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Programa con una línea horizontal en el tercer concierto de la XXXVI temporada de la OSY

La OSY dirigida por Ramón Shade. Foto de Salvador Peña L.

Recurro con mucha frecuencia a la sabiduría popular que los refranes encierran. En este caso lo aplicaremos a la OSY: Una golondrina no hace verano. Y tenemos la firme esperanza de que así sea, porque el tercer concierto de la presente temporada de nuestra orquesta, tuvo una desafortunada selección de las obras que lo integraron. Cada una de estas obras en lo individual, son maravillosas obras maestras, cada una de ellas en una verdadera joya musical, pero juntas en un solo programa, no tuvieron el equilibrio que un buen programa debe tener. Toda la obra musical de Franz Joseph Haydn, transcurre cómo su propia vida, llena de una delicada placidez, de un equilibrio excelente; si usted querido lector busca música que le haga relajarse, que le transporte a un plácido lugar lejano, no dude, escuche una obra de Papá Haydn. La Sinfonía No. 100, es un claro ejemplo de todo esto.

César Frank, se ubica en el romanticismo musical pleno, su obra es de un equilibrio raro en esa corriente, en la que, por lo general, la pasión suele desbordarse en las obras, como sucede con Schubert, Brahms o Tchaikowzky; pero la vida de César Frank, es la vida tranquila de un pequeño burgués, más o menos acomodado; no sufrió hambre, como Schubert, ni grandes pasiones como Brahms, mucho menos las contradicciones y frustraciones de Tchaikowzky, circunstancias que se reflejan en sus músicas. En especial, los poemas sinfónicos de Frank, son equilibrados, añorantes, idílicos, así sucede en El Cazador Maldito y se acentúa en Las Eólidas. Una obra llena de paz y serenidad, pero de muy difícil comprensión.

Por su parte, Georges Bizet, contemporáneo de César Frank, es también un raro caso dentro del romanticismo, tuvo una carrera brillante como estudiante de música, pero luego no triunfa como intérprete y menos como compositor. Rara vez tocó en público, y sus dos óperas que se llegaron a estrenar, “Los Pescadores de Perlas” y “La Bella Muchacha de Perth”, fueron un fracaso; tuvieron reconocimiento mucho tiempo después de la muerte del compositor. La obra que mantiene viva su memoria y lo pone en un primer plano del panorama musical, es su ópera “Carmen”, cuyo estreno se aplazó por once años, Bizet presentía que sería un fracaso también, se estrena y el autor muere tres meses después a los treinta y siete años, y no llega a saber que tendría un éxito espectacular y duradero. Entre sus obras consideradas más perfectas están dos suites, “La Arlesiana” y “Juegos para Niños” o “Los Juegos de los Niños”; esta última es una suite formada por doce piezas festivas, originalmente escrita para piano a cuatro manos; en esta obra, el alma de Bizet se toca la punta de los dedos con la de Chopin. Es una obra rebosante de plácida serenidad del alma. Cada una de estas grandes obras, nos producen un gran placer al escucharlas… por separado; pero recetar las tres juntas, una tras otra, no fue un acierto en la integración del programa.

El director Ramón Shade, se presentó con un currículo de excelencia, su carrera como director no deja lugar a duda de su capacidad y prestigio; su dirección a la OSY, fue, técnicamente perfecta, pero no sabemos si la placidez de las tres obras interpretadas se contagió a su batuta, pues ésta no llegó a tocar las fibras más sensibles del respetable, lo que se puso de manifiesto en la tibia respuesta a la interpretación del Poema Sinfónico Las Eólidas de César Frank. No sabemos si el delicado final, que casi parece disolverse en el aire, de esta obra, sorprendió al multicéfalo, pues la ovación fue muy ligera, poco sonora.

El programa empezó con pie derecho, la Sinfonía No. 100 “Militar” de Franz Joseph Haydn, corrió de principio a fin como una fresca corriente de agua de mansedumbre sin igual, cómo debe de ser, pues Haydn no es Beethoven, y sus sinfonías no son ríos caudales con rabiones y torrentes. Su primer movimiento, es combinado, Adagio. Allegro, un contraste entre delicado y alegre, y así se ejecuta. El segundo movimiento, Allegretto, es exactamente así, una ligera alegría, delicada, suave. El tercero, Menuet Moderado, es una deliciosa danza, no exenta de frivolidad, es como un etéreo encaje de Chantilly. Finalmente, el cuarto, Presto, es un derroche de alegría con gran entusiasmo. Director y orquesta, surcan estas delicadas aguas con acierto preciso, y la ovación se deja caer sonora y entusiasta. Con el alma plácidamente relajada nos vamos al intermedio.

Reanuda el programa con Las Eólidas, del belga César Frank. Este poema sinfónico es una sensible evocación de la naturaleza, como un verde prado pringado de flores por doquier, y desemboca en una noche en la que ésta dialoga con los astros que la iluminan, tiene el ambiente de un sereno hechizo. Todo en esta obra es paz y serenidad, tan sólo hay un acento brillante de los metales, casi para anunciar el final de la obra, pero este llega cómo imperceptible, delicado, cómo disolviéndose en el aire. Este final, parece tomar por sorpresa al respetable, y aunque la interpretación fue precisa y cabal, el multicéfalo le dedica una tibia ovación, casi callada.

Cierra programa “Juegos de Niños” de Georges Bizet, esta es, originalmente, una suite compuesta por doce piezas para piano a cuatro manos, y en esta versión para orquesta se seleccionaron cinco de sus partes: Marcha, Berceuse, Improntu, Dúo y Galopa. Las cuatro primeras partes transcurren suaves, serenas, alegres, delicadas, en ellas se conjugan diálogos entre cuerdas y maderas y algunas notas brillantes de los metales, en especial los cornos. La galopa final, viene a sacarnos de esa placidez extrema en que ha corrido el programa, nos levanta y lleva a un alegre final de la obra y del concierto. Aquí si hay larga y sonora ovación que hace salir varias veces al director, que va poniendo de pie a los solistas, en especial a las percusiones que han puesto una dosis extra de acentos.

Este programa, ha constituido un caso que no debe sentar precedente. Todo programa, debe tener el apreciado acierto de la variedad, a una obra delicada, debe venir en contraste, otra que levante el ánimo. No nos debe suceder el tener un programa con una línea horizontal que no permita levantar el vuelo con la delicia de la música.

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