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Apuntes Desmemoriados (3)

Portrait of Italian actor Marcello Mastroianni (1924 – 1996) while smoking a cigarette, Rome 1960. (Photo by Archivio Cicconi/Getty Images)

    Evocando mis años felices en la Angelina Cintra, una de las diversiones a la salida de clases, era acudir a la nevería. En ese tiempo, había varias en el centro de la ciudad, en cuyos alrededores se ubicaban muchas escuelas y academias.

   Por motivos de segregación social, algunas jóvenes tenían implícitamente vetada la asistencia a determinadas neverías, a pesar de que las más nutridas y animadas eran las que incluían rockolas: aquellas máquinas luminosas que activaban sus discos al insertar una moneda de veinte centavos después de seleccionar el título musical.

   Funcionaban con proximidad unas de otras: “La Parroquia”, enfrente del Parque de la Madre, con especialidad en “chufas de horchata”; “Mèzquita” enfrente del cine Principal, calle 60, con especialidad en aguas de cebada ; “Vita-Milk”, famosa por sus copas enormes rebosantes de chocomilk con dos popotes, en el Pasaje de la Revolución; “La Tropical”, con sus aguas de frutas tropicales y horchata, muy cerca de la iglesia Las Monjas; la fuente de sodas de la Farmacia Puerto, en la 60 con 63, que elaboraba empanaditas hojaldradas, deliciosas.

   En contra esquina de la Universidad estaba la fuente de sodas de las Hermanas Rodríguez, famosas por sus panecillos llamados “medias noches” rellenos de paté. (Aquí me transporto a otra época, para referir una anécdota: durante una cena que me tocó cubrir como reportera, los azares del destino me llevaron a sentarme junto a Maese Salvador Novo. Confió que años atrás, para escribir su libro sobre gastronomía mexicana, viajó a Mérida, donde experimentó gran frustración cuando las hermanas Rodríguez se negaron a revelar la fórmula del paté de las “medias noches”.)

   Las de la Angelina acudíamos a Mèzquita. Mi amiga Mela Calles y yo, solìamos pararnos en una de las puertas, a evaluar del 6 al 10, a los muchachos que pasaban por las banquetas. Tomando en cuenta que teníamos 14 años, los universitarios avanzados se nos figuraban viejos; los de prepa, desgarbados y flacos; era más entretenido inventarles nombres a los desconocidos, según sus características físicas.

   Un día asomó un ejemplar diferente: muy alto, moreno mediterráneo, cabeza noble, mandíbula cuadrada, mirada profunda, con un aire familiar a Marcello Mastroiani. Lo calificamos Sobresaliente y lo bautizamos Antonino.

   Comenzamos a observar a qué hora pasaba, pero nunca volteó para donde estábamos, así que podíamos admirar su bello rostro sin agobio de ser descubiertas. Lo más que pudimos averiguar de él, fue que estaba pasando un año de intercambio escolar en casa de una familia conocida.

   Una mañana, yendo por la Universidad rumbo a la nevería, descubrimos que Antonino iba delante de nosotras. Él giró a la izquierda y entró a la iglesia de Tercera Orden. No podíamos seguirlo. Ninguna llevaba a la mano alguna mascada o pañuelo para cubrirnos la cabeza, como demandaba la práctica en la época anterior al Papa Paulo VI. ¿Qué hacer?

   Mela, que era rápida de pensamiento, se acercó a la viejecita que vendía misales y estampitas en el atrio de la iglesia y le pidió prestada su mantilla negra. Entramos andando como siamesas, ya que la mantilla cubría las dos cabezas al mismo tiempo y teníamos que caminar sincronizadas.

  No había más gente en el templo y nos sentamos atrás, en una banca de posición perpendicular. Antonino estaba arrodillado, cruzadas las manos, mirando al altar; su perfil romano era un espejismo en aquel entorno. Lo contemplamos extasiadas. Tal vez la fuerza de nuestras miradas lo impulsó a voltear y, al descubrirnos, sonrió más consigo mismo que con nosotras.

  Fue suficiente para una semana de lucubraciones y estrategias. Discurrimos otros encuentros hasta que una tarde, al salir del cine, descubrimos la triste realidad: nuestro ícono tenía novia. Y para mayor indignación, la muchacha era totalmente opuesta a los estrictos cánones de belleza. No podíamos dar crédito, ¡nosotras teníamos mejor fachada! Después de algunos razonamientos, concluimos que aún nos faltaba edad, y dimos vuelta a la página.

  Tiempo después, cuando en alguna revista mirábamos fotos de Marcello Mastroiani, venía a la mente la imagen del Antonino idealizado, al que nunca volvimos a ver.

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