y perfección de las primeras letras. En su casa se les atendía y en sillitas y con una pizarra, hacía su labor docente, ayudando de esta manera a aquellos niños que presentaban algún problema de esta índole. Muchos fueron los niños que asistían a ese casa, fje el origen de lo que hoy se conoce como asesorías.

Para mantener el cabello a raya y tener al alcance el servicio de rasurado, se contaba con la presencia en el rumbo de un peluquero, de nombre Saturnino Echeverría, pero que era conocido como don Satur, todas las personas acudían a su peluquería ubicaba contraesquina de El Río Hondo, cabe hacer mención que en esa misma casa la habitaba con su esposa, dona Irma, quien se desempeñaba como suministradora de productor hortícolas-vendía verduras- pero un rasgo que la caracterizaba era que algunas de ellas las guardaba en su ropero. Aunque también había otra persona que mercaba con verduras que era doña América.

No hay que olvidar a las bellas de la cuadra, que cada domingo por la tarde salían de casa de doña Elda luciendo sus galas para ir a gastar la suela de sus zapatos al salón de fiestas Montejo, recuerdo sus caritas bien maquilladas a doña América, Tomasa y Elda. Como los toreros el día de su presentación, ellas también partían plaza.

Pocos teléfonos había en los tiempos dela infancia del narrador , y por la casa había uno en la esquina del Río Hondo, pero cuando se necesitaba pedir gas u otra cosa, con miedo teníamos que ir y pedirle al dueño, don Eustaquio que nos lo alquilara. el de la letra recuerda un teléfono de esos que no tenían auricular separado y cuyo disco estaba en la base y era de color rojo.  Otro personaje que vivía en la penumbra siempre, enfrente de la casa del de la letra era el zapatero del rumbo, don Severo, de nombre y aspecto, que reparaba una suela, como una tapita o bien otro desperfecto. Estaba casado con doña María. No  tenían hijos y ya estaban entrado en años, en muchos, auqnue era vecino siempre le teníamos temor y por lo general no usaba camisa sino una sport o una camiseta con las mangas cortadas.

A la vuelta de la casa, en un local de grandes puertas y pequeñas ventanas, vivía una pareja, esposo y esposa que se dedicaban a preparar medicinas, eran los boticarios desconozco si tendrían algún estudio de química, pero su local o botica era la indicada a acudir cuando se tenía una afección, en el mayor de los casos sin consultar al médico. Él de figura delgada y demacrada, ella misteriosa y con ojos y cabello de virgen, nos recibían y esperaban  nuestra petición, allí se preparaban papelitos para alguna dolencia leve, si se tenía alguna dolencia relacionada con tos o catarro, era obligado ir a pedir que se preparaba Cuatro Jarabes, desconocemos que contenía pero si era efectivo. Todas las dolencias se podían solucionar al visitar a esas personas que nunca supimos sus nombres.  Era una botica y casa a la vez lúgubre pero con una riqueza en la alquimia.

Y un personaje que merece nota aparte pero que ahora solamente se mencionará de manera superficial, conocido por el rumbo como  Rachito, y de nombre Rafael Carballo Rojas. Él  cantaba en los camiones de la Alianza de Camioneros de Yucatán, aquellos camiones rojos. Usaba el mismo uniforme que los camiones. Es, posible que tuviera  poliomielitis u otra afección, que si bien daba un poco de temor, era muy agradecido y siempre nos brindaba una sonrisa, se decía muchas cosas del, que si tenía mucho dinero, que si tenía casas, pero lo cierto es que vivía al lado de la casa del de la tinta con su mamá doña María y su perrita NicteHá, blanca ella. Su casa siempre olorosa y limpia con amplio patio donde de vez en cuando subíamos al techo con mis primos y hermanos para agarrar de su mata algún saramuyo. Cuando doña María murió, el se quedó solo por poco tiempo, ya que a los pocos meses se vio a una mujer que vivía con ´+el, decían que era su novia o acompañante. Estuvo con él hasta que Rachito falleció. Su casa se cerró y con el paso del tiempo quedó abandonada como lo está hasta el día de hoy. Bueno hasta aquí mis caros y caras lectoras,  una parte de los  recuerdos  de la infancia y juventud del que lo cuenta, en otra entrega se continuará con otros personajes. 

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