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Relatos de cantinas de Mérida I

Tiempo atrás, el centro de la ciudad de Mérida era prolífico en centros de salud ¡SALUD¡, es decir cantinas y es que por entonces todos los comercios y negocios así como las principales oficinas se encontraban en los alrededores de la plaza grande, hoy llamado Centro Histórico. “El regalo”, “La Oficina”,”El Palacio”, “La Union”,”Hollywood”,etc, todas las anteriores ya desaparecidas. Estaba también “El Bufete”, “El Grillon”, “Campeche etc,  “El palacio” esta última ubicada en la esquina d ela calle 62 x 61 en frente al también desaparecido restaurante Louvre. Único que daba servicio 24 horas.

   Cada un de ellas tenia su sello propio, personalidad, con su clientela de fijos-aunque algunos de estos clientes recorrían varios lugares en que se expendía al lúpulo, le llamaban la Ruta Puuc-, en esta ocasión relatare un hecho imagino sin precedentes en toda la historia de los templos de Baco emeritenses. Sucedía en el extinto bar “Monterrey”, cuyo cantinero y propietario era el famoso “tzecas”. Los que vivimos aquí sabemos que significa el decir que ya llego “la hora Cristal” pero la mayoría desconoce el origen de dicha frase. Sucede que exactamente a las doce del día pasaban un popular programa de radio, el más escuchado llamado precisamente así, “La hora Cristal”, patrocinado por la marca refresquera en aquel entonces yucateca. A dicha hora el “Monterrey” se encontraba ya abarrotaba. Famosa era la chicharra deliciosa, así como el sikilpak que “tzecas “preparaba. Clientes fijos eran el “Cachorro” Méndez, “Pachala” ”Matalote” Patrón, “El grillo” Millet, e lSr. Manzur, y muchos otros mas. Se departía alegremente. Era una cantina con gente que tenía “muy buena peda”. Rara era la ocasión en que se armaban los madrazos como sucedía n la mayoría de los abrevaderos citadinos.

   A las doce exactamente, cuando la estación radiofónica tocaba el “Ave Maria”, cuando la charla se encontrará donde se encontrará, así esto fuese la piedra filosofal, “El Tzecas” a gritos exigía silencio y al este hacerse decía a sus clientes y era obedecido por el pequeño pero simpatiquísimo espacio de su cantina, que se pusieran de pie mientras la sacra melodía ser escuchada respetuosamente por los futuros ebrios, crudos, medio estoqueados y conexos. Quien se ponía pedo y no lo hacía, el ”tzecas” con toda su voluminosa humanidad lo levantaba en vilo, eso si, muy decente y delicadamente y lo depositaba a las puertas del bar “Monterrey”

   Otro suceso sucedido en el ya desaparecido bar ”Tupinamba” que frecuentaba quien esto escribe cuando era joven hace setenta mil años y aun era una cantina tradicional. Nos atendía el mesero “Dziras”-mismo que terminaba su labor mas borracho que los borrachos- y a donde a diario iba conocido súcubo diciendo al penetrar al recinto espirituoso como sus bebidas:”Dziras”, sírveme una par de ellas bien heladas y botana porque hoy amanecí con un hambre atroz y un hombre atrás”, soltando la carcajada del brazo de su efebo en turno.

   Me encontraba libando con Rubén Escalante, mi gran amigo, cuyo papa, “El eggs” siempre se sentaba en la barra, cosa que hicimos con sed de cosacos o camellos hasta quedar herméticamente pedos. Salimos a la calle y mi amigo que no encuentra su coche. Por más que buscamos, nada, el coche desapareció. Enseguida acudimos al DAP(Departamento de Averiguaciones Previas) a reportar el robo del auto. Se levanto el acta correspondiente y cada uno nos dirigimos a nuestros respectivos “Chantes”.

   Al día siguiente regresamos al tupinamba, pero al pasar por un estacionamiento cercano, ahí estaba flamante y libre y alegre como un pájaro su carro. En la borrachera se le olvido que lo había dejado ahí. “Si, estoy esperando Rubencito, ¿Qué paso?”. Mi amigo balbuceo unas palabras para ocultar lo embrutecido que se encontraba al grado de olvidar en donde había dejado su vehículo. Lo abordamos y nos dirigimos al paseo Montejo donde a los pocos metros somos detenidos por unos judiciales. El coche esta reportado como robado, así que nos tienen que acompañar, decían los judas, y no había modo de sacarlos de sus trece. “El coche es mio, lo que sucede es que se me olvido y yo mismo lo reporte”. “Si, si, está bien “allá” dicen lo que quieran”. Y es así como nos pasamos –y yo ¡porque? -un día entero en los macabros separos de la judicial, mi amigo Rubén acusado de robarse su propio auto. Cosas vedes Mio Cid. O lo que es lo mismo, nunca te mames hasta embrutecerte.

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