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Fuerte contraste entre clásico y romántico da maravilloso encanto al sexto programa de la OSY

Juan Carlos Lomónaco dirigiendo la OSY. Foto de Salvador Peña L.

Mozart y Schumann son representantes, cada uno, de dos corrientes que se consideran opuestas, Wolfgang es la máxima figura del Rococó o Clásico; y Roberto, por su parte, es un destacado líder del Romanticismo, ya con sus lineamientos perfectamente definidos. Con Ludwig van Beethoven se inicia la transición de uno a otro género, el gran Sordo de Bonn, nos presenta en su obra rasgos clásicos de una perfección absoluta, pero en otros pasajes, aborda un desborde de los sentimientos que nos anuncia ya el naciente romanticismo que revolucionará el mundo del arte por completo. El contraste entre dos obras de estas corrientes opuestas de alguna manera, lejos de constituir un rompimiento entre ellas, fue un rico y emotivo contraste que llenó de color y emociones el sexto programa de la Orquesta Sinfónica de Yucatán, y que sacudió el alma de la numerosa concurrencia que pobló todos los niveles del Teatro Peón Contreras el pasado domingo. Prueba de ello fue la larga y sonora ovación final, de pie y entre gritos de bravo del respetable. Un concierto que podemos calificar de muy afortunado en todos los aspectos.

La serie de sinfonías que Mozart compuso, entre la No. 27 y la 41, constituyen algo de lo mejor de su producción, así que, la No. 38 está incluida en este importante período. Mozart, es un abundante compositor de sinfonías, sólo aventajado por Haydn que hizo más de cien, pero si la friolera de cincuenta y ocho es una cantidad muy significativa. Hasta hace no mucho, se le conocían cincuenta y siete, pero se ha encontrado una más, así que su número total es cincuenta y ocho. La No. 38 tiene rasgos que la hacen muy especial. Se le conoce con el sobre nombre de Praga, por haber sido estrenada en esta ciudad bohemia. Tiene sólo tres movimientos. El primero es un movimiento de contrastes, ya lo anuncia en su nombre: Adagio. Allegro. El adagio ya es de suyo lento y delicado, y se contrapone el allegro, que es alegría rebosante. El segundo, Andante, es el segundo movimiento casi reglamentario entre los autores del clasicismo, y cierra con un Finale. Presto, que es un verdadero derroche de alegría. Así pues, es una obra muy equilibrada, cómo todas las de Mozart, de una perfección que nos da nota de su inigualable genialidad. Es una sinfonía un tanto breve, pero muy expresiva y emotiva.

El primer movimiento, se inicia con solemnidad en la voz del oboe y entran las cuerdas, la flauta acentúa y los timbales marcan un cambio y la música sube en forma dramática y la emotividad se acentúa; nuevo cambio a fuerte pasaje que los timbales remarcan, las cuerdas cantan con flauta y oboe y luego lo hacen con el fagot que se escucha dulcemente, la voz de los cornos anuncia nuevo cambio, entra el tutti y sube la fuerza, canta el oboe y responden las cuerdas con los timbales, se van alternando pasajes suaves y fuertes, nuevo diálogo cuerdas fagot y se desborda la fuerza alternando nuevos pasajes y nos llevan a alegre final del movimiento. El segundo movimiento, dan inicio las cuerdas suavemente, entran flauta y fagot, las cuerdas abordan pasaje en stacatto y las maderas marcan nuevo cambio, los cornos levantan la voz para abordar un pasaje que es un remanso de paz, una larga nota de la flauta marca nuevo cambio, el oboe con las cuerdas toma dulce pasaje y luego éstas con la flauta y sube algo la fuerza, pero se vuelve a suave y marcado pasaje, las flautas cantan y responden los cornos y las cuerdas toman dramático cambio donde se retoma paz y dulzura para un plácido final. El tercer movimiento, inicia con fuerza y dialogan flauta, oboe y fagot, entra el tutti con fuerza, hay un nuevo diálogo entre las maderas que las cuerdas responden y de nuevo el tutti con fuerza y la alegría se va desbordando, el pasaje se repite con fuerza y alegría y de nuevo el tutti fuerte y alegre va subiendo cada vez con más fuerza y nos lleva a tremendo final del movimiento y la obra. La primera ovación es fuerte y muy sonora, larga, hace salir varias veces al director.

