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Pasión y romanticismo se dieron la mano en el cuarto concierto de la XXXVI temporada de la OSY

Juan Carlos Lomónaco dirigiendo a la OSY. Foto de Salvador Peña L.

El romanticismo se define como el predominio de los sentimientos por encima de la razón, y esto es totalmente cierto, y esta concepción se actualizó totalmente en el cuarto programa de la XXXVI temporada de la OSY, con la interpretación de dos magistrales obras de esta corriente del arte. Robert Schumann y Johannes Brahms, son dos titanes de la música, y representantes plenos del romanticismo musical; es por eso que sus obras son un cúmulo de sentimientos desbordados y muy apasionados las más de las veces. Y el programa de este domingo no fue le excepción, pues la música de ambos autores, magistralmente interpretada por nuestra orquesta, cayó en el alma del multicéfalo como una lluvia refrescante y vivificadora, lo cual quedo en evidencia por las largas, sonoras y cálidas ovaciones, la última con el respetable de pie, que se brindó a ambas interpretaciones. Las vidas de ambos compositores, son muy emblemáticas de lo que era la vida del mundo del arte en el S. XIX, pues el romanticismo es algo que se respiraba materialmente en la vida misma del mundo de ese entonces.

Robert Schumann, fue mucho más que un gran pianista concertista y compositor, fue todo un impulsor de la cultura musical del mundo de su época, y además, un ser generoso que protegió e impulsó a jóvenes valores, el propio Brahms es un gran ejemplo de ello. Desde las páginas de la revista “Nuevo Panorama Musical” que él editaba y dirigía, dio gran impulso a Franz Peter Schubert, anunció al mundo al nuevo genio del piano, Federico Chopin; lanzó a la fama a jóvenes valores como Félix Mendelsshon y Johannes Brahms. Además, Brahms, vivió en casa de Schumann como un hijo, y supo ser un hijo agradecido, pues al perder Schumann la salud mental, fue Brahms quien se encargó de sostenerlo, a él y a su esposa Clara, de quien estaba profundamente enamorado, pero Johannes nunca traicionó, ni con el pensamiento, su lealtad a Schumann. Las percepciones del gran público, no siempre son certeras, pues en su época, Clara Wiëck, la esposa de Schumann, gozó de mucha más fama que su esposo, un genio de la composición no justamente valorado en su propia época. A Clara, en vida, se le llamó en Europa La Reina del Piano.

El cuarto programa de la temporada, constó de dos obras. En la primera parte se interpretó una obra de Schumann que lleva por título el nombre de los movimientos que la integran; es en realidad una sinfonía de tres movimientos, o bien una sinfonía incompleta, pues todas las obras de este género que se conocen, constan de cuatro, y hasta a veces, cinco movimientos. Se titula: Obertura, Scherzo y Finale Op. 52, obviamente, está compuesta por esos tres movimientos. El primer movimiento, tiene un inicio delicado que se torna dramático, para abordar un alegre tema que el tutti desarrolla. Son deliciosos los diálogos entre clarinete, oboe y fagot; así como otro entre chelos y violines primeros. La música se torna intensa y nos lleva a un sonoro final. El segundo movimiento, como su nombre lo indica, es intenso y en él, la voz de los cornos pone acentos soberbios; hay ricos diálogos entre flauta y oboe, y es un pasaje de profundo sentimiento de los chelos el que nos lleva al suave final del movimiento. El tercer movimiento, inicia con fuerte nota que el tutti desarrolla como intenso pasaje, la fuerza va subiendo y las cuerdas dialogan entre sí; los fuertes y alegres pasajes se van sucediendo hasta llevarnos a un sonoro y alegre final del movimiento y la obra. Tremenda ovación premia al director y la orquesta.

Después del intermedio se reanuda el programa con la Serenata No. 1 de Johannes Brahms, la obra tiene cinco movimientos: Allegro molto, Scherzo, Adagio non troppo, Scherzo y Rondó. El primer movimiento, transcurre entre contrastes, a suaves pasajes se suceden otros con fuerza y alegría, la voz del corno pone acentos cálidos, y hay frecuentes diálogos entre clarinete, oboe, flauta y fagot, quien fue una base firme que sostuvo a las otras maderas. El final de este movimiento es suave y plácido. El segundo movimiento, tiene alegre inicio en el que el fagot canta con las cuerdas en forma dulce y sentida; nuevamente, instrumentos solistas, básicamente maderas, dialogan con las cuerdas, después de alegres y fuertes pasajes, el dulce canto del fagot nos lleva a un inesperado final. El tercer movimiento, está marcado por la suavidad y sentimiento, la llena voz del corno es la voz que da entrada al tutti que lo hace suavemente, se van sucediendo los pasajes suaves y tranquilos, se dan diálogos entre flauta y clarinete y clarinete y fagot que toma un papel esencial en este movimiento, hay delicados pasaje de las cuerdas, alguno en pizzicato, y llegamos a delicado final. El cuarto movimiento, es un despertar de la fuerza y la alegría, lo inician los cornos sonoros y entra con gran fuerza el tutti, de nuevo los cornos levantan la voz, canta la flauta y se desborda la alegría, después de diálogos entre oboe y chelos, la voz brillante de los cornos desata de nuevo la alegría para llegar a un agitado final del movimiento. El quinto movimiento, es la consumación del alegre mensaje general de la obra, es rítmico, alegre y muy sonoro, tiene pasajes que son alegres danzas; los chelos ejecutan enérgico pasaje que el tutti responde con fuerza, los diálogos van y vienen y la alegría va subiendo con fuerza más y más para llevarnos a tremendo y sonoro final del movimiento y la obra.

La ovación se deja caer con gran estruendo, es larga y hace salir al director varias veces al escenario. El respetable se pone de pie, y el director va poniendo de pie a los solistas que también reciben cálida ovación.

Salimos del Peón Contreras, con el alma temblando aún de emoción desbordada.

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