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“Un cuento cruel”, de Justo Sierra Méndez

Justo Sierra Méndez (Campeche, 1848-Madrid, 1912).

Uno de los libros de título desafortunado en la literatura mexicana es el de Cuentos románticos, de Justo Sierra Méndez, debido a las connotaciones que la palabra “romántico” tiene en nuestro país, relacionadas con el sentimentalismo ingenuo y el apasionamiento exagerado. Pero el romanticismo es muchísimo más que eso e involucra temas e imágenes de todo tipo. En realidad, el romanticismo –en el buen sentido- sigue siendo una tendencia literaria vigente a través de sus metamorfosis. 

Por ello, tanto “Un cuento cruel”, en realidad una novela corta, como los otros relatos incluidos en dicha compilación en 1896, se alejan un buen tramo de la visión estereotipada del romanticismo. Originalmente, el texto fue publicado en 1868 sin título en seis entregas en el periódico El Monitor Republicano y al publicarse en el libro el autor le puso un título que evoca los cuentos crueles del escritor francés Villiers de l’Isle Adam, aunque éstos son más breves y se basan en una visión de mundo menos atada a ligaduras morales.

El eje en este caso es amoroso, marcado por un amor imposible o difícil de lograr, con la presencia de una tercera persona, que sería la ideal, aunque termina siendo desplazada. Es un relato enmarcado porque inicia con un narrador que forma parte de un grupo de jóvenes que beben ajenjo y refrescos helados en el patio de un café y donde uno de ellos, “un hombre hecho y derecho” y de unos treinta años de edad, de nombre Carlos Alheño, cuenta su historia, la cual forma la mayor parte de la novela, pues llega hasta el momento en que él decide ser religioso, además de incluir una carta en la que se relatan otros hechos. La parte final está a cargo otra vez del narrador inicial, conforme a lo que éste pudo averiguar acerca de esta historia.

Con la vida del protagonista se repite un tema constante en la literatura hispanoamericana, que es el del cautivo de origen europeo o urbano que termina asimilándose y hermanándose con sus captores indígenas, pues al papá y ayudantes de Carlos los mataron en una persecución contra los apaches y a él, por ser niño de diez años, lo integran y educan dentro de la comunidad étnica. Carlos termina convertido en uno de sus líderes y manteniendo sus costumbres, como la facilidad de matar sin remordimientos, bajo una idea de salvajismo propia de la época.

Es de llamar la atención el tema, dado que en esos años los apaches invadían el territorio mexicano y causaban estragos entre la población. Aquí aparecen con uno de sus integrantes involucrado en la sociedad mexicana y en la de algunos países europeos, además de que se habla de su reivindicación territorial, luchando por no ser obligados a residir en reservaciones. Estos indígenas tienen dinero por el oro que han encontrado en minas de la región, dinero que entregan a Carlos y que hace parecer que funcionan como un grupo delictivo tipo mafia, ya que incluyen a un francés también asimilado y la contratación de agentes extranjeros, ingleses por ejemplo. Estas intrigas recuerdan las narradas en las novelas de don Justo Sierra padre.

Cuando Carlos está a punto de lograr su amor, “civilizándose”, por Adelaida, ocurre algo que lo obliga a matar, ya sea en duelo o de plano en el homicidio en lucha cuerpo a cuerpo. Trata de ingresar al sacerdocio, pero la fuerza del amor lo impele y su propósito termina de manera trágica. Algo recuerda esto al drama Don Álvaro o La fuerza del sino, del Duque de Rivas, y su trasfondo existencialista, con la diferencia de que aquí hay contradicciones extremas en el protagonista. Una de ellas es el de la idealización de su madre y la otra su inestabilidad respecto a la mujer: o adorarla por completo o actuar con total misoginia de palabra y de obra.

“Los propósitos de Carlos eran de un réprobo o de un demente. Mas sus palabras decían bien el enorme acopio de amargura que se había depositado en su corazón”. Es un nihilista y le obsesiona el suicidio. Sus acciones implican desprecio por la vida, tanto la ajena como la suya. Su carácter contrasta con el de Adelaida, angelical, pudorosa, virgen. Carlos ha estado con otras mujeres como Beatriz, la viuda europea a la que desprecia, incluso insultando y matando en duelo a su marido y sin importarle el destino del hijo de ésta en un hospicio, dentro de una actitud nihilista, como dice en un fragmento epistolar: “¡Ah! Beatriz, llorarás hasta en la tumba. Fuisteis para mí cieno, corrupción y engaño, yo seré para vosotras engaño, corrupción y cieno”. Su misoginia extrema se aúna al eterno tema de don Juan Tenorio.

Se ve también este daño constante a las mujeres con respecto a Mary, la escocesa, a cuyo hermano ha asesinado y quien tuvo que sobrevivir como prostituta y cortesana. Aun cuando regresa con ella, embelesado por su belleza, sigue pensando en Adelaida cuando está delirando por enfermedad. Ante esa revelación, Mary planea un suicidio donde sólo ella termina muriendo, porque a Carlos le salvan la vida el jefe apache y un agente inglés.

Adelaida termina en la locura, abandonada por Carlos, luego de que éste asesina a su esposo –con quien nunca convivió de hecho como tal, casado con ella por compasión- y le arranca a cuchillo la cabellera al cadáver, emitiendo el ulular apache de victoria. Dejando atrás las tragedias que ha provocado, Carlos terminará reintegrándose a su etnia para encabezar la lucha: destructor personal de vidas y reivindicador social de otras.

Además de su compleja personalidad tan agresiva y sentimental, el personaje de Carlos Alheño hace pensar en circunstancias históricas posteriores de hombres criados en grupos étnicos del suroeste norteamericano y del norte mexicano, que se incorporaron a las luchas de la Revolución Mexicana y a los grupos de la delincuencia organizada actual. Pareciera un estigma transmitido por generaciones.

Jorge Cortés Ancona

Licenciado en Derecho, con Maestría en Cultura y Literatura Contemporáneas de Hispanoamérica. Es egresado del Doctorado en Literatura de la Universidad de Sevilla con una tesis sobre teatro y boxeo, y cuenta con un DEA (equivalente de maestría) de la misma institución. Ha impartido clases y cursos en diversas instituciones educativas y culturales sobre literatura e historia de las artes visuales. Ha escrito numerosos artículos y entrevistas sobre temas culturales y figura en varias antologías de poesía.

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