La Sinfonía No. 2 de Robert Schumann, es una obra que fue concebida y esbozada en una sola noche, como las otras tres, esta obra es muy melódica, además, es de la música más espontáneamente alegre que el autor compuso. En ella se da algo que se presenta en sus otras tres sinfonías, un tema que se repite y sirve de enlace a la obra, en el caso de esta obra se trata del tema de los metales que aparece en el primer movimiento y reaparece en el segundo y el cuarto. La obra se compone de cuatro movimientos: Sostenuto assai. Allegro ma non troppo, Scherzo: Allegro vivace, Adagio espressivo y Allegro molto vivace. Los compositores románticos de sinfonías, encontraron en Beethoven un modelo a seguir que se convierte en un cartabón, así sucede con Schubert, Mendelssohn, Berlioz y Brahms, pero Schumann se sale de esta línea y tiene una total independencia en sus obras. El tercer movimiento, Adagio espressivo, es una verdadera cumbre de la belleza lírica y de la efusividad del romanticismo y es un fuerte contraste con el final desbordado del cuarto movimiento. Se dice que esta segunda sinfonía es la más sinfónica de las sinfonías de Schumann.

El primer movimiento, tiene un inicio colorido y sentido que cantan los cornos con las cuerdas y entran las maderas y se desborda un profundo sentimiento que marca un cambio con fuerza que va subiendo y da entrada al tema de los metales que se desarrolla con alegría, se marca un cambio y la alegría persiste con fuerza, la voz de los cornos marca nuevo cambio más fuerte y dramático y se ejecuta pasaje sonoro que se va desbordando para llevarnos a sonoro final. El segundo movimiento, inicia con alegría que corre como galopa, las flautas cantan con las cuerdas y dialogan con alegría los timbales acentúan y maderas y cuerdas entablan un diálogo que se repite y entran los metales con brillo con el tema del primer movimiento y la música da un fuerte cambio para retomar el diálogo de flautas y cuerdas y entra el tutti con fuerza, las cuerdas abordan un pasaje alegre y el oboe canta con ellas, los diálogos se van alternando y entra el tutti y la fuerza va subiendo y nos lleva a brillante y sonoro final. El tercer movimiento, inicia suave y sentido por las cuerdas y entra el oboe con gran dulzura acompañado por el fagot y entra la flauta y dialogan con gran sentimiento, los cornos marcan un cambio y maderas y metales cantan y entran las cuerdas y se desarrolla dulce pasaje, el clarinete levanta la voz seguido de la flauta y se unen oboe y fagot y la emotividad crece a raudales, los violines emiten delicadísima nota, viene un delicado pasaje del fagot con las cuerdas y entran flauta y oboe y se desborda un profundo sentimiento, cantan clarinete y oboe y la flauta tercia, la música se torna tremendamente emotiva para llegar a un sentidísimo final. El cuarto movimiento, tiene un fuerte y brillante inicio del tutti que se va desarrollando con alegría, los cornos ponen fuerte acento y la flauta un detalle y la música va subiendo con fuerza para bordar brillante pasaje, las cuerdas cantan con brillo y el trombón bajo pone fuertes acentos y se entra a un dramático pasaje que se va elevando y se llega a un silencio y entran oboe y flauta y sube con fuerza más y más, dialogan las secciones el tutti canta con gran fuerza que va subiendo para desbordarse en tremendo y emotivo final de la obra. El respetable estalla en sonora ovación y se van uniendo los gritos de bravo y se va poniendo de pie toda la sala lo que hace salir al director varias veces y se va poniendo de pie los solistas. Salimos del Peón Contreras con el alma de Schumann entre los nervios.

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