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Fuerzas que nos mueven (2)

Para poder compartir todo lo que una disciplina nos motiva, ha de haber  un camino para forjarla. Desde niña me vi en un aprecio muy especial hacia los colores. Las reales motivaciones vienen de más allá de la niñez, y tienen todo que ver con el alma que a veces es más antigua que nosotros mismos. En la niñez se implantan muchos motivos, pero no hay que olvidar que son de base añeja ya que el alma tiene ese sustrato que solo cada ser conoce.  No es solo sentarse y hacer. No es solo salir y vivir. Es saber que ese hacer de vida conlleva una motivación y sentido. Así se plantean las temáticas y se realiza la obra de a poco. Nunca una obra plástica se produce como si fueran salchichas en una línea de producción.

 El sentido de originalidad se siente desde temprano. No es necesario saberlo todo. Mucho menos es necesario saber con tanta claridad de dónde proceden nuestros motivos. Sabemos que el idioma del alma no es con palabras y esos sentires que de pronto nos dan paz y movimiento ya lo dicen todo. Cuando sentí los colores por primera vez, éstos me marcaron. Percibía mis preferidos, que han ido variando. Más adelante me di cuenta que algunos de ellos me representan el color de cada día de la semana. Así pues, en los momentos de encierro de un ciclón,  me dedique a expresar en pequeñas hojas cuadriculadas como sentía cada día con  sus movimientos especiales y su colorido. Los guarde varios años, fue un arquitecto que impartía clases de dibujo en la Escuela de Arquitectura quien destapó la fuerza en mí y me dijo -Esto tiene que ver la luz en formato grande-.Hasta ese momento todo lo mío había sido acuarela y más acuarela en temática de naturaleza del entorno. Él, que me enseñó a trabajar el acrílico pudo ver esta primera parte, porque a los pocos años falleció. Así la motivación quedó. Tomó un camino personal. Hay seres que están un rato y dejan huella para largo camino.

No nos perdamos en las vorágines que nos conforman Y qué veces nos agobian, hagamos el esfuerzo de valorar lo sencillo, que ahí en el vivir diario esta la real virtud. Más adelante me encontré con que ya se habían hecho estudios respecto a la dinámica de los colores en relación a los sentimientos humanos. Las virtudes del ser humano tomaron un colorido y me produjo especial felicidad cuando lo percibí como tal. Estaba perfeccionando la técnica de los lápices de color con una maestra muy profesional y así las virtudes (que no son solo sentimientos, son más bien acciones que nos habitan y nos hacen ser de una manera especial) comenzaron a tomar forma en trazos abstractos de movimiento de Zen Doodling (una manera de trazar desde el alma, con ingenuidad) recovecos que lo que nos representan es el trazo libre. Se logra una base de primera intención y ahí se asientan los colores.

Quienes hacemos plástica tenemos que motivarnos. Lo que hacemos no es invento, es parte de lo que nos define y es lo que somos. Hacer por hacer no es propiamente algo divertido, así que quien solo hace para comerciar, creo yo que se priva de dar pie a procesos más sentidos.

¿Qué es la fidedignidad? Es la respuesta genuina a nuestras motivaciones. No resulta tan fácil si no lo hemos practicado desde la infancia, pero no es nada difícil si uno se lo propone y va aligerando  mucho el camino que puede reconducirse a cualquier edad. Perder el miedo. El hecho de estar haciendo para satisfacer demandas que vienen de fuera de nosotros, puede resultar agotador.

Cuando se abrió el mundo de los Mandalas como parte de mi quehacer de plástica me di cuenta que eso era en mucho un camino importante, me ha dado un filón de todo lo que con eso estoy plasmando. Así, comencé coloreando al principio para luego cerrar la etapa de únicamente manejo del color y empezar a diseñar desde la imagen básica y total del mandala.

Ya venía yo bordando mandalas cuadrados en diversas imágenes. Ahora habría que diseñarlos desde el primer punto hasta la última línea y trazo.

La vida diaria bien llevada tiene puertas abiertas para implementar lo que no siempre percibimos por la vida agitada, dan paso a eso que guardamos y que a veces ni nosotros mismos  sabemos.

Al continuar dentro de mis textos, a parte de las enormes gratificaciones de haber llevado un taller de arte con niños, me van apareciendo en  las líneas que releo, una serie de otras experiencias compartibles.

 Me encuentro como mi madre iba dirigiéndose a volver a ser una niña. Cuando la observaba tan frágil, le proponía  que fuera tan solo de observadora al taller de arte y gozase desde su silla un rato de actividad creativa desplegada por estos niños que lo daban todo a la hora de plasmar. Nunca lo logré. Me decía que sí iría, pero me daba cuenta que era mera fórmula para que ya no se lo volviera a proponer. Nunca fue más que a las expos finales y aunque poco expresiva, le notaba sonreír. Cuando algo no es lo tuyo lo compartes pero no te llega igual. Que ironías, mi padre que fue el motor de todo, ya se había ido y apenas supo de esta etapa con los niños.

El no haber compartido todo con todos los seres que nos importan, no debe ser un pesar, porque hay que volver a recordar y dar sentido nuevo. Cada ser tiene su tiempo y espacio en nosotros.

Combinaba yo todos mis asuntos de las clases y de la casa con el estar lo más posible pendiente de mi madre, entre las cosas que más disfruté fue llevarla todos los martes a sus diligencias. Solíamos salir temprano para que no se asoleara, ya que no se bajaba del auto. Cuando salía a diligenciar con mi madre era toda una odisea. Obviamente mis pendientes quedaban supeditados a los de ella y tal vez ni los hacía el mismo día. Salíamos con un derrotero claro que ella apuntaba, mas yo tenía que estar atenta a que se cumpliera como ella lo deseaba.

Mujer de carácter fuerte, que empezó su vida de pareja bastante grande y más que nada porque a ella y a mi padre los atropelló la vida de matrimonio. Fueron presentados por un amigo mutuo, tardaron años en casarse y se vieron poco durante los siete años de espera para hacer su propia familia. Mi padre estaba más que nada apoyando a sus hermanos en la industria incipiente que desarrollaban y vivía prácticamente en el norte de la península. Venía a ver a mi madre los fines de semana. Ellos vivieron acorde a las normas de su época, mi madre acompañaba a la suya ya adulta mayor. Lograron un ambiente muy acogedor en su casa sobre todo alrededor de una buena mesa. Continuará.

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