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Guadalupe Franco, una vida por la música

Dona Lupita Franco ejecutando al piano.

Con la gloria cumplida de cien años de vida en el pasado septiembre, incansable en el arte de la música, la mañana del domingo 17, Lupita Franco regresó al mundo de donde vino a este terrenal, se unió de nuevo, en paz, en forma tranquila y natural, al eterno mundo de la música, a donde pertenecía por derecho propio. Rodeada de amor y cariño de todos los que tuvimos el privilegio de tratar con ella, el sonido esencial de su teclado guardo silencio para dejarla transitar a la luz. Lupita Franco, se ha hecho eterna ausente, físicamente, pero vive a perpetuidad en un valioso legado que construyó con una vida laboriosa y fértil, dinámica y perseverante, llena de amor por el arte, a quien entregó los días más productivos de su larga vida. Maestra de muchas generaciones de pianistas, que van por el mundo replicando su legado. Acompañante infalible de cantantes que encontraban en la precisión de su piano, el concurso indispensable para hacer de cada canción una creación única y maravillosa. Mujer de trabajo incansable, luchadora de la educación, maestra en toda la noble extensión del concepto. Su ausencia, de ahora y para siempre, nos ha dejado un vacío muy difícil de llenar.

Conocí a Lupita Franco en 1968, en el coro de la iglesia de Santa Lucía. En ese entonces, era la organista titular de esa antigua parroquia meridana; acompañaba al grupo de voces femeninas integrado por las hermanas Isela y Alicia Pasos Marrufo, y la gran soprano Nidia Canto Ríos; a este ramillete de voces femeninas, solía unirse la voz del Tenor de Yucatán, Eduardo Rosado Guillermo. En ese entonces, la iglesia de Santa Lucía era una de las más solicitadas para misas de bodas y quince años, por lo que no sólo acompañaba al grupo coral, también dirigía al conjunto de cuerdas que cubría la totalidad de los actos litúrgicos de la parroquia, y que estaba integrado por Eleazar Méndez Aguilar y Leonel Canto Hernández en los violines; completaba el grupo Mimí Concha Burgos al violonchelo; algunas veces participaba también Don Pepe Barrera al contrabajo. Este mismo grupo, con Lupita Franco a la cabeza, actuaba también en la capilla de las Madres de la Luz, así como en la parroquia de Itzimná. Su repertorio musical era muy amplio, pues Lupita poseía un importante archivo de obras musicales arregladas para esos grupos pequeños de instrumentos.

Lupita Franco, se formó como pianista en la inolvidable academia de Doña María Aznar, donde fue condiscípula de Isela Pasos y María Teresa Rendón. Años después, las tres formaron sus propias academias, pero se juntaban para presentar a sus discípulos en recordadas audiciones, casi siempre en el Teatro de la Universidad de Yucatán. Gratas noches de veladas pianísticas, en las que, talento y juventud se daban la mano para escribir páginas de arte en las noches del Mérida de ese entonces. También fue maestra de piano en la Escuela de Música del Centro Estatal de Bellas Artes. Luego vinieron los tiempos de la Asociación Gustavo Río, en cuyo seno se contó con la participación de tres pianistas acompañantes esenciales: Doña Lupita Peraza de Núñez, Lupita Franco de Martínez y Conrado Peniche Sierra. En ese ámbito, participó en las puestas de importantes obras como Luisa Fernanda, El Huésped del Sevillano; Agua, Zucarillos y Aguardiente, La Marcha de Cádiz, La Gran Vía y otras más. Posteriormente, su casa se convirtió en un obligado punto de reunión para efectuar veladas que eran un verdadero torneo del canto, a las cuales concurrían los mejores intérpretes de la época como Lilia Argáez, Silvia Albornoz, Mario Acereto, Felipe Serrano y otros más, de grata memoria.

Su incansable actividad en el mundo de la música la acompaño hasta el final de sus días, su piano estuvo activo hasta sus últimos tiempos de vida, pues conservó una gran lucidez, rara cualidad a su tan avanzada edad; era un gran placer oírla abordar temas como Granada o la Danza Ritual del Fuego, los cuales interpretaba totalmente de memoria, y con una gran agilidad en la digitación, como si la más plena juventud impulsara su alma. Vivió plenamente su mundo de la música en todos los momentos de su vida, y en ese torbellino de notas, se dejó arrastrar y sin dolor ni pena, se reintegró al eterno mundo de la música, al mundo al que ella pertenecía sin discusión alguna.

¡Hasta siempre querida Lupita, ya la música nos volverá a unir en el infinito!

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