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El entierro de un glifo enorme
(En recuerdo de Yuri Knorosov)

Para Alfredo Barrera Rubio, gran maestro de arqueólogos

El rostro triste y demacrado

la mirada y las cejas duras y desaliñadas

como un glifo encarnado en la piedra

de un dios del trueno furibundo

el señor enardecido por la penuria la incomprensión y la amargura

como un jugador de pelota maya

después de un partido

a punto de ser sacrificado

frente a todos los que presenciaron

el juego

con la sombra del aro de piedra

entre las ojeras oscuras

en la noche de tu cara

como un fantasma cansado y afligido

en las calles abandonadas

de Moscú a Leningrado

como una ceiba errabunda

en la planicie de Yucatán

estás ahí en el Salón Azul de aquel auditorio

en esa noche de Mérida

como un murciélago en la madrugada

alimentándose de una fruta

del árbol de guayaba

o de una pitahaya mordida por la luna de ese día

o la flor blanca de esa planta que sólo se abre en la noche

como un estante envejecido y encorvado

cansado de soportar su propio peso durante años

estás ahí

escuchando el murmullo de la sala detrás de ti

como un sonámbulo

que mira solo ante sí

los viejos glifos de la cultura maya.

II

moribundo y abandonado por todos los tuyos

en el pasillo miserable

de ese hospital deshecho

de enfermedad y de dolor

abandonado ahí hasta morir en ese sitio

murmurando el último glifo maya

que nadie oyó

ni sabrá nunca

su significado final

estás ahí

muriéndote

sin que nadie venga por ti para ayudarte

abandonado

y después

para ser enterrado en un terreno baldío

que antes fue un basurero

habilitado como cementerio

el ataúd que te contenía

frío como aquella tarde

antes de ponerse el sol

(símbolo maya redondo y luminoso

antes de ponerse la noche)

tu escritura final

una palada de tierra y otra y otra

sobre tu caja (fruta final de tu vida)

no enterraban a un hombre

sino a un enorme glifo maya.


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