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Apuntes desmemoriados

   Sacando cuentas –y soy muy mala para ello- pretendo deducir que los tres años continuos más felices y divertidos de mi vida, los pasé en la academia para señoritas, Angelina Cintra.

   Después del rigor del colegio María González Palma, el cambio a la Angelina, fue como un sueño. Para comenzar, éramos contadas las muchachitas que estudiábamos la secundaria por la tarde. Eso nos convertía en las más jóvenes del grupo a la hora de convivir en la mañana con las de solamente academia, que ya habían terminado su educación básica y por lo tanto eran dos o tres años mayores.

    Ya no era una casona antigua con zaguán, sino un local moderno aunque menos grande. En la entrada, a la izquierda, la oficina de Dirección, muy amplia. Luego, a la derecha, un espacio techado para pingpong, al centro, la cancha de volibol y otros usos; a ambos lados los salones de clase, y los servicios sanitarios. Al fondo, el salón del piano y reuniones sociales, a un ladito la nevería y totalmente atrás, cerrado con un portón, el patio con árboles frutales.

  Era costumbre que, a los pocos días de ingreso, las de tercer año organizaran una fiesta de bienvenida a las de primero. Se desarrollaba en el salón del piano y cada quien llevaba sus discos de 45 revoluciones favoritos, para bailar. Aquella cortesía era correspondida a fin de curso, cuando las de tercero se graduaban y las de primero desempeñaban el papel de madrinas, llevándoles un obsequio.

  (En el salón, nos sentábamos por orden de estatura y, casualmente, las de menor edad éramos también las más bajitas. Formábamos parejas, cuya costumbre  hemos conservado a la hora de sentarnos a desayunar cada mes, en estos  sesenta años de amistad).

   Se daba una camaradería entrañable en todos los salones, existía familiaridad y acogimiento entre todo el alumnado. A mí eso me fascinaba, no podía concebir que nos tomaran en cuenta las mayores, acostumbrada a que en el colegio, eran intocables.

  Acaso, el único modo de desunión que recuerdo, fue cuando en uno de esos años, entraron a la academia por unos meses, tres muchachas de apellidos conocidos. Una, bellísima por cierto, era reina de un club social famoso por sus prejuicios. Las otras dos eran hermanas y se dedicaban a jugar tenis en el mismo club.

   Por razones de la división de orígenes sociales que prevalece en Yucatán, ellas se negaron a alternar con las demás en un mismo salón y se les concedió la enseñanza aparte, a un lado de la Dirección. Obviamente en nada afectó, porque fue como si no existieran. Pasado cierto tiempo, la reina se casó, y las otras dos salieron detrás, raqueta en mano, en busca de un marido que les permitiese conservar su status económico.

   Nosotras nos divertíamos muchísimo en los recreos resolviendo crucigramas, contestando los tests psicológicos que formulaba la revista Vanidades, intercambiando novelitas de Corín Tellado y haciéndonos crepé en el cabello o pintándonos las uñas para la hora de salida.

   Pasábamos enfrente de la Universidad y del Parque Hidalgo para que los estudiantes nos piropearan. Hacíamos un alto en la nevería de don Alonso Mèzquita y luego corríamos de regreso a casa a bañarnos y comer, para tomar las clases de la tarde. En ese turno, si terminábamos temprano, aprovechábamos ir al cine. Buscábamos algún lugar que rentara su teléfono en treinta centavos, para avisar en casa la demora.

   Terminada la película, constituíamos cooperativa para ir al Impala, en el Paseo de Montejo. Compartíamos un ambigú con los emparedados llamados “platillo volador” partidos por la mitad o en cuatro partes, muchas papas fritas y coca colas servidas en medio vaso. Lo que sobraba en abundancia, era la sensación de felicidad incomparable, por estar juntas a todas horas!

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