Bienestar Espiritual

“La vida es la constante sorpresa de saber que existo”

(Rabindranath Tagore)

En tiempos de los primeros los filósofos griegos, estos señalaban a sus discípulos que la filosofía nace de un encuentro, este encuentro con la verdad -podemos decir la realidad- que genera una impresión inicial en la persona el “Taumatzein”, es decir “maravillarse”.

Lo que “Maravilla”, es ocasionado por un suceso o cosa extraordinarios que causan admiración. Maravillarse viene de Maravillar, que es causar admiración a alguien o también ver con admiración. En la generación de nuestro los abuelos o ancestros, era notorio este “sentido de admiración” en lo cotidiano, a través de la naturaleza, su trabajo, sus relaciones, su vida, porque su cotidianidad era sencilla. En este sentido, podemos decir que la admiración era una constante en sus vidas, una realidad cotidiana y común, venia incluida con el descubrimiento de la verdad.

Comparto una experiencia de la vida de mis abuelos y los de su tiempo. Ellos vivían así: no tenían refrigerador, ni estufa, ni luz, menos televisión, me corrijo la expresión más justa es “no usaban”, no lo necesitaban. Mi abuela se levantaba sin reloj –porque también no usaban-, diariamente poco después de las cuatro de la mañana, nada más exacto y preciso que la sana costumbre. Lo primero que hacía la abuela, era “avivar” la lumbre, la “candela” como ellos decían, señalo avivar porque siempre estaba prendida, el fuego del carbón dormía cada noche como ellos, cubierto por la ceniza y cada mañana mi abuela lo despertaba para preparar el desayuno. En época de los abuelos no había supermercados -al día de hoy el supermercado más cercano está a 20 km.-, sin embargo, ellos tenían una constante y envidiable variedad, de carnes. Fuera de la casa había siempre una enramada donde se encontraban colgados en su salada variedad -la sal es una de las mejores conservas para carnes, ningún depredador se atrevía a ingerir un bocado, creo porque no era para nada sabroso ni gustoso, la solución para quitar lo salado de la carne y cocinarla era simple: agua-, carne de cerdo, pescado y para más frescura, cuando se trataba de carne fresca, mis abuelos la metían en una bolsa de plástico y a su vez en un “sabucán” y lo descolgaban en el pozo, el agua del pozo conservaba durante la noche el frescor de la carne, por eso no necesitaban refrigerador. La luz no era necesaria, aunque tenían una lámpara eléctrica. Los abuelos tenían ya más de 70 años y en su vida casi no habían hecho uso de electricidad, su adaptación a ver con la luz de una vela era sorprendente –Charles Darwin tenía razón, los organismos evolucionan y se adaptan-. El único aparato eléctrico que usaban era una vieja radio de bulbos y transistores, -estos hoy día, creo solo se encuentran en wikipedia o en algún museo- que mi abuelo encendía todas las mañanas mientras esperaba que esté listo el desayuno. Era sorprendente contemplar y admirar todas las mañanas esta forma de vida sin más accesorios que la cotidianidad acompañaba con presencia de ambos y su entorno.

En tiempos de escuela mi hermana y yo desayunábamos con mis abuelos. Pasar por la casa de ellos, -inevitable, por ser la salida a la calle- era como pasar por una aduana, mi abuela nos interrogaba “ya desayunaron”, respondíamos con una negativa que nos cedía el lugar a una “mesa pequeña” –banqueta- pero abundante y rica de cotidianidad, que con las solas tortillas a mano con manteca y el café de olla. El “NO” de mi hermana y mío inauguraba un positivo desayuno.

Ahora tomar y compartir los primeros alimentos se hace complejo, para preparar una taza de café, hay que tener una cafetera eléctrica, azúcar o mejor dicho “sustituto de azúcar”, agua purificada, y café de altura. Y contradictoriamente lo cotidiano se corta si llega a faltar un ingrediente. Recuerdo bien que, si un día no había café, mi abuela quemaba las tortillas y con un poco agua caliente, ya teníamos café para beber.

