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Semblanza Rita María Bauzá Romero

Rita María Bauzá Romero

Progreso, Yucatán vio nacer a mi abuela Rita María Bauzá Romero un 12 de octubre de 1922.  Independientemente del parentesco que nos une, su vida me ha obsesionado desde que cobré conciencia sobre ella.  Es una historia de superación inquietante porque se trata de una mujer provinciana de principios del siglo XX, que superó obstáculos y prejuicios para triunfar profesionalmente y, al mismo tiempo, es la explicación a los muchos porqués que rodean la personalidad melodramática de la mayoría de los miembros de mi familia materna.

Rita María nació en el seno de una familia de clase media baja de Progreso. Su padre Guillermo Bauzá Font era un inmigrante de Palma de Mallorca, y su madre, Rita Romero Marrufo, una profesora con una marcada vocación por las artes. De este matrimonio nacieron cinco hijos además de mi abuela: Magda, Mireya, Guillermo, Eulalia y Juan.  Los recuerdos que tengo de mi abuela están salpicados de historias fantásticas de su infancia en el puerto en compañía de sus hermanos.

En 1991 un medio local publicó una entrevista que le hiciera a mi abuela el hoy fallecido cronista de la ciudad de Progreso, don Romeo Frías Bobadilla, en la que ella misma relató que su tío, el distinguido profesor tizimileño David Vivas Romero, le enseñó, a la corta edad de cuatro años, algunas de sus primeras poesías.  A partir de esa edad, declamó en festivales “por cinco centavos” como ella misma mencionó en esa ocasión y ganó muchos concursos de declamación escolares.  Contó también que fue su madre, doña Rita, quien la encauzó por el camino de la poesía.

La familia Bauzá Romero se mudó a la ciudad de Mérida cuando mi abuela tenía unos 8 años. Para entonces, la economía familiar se sostenía de un hotel que don Guillermo manejaba y que recibía visitantes que llegaban en barco y debían permanecer en el puerto a esperar la siguiente corrida del tren que los llevaría a Mérida.  La construcción en 1928 de la carretera Mérida-Progreso ocasionó que el negocio familiar sufriera las consecuencias de la modernización y quebrara, lo que los obligó a emigrar a la capital en busca de nuevas oportunidades.

Alrededor de 1942, años después de graduarse de la Academia Marden, Rita María tuvo oportunidad de viajar a la Ciudad de México, gracias a los auspicios del gobernador Ernesto Novelo Torres, y recibir clases de declamación de don Manuel Bernal El declamador de América, “quien, al valorar sus aptitudes, la recomendó para actuar frente a los micrófonos de las radiodifusoras XEW y XWQ”, apunta don Romeo Frías. En 1943, con el patrocinio de Carlos Pellicer, actuó en el Teatro de Bellas Artes, donde declamó obras de poetas yucatecos como Luis Rosado Vega, Antonio Mediz Bolio y Mario Ancona Ponce. Junto con Wilberto Cantón, de quien fue amiga cercana en aquella temprana juventud y a cuya familia unía un parentesco político, formó parte de un grupo de teatro experimental que puso en escena Los empeños de una casa de Sor Juana Inés de la Cruz y La discreta enamorada de Lope de Vega.

Incursionó en el cine nacional y alternó con estrellas como María Elena Marqués, Charito Granados y Germán Valdés Tin-Tan, pues participó en películas como La Rosa del Caribe, El hijo desobediente, Lo que va de ayer a hoy y Las colegialas; su oportunidad más importante fue un papel coprotagónico en Hasta que perdió Jalisco a lado de Jorge Negrete y Gloria Marín.

En 1945, con un recital en el hotel “El Colonial” en la ciudad de Mérida, se despide de los escenarios para contraer nupcias ese mismo año con mi abuelo Octavio Corona Preciado, con quien estuvo casada hasta 1974, año en que él se desligó de la vida. Del este matrimonio nacieron cuatro hijos:  Octavio, Rita María de Espinosa, Silvia de Millet y Guillermina de Castañón.  La mayoría de los 14 nietos recibimos por herencia la habilidad y el gusto por la declamación. Tuvimos la fortuna de aprender directamente de mi abuela Rita las poesías infantiles que nos acompañan siempre y que ahora, transmitimos a nuestros hijos, los bisnietos, prolongando esta tradición que consideramos entrañable.

Rita María Bauzá Romero y Octavio Corona Preciado

Siempre será un misterio para mí el hecho de que después de haber traspasado las fronteras de su natal Progreso y abrirse paso con base en su talento y trabajo, mi abuela Rita hubiera renunciado a todo, poco tiempo después de haber acariciado el éxito profesional. Imagino lo que habrá representado para ella enfrentar los comentarios, chismes y prejuicios de una sociedad conservadora que no veía con buenos ojos a quienes vivían en el ambiente artístico. Nunca jamás mi abuela se lamentó al respecto; en cambio, la muerte de mi abuelo, con quien se casó por amor, fue motivo de una catarsis que volcó en sus propios poemas.

Ojalá hubiera sido un poco más consciente de todo esto mientras mi abuela vivió. Hoy desearía poder sentarme a tomar un té de manzanilla con ella y hacerle todas esas preguntas que rondarán eternamente en mi mente sobre sus decisiones, sus anhelos, sus sueños cumplidos y los que quedaron por cumplir.  Mi abuela murió en 2008 pero no fue sino hasta más de una década después, al poco tiempo de la muerte de don Romeo Frías Bobadilla, que fui consciente de todo lo que quería saber y ya no podía preguntarle a ninguno de los dos.

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