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Armageddon

Año 2050. La tremenda sequía que azotó el planeta tierra por aquella época, como se venía anunciando a principios del siglo 21 (calentamiento global, cambio climático y otras calamidades con que los humanos hemos sido artífices). Nos trajo a Jose y a mi temor y dolor que nunca antes habíamos conocido. En nuestra experiencia, el sol no era nunca cruel y DIOS miraba por las vacas, los caballos y todos los animales. Cuando un animal sufría, era por que el hombre de algún modo le hacía sufrir. A veces pensábamos lo que haríamos si fuésemos vacas o caballos, y siempre decidimos que saltaríamos todas las albarradas hasta llegar al monte, donde no hubiese persona alguna, y ahí viviríamos en completa felicidad, aguardando la hora de morir en paz debajo de los árboles y acostados en la yerba seca.

La sequía se inició cuando fallaron las lluvias de otoño. Cuando llegaron las lluvias invernales, la tierra estaba demasiado fría para sembrar nada, las semillas no brotaban, y el ganado hambriento se comía la poca yerba hasta la raíz.

Los campesinos y ganaderos, al no poder alimentar a los caballos viejos y carentes del valor necesario para matarlos a tiros los saltaban por las carreteras. A lo largo de las mismas podían verses manadas de caballos y de reses, raspando la tierra en busca de raíces. A medida que progresaba la sequía y continuaba el calor calcinante, las manadas iban disminuyendo en número. Cada día los más débiles se tambaleaban y caían.

En el horizonte en uno de los incendios dispersaban olor a quemado inquietante.

Grupos enteros de vacas murieron en los corrales. Se desplomaban de costado removiendo la tierra que hacían en su lucha por levantarse.

A José y a mí, la muerte de animales en el corral no nos afectaba tanto como los que lo hacían los animales en la carretera. Estos últimos nos parecía que no tenían amigos y estaban abandonados. A diferencia que las reses y los caballos de los corrales tenían dueños que sufrían por ellos. Tanto las reses como los caballos al ir al casi seco bebedero eran cada vez menos.

Una noche contemplando la puesta del sol, vimos llegar a los caballos con el clásico ruido de los cascos contra las piedras, eran 20 o más, con la cabeza baja, y todos tambaleándose un poco, algunos apuraron el paso. Una yegua la que se le notaba perfectamente las costillas, se encogió de pronto. Dobladas las patas bajo el cuerpo, y cayéndose delante de tal modo que su hocico cayo a la tierra antes de desplomarse de costado. Hizo un esfuerzo desesperado para levantarse, pero las patas cedieron y volvió a caer. Le grite a José que la levantemos, que un poco de agua le daría fuerza. Tenemos que hacerle beber agua. Y en ese momento trajimos un cubo. Cuando el cubo adelante, levanto toda su cabeza y sorbió con tanta fuerza que bajo el nivel y en un minuto vació el cubo. Le llevamos otro e igual se lo acabo de un tirón… Acabe muy cansado me acosté en el suelo y quede tendido junto a la yegua de tan cansado. José dijo que ahora tendría que comprar agua a mí.

Se sentó a mi lado, mirando las estrellas y así permanecimos largo tiempo sin movernos ni hablar. Todo lo que escuchaba yo, era el trabajoso y triste respirar de la yegua. Finalmente dio su último aliento, y cerrando los ojos se desvaneció junto a mí. Por un momento pensé que como aquel de la yegua sería el final de la raza humana.

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