Encontrarse con lo que causaba admiración y ver con admiración, era un elemento común de la vida cotidiana. Era una vida sencilla y por lo mismo la problemática cotidiana no era más problema que la simplicidad de las situaciones que se resolvían sin más o de la manera más práctica. La admiración, el maravillarse (taumatzein), la sorpresa, estaba unido a lo cotidiano con sus actividades, se “confundía” con ellos. El día era para vivirlo, para trabajarlo, para lucharlo, para sufrirlo, para resolverlo, para agradecerlo al creador, para ver el fruto de las manos, creo que cualquier día, aun los de hoy se puede hacer los mismo, ¿Por qué hemos hecho extraño o extraordinario, lo que siempre ha sido y debe de ser ordinario?

Estamos perdiendo nuestra capacidad de admiración, nuestro taumatzein, hemos hecho de la modernidad una complejidad de lo sencillo. No había nada o había poco que “impresionaba” la vida, porque, lo que impresionaba ya estaba impreso en la propia vida en el día a día. Actualmente hay una necesidad o más bien una ansiedad de enfatizar. Para que algo: un evento, una experiencia, un momento sea maravilloso, sorprendente “hay que enfatizarlo”, para que impacte, para qué nos haga “sentir”. El énfasis citando a Savater “es la magnificación arrebatada de aquello que puede ser o no ser. El énfasis distorsiona por exceso de intensidad,…Llevando a lo trivial, en cuanto necesidad de poner mayúscula a todo lo que sin ella, en su brevedad efímera y conmovedora, debería suscitar tanto nuestro aprecio y nuestro respeto. Todavía lo trivial lleva a algo peor, un afán distorsionador de convertir en monstruoso lo hogareño y peligroso lo útil”. Recuerdo las caras que, hacia un profesor de religión, cuando se enojaba, se ponía como “poseído” cuando uno escribía “dios” con minúscula. Todo el sermón de argumentos racionalistas del porque dios se escribe con mayúscula. Creo que al que había que reclamarle en primer lugar y pedirle la corrección “ortográfica” es al propio dios, “Tu dios -el mayúsculo, el inmenso-, ¿por qué te hiciste hombre -minúsculo-?.

Creo que es necesario dejarnos interrogar por el sano pasado, la simplicidad y sencillez, ¿Por qué tanto énfasis? Desenmascararnos del énfasis ¿Qué hay debajo o detrás de mi énfasis? Y recuperar lo que es nuestro.

A quien afirma que ‘no le sucede nada’ es que ha perdido la capacidad para la sorpresa, ahogado en sus preocupaciones, deseos, trabajos o placeres. Y a quien ‘no le ocurre nada bueno’ es que no tiene la paciencia de ver el auténtico relieve de lo doloroso”, bien señala X. M. Dominguez. No podemos rechazar lo bueno y lo útil que nuestra modernidad nos ha alcanzado como progreso y para mejorar la calidad de vida, pero tampoco debemos olvidar que no hay nada más sabroso y delicioso que una buena comida casera elaborada con la receta original de la abuela, eso puedes ser algo cotidiano. Donde se conserva la receta y haya alguien que lo prepare, es donde lo maravilloso, lo sorprendente, la admiración, forman parte de la vida.

Una anotación sobre lo constante. “Constante” significa varias cosas según el diccionario de la Real Academia que en orden indistinto señalo. 1) se dice de una cosa que es persistente, durable. Modernamente lo podemos referir, cuando algo tiene “garantía”, en cierto modo se refiere a “imperecedero”, “permanente”. 2) que tiene constancia, esta acepción se entiende más cuando se aplica a las personas, un hábito o una especie de virtud. 3) cuando algo consta, esta acepción, no se refiere a un calificativo –aunque etimológicamente “constante” es un adjetivo- sino más bien a una propiedad, una característica, en este sentido lo constante “consta”, lo constante “es constatable”. Tomando como referencia el tercer significado, puedo decir, entonces que uno puede sorprenderse de su existencia, por que consta, y es constatable. Desmenuzando a Tagore yo diría: “Mi vida es lo que a mí me consta, y por ello constatable, entonces por eso es posible que yo me sorprenda, me maraville, la admire. Esta es mi existencia.

Psic. Alberto Tzab

tzab.c.alberto@outlook.com

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